Archivo de la etiqueta: Ruanda

Muzunga en la niebla

GorilaCuando un gorila te sostiene la mirada durante dos segundos y medio, es fácil rendirse a sus encantos y entender por qué Dian Fossey eligió pasar su vida estudiando el comportamiento de los gorilas en su hábitat natural; 18 años en total, hasta que fue asesinada en su propia casa, en las montañas Virunga (Ruanda), en circunstancias aún hoy desconocidas. Supongo que la mayoría habréis visto la película “Gorilas en la niebla”, por lo que yo sólo puedo recomendaros el libro, del mismo título. Lo leí en mis años universitarios y me hubiera gustado releerlo antes de ir al Parque Nacional Virunga; pero no pudo ser. Ameno y apasionante a partes iguales. O al menos así lo recuerdo yo.

Seguramente los gorilas que Dian Fossey estudió todavía no estaban acostumbrados a los humanos por aquel entonces, por lo que mirarlos a los ojos no era nada aconsejable. Hoy día la familia Susa está tan acostumbrada a sus primos Parque Nacional Virungaque hasta pasan por tu lado sin inmutarse. Cuando te dedican una mirada tan dulce como indiferente, dan ganas de acariciarlos, y hasta de ir en busca de un abrazo. La tentación de no ponerse a jugar con los más pequeños es casi insoportable. La hora cronometrada que se pasa junto a ellos es fascinante, aunque he de reconocer que no me hubiera importado ver un poco más de acción por su parte. Yo qué sé. Un salto mortal o un másdifíciltodavía.

En cualquier caso, tres horas de marcha por caminos empantanados y, a veces, hasta inexistentes, a través de bosques de bambú y cardos asesinos bien merecían un premio. El mismo que desde aquí comparto con vosotros. Espero que disfrutéis la visita tanto como lo hice yo.

La danza de los héroes

La música siempre ha jugado un papel muy importante en la vida social, económica y civil de Ruanda. Todos los hitos en la vida de una persona se celebran con canciones y danzas tradicionales: nacimientos, Danza Intorebautismos tradicionales (guterekera), aniversarios, bodas, lanzamientos de nuevos proyectos, fiestas políticas e incluso para dar la bienvenida a visitantes importantes. La música ruandesa se distingue del resto de la música africana por tener un ritmo 5/8 (los entendidos en música que nos lo expliquen, por favor; que a mí me han dejado igual que estaba). Mientras los bailarines bailan, los miembros del coro dan palmas para hacer de metrónomo o estimularlos. La danza es, pues, una celebración comunitaria.

La variedad en danzas y músicas corresponde a la variedad de actos épicos que conmemoran méritos y actos de valentía. Intore significa “danza de lo héroes” o “los escogidos” y, antiguamente, la solían realizar los guerreros ante la Corte Real para celebrar su victoria en una batalla. Los guerreros, con peluca hecha de cabellos de hierba y espadas, bailaban de un lado a otro al ritmo de los tambores “ingoma“. Normalmente estos bailes de celebración incluyen una orquesta compuesta únicamente de tambores (entre siete