Entre luces y sombras

LesLumie-resdeTyr-couvEl lunes por la mañana pones el microondas y salta el automático. Te vistes de mala gana y bajas los cuatro pisos andando para salir hasta la calle, donde está el cuadro de mandos. El miércoles por la noche enchufas el secador y salta el automático. A tientas buscas el móvil para utilizar la linterna y te vistes de mala gana para bajar los cuatro pisos andando y solucionar el problema. El sábado pones la lavadora y salta el automático. Te parece raro porque es la primera vez que pasa. No hace falta que te vistas porque ya estás vestida, así que bajas los cuatro pisos andando y subes el automático que, juguetón, se vuelve a bajar automáticamente. Lo intentas varias veces, pero el chirimbolo de plástico se te resiste. Subes los cuatro pisos andando y buscas el culpable. Desenchufas el frigorífico y vuelves a bajar los cuatro pisos andando. El automático sigue de capa caída y se niega a mantener la cabeza alta. Vuelves a subir los cuatro pisos andando y juegas a los detectives. Desenchufas el agua caliente y vuelves a bajar las escaleras cagándote en la madre que parió a esos mamones chicharreros que te están chingando la existencia**. Parece que el automático se decide a colaborar. Subes los cuatro pisos en ascensor, faltando a tus principios, y te miras la cara de mala hostia en el espejo.

Seis meses más tarde ya te has hecho amiga de la bruja avería que te ha chivado a cuántos amperios tiene derecho tu piso. Has aprendido a enchufar y desenchufar lo necesario. Ya no te sorprende quedarte a oscuras a las seis de la tarde, y esperas paciente que dentro de unos segundos, o unos minutos, el grupo electrógeno cumpla su función. A veces te sonríes pensando en los protagonistas de “Las luces de Tyr”, la historia ficticia de un grupo de niños que por la noche se vestía de superhéroes para subir los automáticos del vecindario durante la guerra civil libanesa. Y hasta te has bajado la aplicación del móvil que te avisa de a qué hora cortarán la electricidad ese día para poder hacer tus cálculos y asegurarte de que tu compañera de piso no se ha vuelto a dejar el microondas enchufado. Qué orgulloso está el gobierno de esta aplicación, bromea una amiga. Ya podían hacer una para avisar cuándo pondrán la próxima bomba. Y me río con ganas aunque en seis meses todavía no me haya acostumbrado a ellas.

- Lo que yo te diga, Mohammed, sólo hay que organizarse. Es una verdadera misión para salvar el Líbano, le gente no tiene por qué bajar y subir la seis pisos en plena noche. En cuanto haya un corte de electricidad, nosotros estaremos preparados para restaurar la energía.  ¿Entiendes? - Creo que sí…

– Lo que yo te diga, Mohammed, sólo hay que organizarse.
Es una verdadera misión para salvar el Líbano, le gente no tiene por qué bajar y subir seis pisos en plena noche.
En cuanto haya un corte de electricidad, nosotros estaremos preparados para restaurar la energía.
¿Entiendes?
– Creo que sí…

¡Feliz 2014!

** Albert Pla

Clichés Beirut 1990

Mi madre se piensa que trabajo en una trinchera y que todos los días me juego la vida. Es lo que les pasa a las madres que no entienden en qué demonios trabajan sus hijos y se montan películas en su cabeza para hacer su trabajo de madre todavía más difícil. Hay otras madres que no tienen ningún reparo en mandar no a uno, sino a dos, de sus hijos a la guerra. No seré yo la que ponga en duda la capacidad de ser madre de nadie. Bien podría haber sido una estratagema para deshacerse de su descendencia.

Cliches Beyrouth 1990

Personalmente, Bruno y Sylvain me parecieron bastante insoportables. Dos adolescentes malcriados que deciden, allá por los años 90, irse al Líbano, en plena guerra civil, para ayudar. Me recordaron a alguien a quien oí decir una vez que siempre había soñado ir a África para erradicar la pobreza del mundo. Hay gente que debería estar condenada de por vida a quedarse en su salón comiendo palomitas y viendo El rey león. Serían mucho más útiles a la humanidad.

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Los dos hermanos, no sólo tienen el consentimiento paterno para ofrecer sus, sin duda invaluables, servicios en un país en guerra, sino que también disfrutan del beneplácito de la tía que trabaja con la Cruz Roja libanesa. Para que luego hablen de familias disfuncionales. Y lo peor de todo es que, casi quince años más tarde, deciden escribir una novela gráfica y jactarse de su aventura. Y te cuentan cómo no llamaron a sus padres durante toda su estancia en el Líbano, cómo se aventuraron en zonas de conflicto, cómo celebraban los obuses que les pasaban por encima y cómo no entendían que nadie aceptara sus servicios. Como si la guerra fuera un juego y ellos dos héroes inmortales que están por encima de los horrores que ésta conlleva.

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Las únicas viñetas que disfruté fueron las del principio del tercer capítulo en las que un sacerdote les pone los puntos sobre las íes. Traduzco parte del diálogo:

– ¡Aquí tenemos a los dos franceses que vienen al Líbano para ayudar! ¿Qué sabéis hacer? ¿De qué favor vuestra misericordia nos dará limosna?

– ¿Y por qué no decir más bien que habéis venido aquí para pagaros un escalofrío barato?

– Claro que sí, habéis venido para poder haceros los valientes cuando volváis a casa. ¡Para poder decir que habéis visto la guerra! ¿No?

[…]

– ¡Venga, marchaos! Aquí hay gente que consagra toda su vida a los demás durante todo el año y sin pensar en ellos mismos. No tenemos tiempo para perder con vosotros.

– Nos molestáis. No nos hacéis ningún favor. ¡Volved a Francia! ¡Aquí no tenéis nada que hacer!

Y alguno, como yo durante una milésima de segundo, pensará que esta conversación les abrió los ojos. Pero no. Se marchan con un “¿pero quién es este facha?” Y cierran la novela gráfica (casi cien páginas más adelante) con la despedida de la tía que les asegura que con sólo su presencia ya han hecho bastante. Que su visita ha ayudado a mucha gente a darse cuenta que el mundo exterior no olvida al Líbano. Ellos se marchan con la sensación de haber sido útiles. Y, orgullosos, escriben su aventura una vez adultos para darle de comer a su ego. Su tía, que les debe querer mucho, les cierra la novela con una carta que bien podría servir de recomendación al premio Nobel de la Paz.

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Una verdadera lástima que no haya más Sylvaines y Brunos en el mundo.

De verdad que sí.

PD. Gracias Javier por haber pensado en mí para el Premio Liebster. Lo acepto con mucho gusto pero por desgracia no podré seguir la cadena. Este trabajo no me deja tiempo para los placeres terrenales (ni de ninguna otra clase, la verdad).

Músicas del mundo: Fode Baro

Permitidme que sueñe un rato. Aquí, en mi balcón. Antes de irme a la cama. Entre el zumbido del generador, el rugido de motores rabiosos, las conversaciones a gritos del vendedor de periódicos cuatro pisos más abajo y el canon de bocinas desafinadas. Se agradece que hoy no haya fuegos artificiales. Ni petardos. Hay días que estoy tan cansada que no tengo paciencia para tanta contaminación sonora. Hay días en que tengo mis instintos asesinos a flor de piel. Son esos días en los que aprovecho para imaginarme Michael Douglas en la película “Un día de furia” y sonreír para mis adentros.

No voy a tardar en irme a la cama. Las semanas de trabajo aquí son intensas. Se confunden las unas con las otras. Día y noche. Interminables. No acabo de acostumbrarme a que pasen los días sin vivirlos. A que las noches sean tan cortas. A no poder dominar mis sueños cuando duermo. A despertarme antes de que suene el despertador. A que todos los días sean iguales. Aunque distintos.

Me muero de sueño. Por eso quiero, antes de dormirme, soñar durante cuatro minutos y treinta y cuatro segundos. Estoy en Laï bailando souk, entre Gala y Gala, la cerveza del lugar, en la única discoteca del pueblo: El Abrevadero (nombre que me sigue divirtiendo tanto como la primera vez que lo escuché); donde los baños no tienen ni váter ni puertas. Mis amigos chadianos me regañan cariñosamente porque dicen que bailo mucho. Que hay que hacer una pausa entre canción  y canción. Cada dos como mucho. Para descansar. Porque es lo que hace todo el mundo. Pero yo no quiero hacer lo que todo el mundo. Yo no quiero parar. Quiero bailar toda la noche…

… Y no, no me siento nostálgica. No tengo tiempo.

“La música es el verdadero lenguaje universal.”
Carl Maria von Weber (1786-1826) Compositor alemán.

Músicas del mundo: el primer viernes de cada mes.

PD. Gracias a Libelia, Danny Brown y a Rosa por nominarme al Liebster Award.  Lo acepto con gusto pero no podré seguir la cadena por falta de tiempo…

El dilema de mi amiga Bernarda

BisexualidadMi amiga Bernarda en realidad no se llama Bernarda; aunque eso ahora carece de importancia. Mi amiga Bernarda es libanesa, lleva hijab y se identifica como bisexual. El hermano de mi amiga Bernarda es homosexual. Ella lo sabe aunque él no se lo haya dicho. El hermano de mi amiga Bernarda sabe que su hermana es bisexual. El lo sabe aunque ella nunca se lo haya dicho. Los padres de mi amiga Bernarda no saben nada de nada porque nunca nadie se lo ha confesado. Mi amiga Bernarda está enamorada de una mujer desde hace varios años y prometida con un hombre desde hace pocos meses. Mi amiga Bernarda quiere casarse y tener hijos, pero no quiere renunciar a su novia. Mi amiga Bernarda pretende que su novia acepte la situación. Mi amiga Bernarda me pide opinión. Le digo que si se casa, tarde o temprano, tendrá que elegir. Que es una egoísta. Que no tiene derecho a pedirle a nadie algo así. Los bisexual1ojos de mi amiga Bernarda se llenan de lágrimas y me ruega que no la llame egoísta. No entiende por qué no puede tenerlo todo. Por qué su novia está deprimida y no quiere verla. Mi amiga Bernarda dice que no puede concebir la vida sin ella. Que su novia es la razón de su existencia. Pero que quiere casarse y tener hijos. Mi amiga Bernarda también está deprimida. Me lo confiesa entre risas y lágrimas que no van a ninguna parte, mientras me suplica que hable con su novia para convencerla de seguir con ella cuando mi amiga Bernarda se case dentro de unos meses.

Pero yo no puedo.

No puedo pedirle a nadie que haga algo que yo misma no estaría dispuesta a hacer.

Y  me guardo debajo de la lengua las ganas de explorar las posibles soluciones que tendría su problema.

Para no hacerla llorar.

(c) Fotos cortesía de la web

Músicas del mundo: Yasmin Levy

Odiar es fácil. Sólo hay que deshumanizar al enemigo. Cosificarlo. Generalizarlo. Diluirlo entre la multitud. Anularlo.  Ponerle una etiqueta. Por ejemplo: israelí. Y de golpe me viene a la mente un ciudadano de un estado que se declara judío pero que no sigue los principios de la religión judía. Un estado que se ríe del derecho internacional y las resoluciones de Naciones Unidas mientras aniquila al pueblo palestino. Un estado armado hasta los dientes con armas nucleares. Un estado que utilizó fósforo blanco en 2009 durante la “Operación Plomo Fundido” en Gaza. Un estado que, hace unos meses, le compró a Alemania un submarino capaz de portar armas nucleares. Un estado agresivo que se dedica a hacer cortes de mangas al resto de la comunidad internacional mientras se cubre detrás de las espaldas de Estados Unidos.

Odiar es fácil. Sólo hay que identificar a la persona con su gobierno. Con su país. Con su religión. Y olvidar que los estados están hechos de individuos. Entidades independientes que no representan el país que les vio nacer. Sólo hay que reconocer que entre tanta destrucción también existe algo de esperanza. A veces, no hace falta ni aguzar la vista para verlo. Sólo hay que saber mirar. Y descubriremos, con agrado, que hasta Israel tiene cosas positivas que ofrecer. Yasmin Levy, es una prueba de ello.

“La música es el verdadero lenguaje universal.”
Carl Maria von Weber (1786-1826) Compositor alemán.

Músicas del mundo: el primer viernes de cada mes.

Yo quería hablaros de la playa, no de muertos

Hoy quería hablaros de playas, pero los muertos me persiguen. Quería hablaros del color de las olas y las risas de los bañistas, pero los gritos de dolor son más fuertes.  Quería hablaros de los que se echan vaselina para broncearse, no de familias rotas.

En poco más de una semana casi 100 personas han perdido la vida en el Líbano. Primero la semana pasada, en un atentado al sur de Beirut, en zona controlada por Hezbolá (chiítas), y ayer viernes en Trípoli, dos bombas explotaron con menos de dos minutos de diferencia cerca de dos mezquitas sunitas. Entre una y otras, 4 cohetes fueron lanzados desde el sur del Líbano a Israel, que respondía al día siguiente bombardeando un edificio palestino. Las medidas de seguridad se han acentuado, incluyendo la multiplicación de puntos de seguridad que hace muy pesado desplazarse a ciertas zonas.

Ayer el barrio de Hamra (uno de los sitios de copas de Beirut) estaba desalmado. La gente tiene miedo. Las heridas de las distintas guerras y conflictos están aún por cicatrizar. Quince años de guerra civil (1975-1990); los 16 días de 2006 que duró el pulso entre Hezbolá e Israel durante la operación “uvas de la ira”, unos lanzando cohetes y otros bombardeando; el conflicto en 2007 de Nahr al-Bared, campo de refugiados palestinos, donde se libró la batalla entre la armada libanesa y el grupo Fatah al-Islam (sunitas). Más los atentados que han ido carcomiendo la esperanza de muchos, como el asesinato de Rafik Hariri (primer ministro del país) en el 2005.

Beirut

La opinión internacional está ocupada con el uso de armas químicas en Siria (cuya veracidad ha sido confirmada hace un rato por MSF), que se disputa los titulares con las protestas a favor de los Hermanos Musulmanes en Egipto. Mientras tanto, analistas libaneses hablan de guerra civil. Dicen que lo que pasó ayer en Trípoli les recuerda el principio de aquellos años negros. Ojalá se equivoquen.

Para una extranjera como yo, es fácil mantenerse al margen de la polarización social que caracteriza a este país, los elementos desestabilizadores e intereses financiados por oportunistas extranjeros (Irán, Qatar, Arabia Saudí, Israel), o la política que apenas entiendo. Sólo tengo que dejar de leer y hacer preguntas (de hecho, hay mucha información que no me llega por no hablar árabe). Son muchos los que han elegido esta opción. “Hace tiempo que dejé de ver la tele”, me decía una compañera de trabajo, “estoy cansada de oír siempre lo mismo”. “Lo que tenga que pasar, pasará”, me decía otra amiga libanesa, “yo no puedo hacer nada por evitarlo.”

Me resulta difícil mantenerme al margen de lo que aquí está pasando, aunque no entienda ni papa de política, y mucho menos de religión. Así que mientras intento deshacer esta madeja, seguiré yendo los domingos a la playa, aunque no tenga ocasión para contároslo. Pero no te preocupes, mamá, que tendré cuidado ahí fuera.

El yo que nunca fui ni espero ser

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Hace unos días recibí un mensaje de Gmail diciendo que alguien desde Japón había intentando entrar en mi cuenta de correo. Me obligaba a cambiar mi contraseña por motivos de seguridad. Estoy segura que el cotilla o la cotilla que intentó acceder a mi vida personal no se encontraba en Japón (o igual sí y por eso falló en el intento). Lo más probable es que hubiera pinchado otra dirección IP para no ser descubierto/a. Yo voto por un chino o una china, que hay muchos, odian a los japos y son tirando a listos. Aunque poco importa el quién y desde dónde.

Supongo que tener un blog personal hace difícil defender el argumento de que soy una persona privada. Y, a decir verdad, me da igual que alguien pierda el tiempo leyendo el correo que le mandé a mi hermana pidiéndole un listado de recetas, o el que recibí de Camille preguntándome qué podía traer al Líbano, o la conversación entre Chris y yo para ver cuándo podemos ponernos al día por Skype. Hasta casi casi me da igual que hubieran podido leer mis correos menos superficiales en los que hablo de mis sentimientos (increíble, pero cierto) con una de mis escasas confidentes.

Sin embargo, lo que ya me da menos igual es que el personaje en cuestión hubiera podido acceder a mi lista de contactos con nombres, direcciones, teléfonos, fechas de nacimiento… y a mi disco virtual, que tan amablemente Google pone a disposición de sus clientes de Gmail, donde hay una copia de mis títulos, pasaporte actualizado, certificado de nacimiento, y otros documentos que siempre tengo que presentar con cada nuevo contrato, y que no me gusta echar en la maleta. Por comodidad y por seguridad (!).

¿Os dais cuenta de lo fácil que es robar una identidad hoy día? ¿De todas las cosas que se pueden hacer con una identidad falsa? Como si no hubiera suficiente gente en el mundo. En el real. Y en el virtual. Todavía los hay que se dedican a crear yoes y tues nuevos. Y no sólo para mandar a todos tus contactos correos infectados de virus malolientes. Bastante tiene una con su vida como para tener que preocuparse de la vida de una misma creada e impuesta por los demás. Sobre todo si no sabes que existes ni cuál es tu circunstancia.

 

El día en que Gmail me pidió que cambiara mi contraseña me sentí muy vulnerable. Así que decidí extremar las precauciones y cambiarle también de paso la contraseña a mi corazón. Parece ser que en los últimos meses alguien había estado intentado entrar. Ver para creer.

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(c) Fotos cortesía de Internet.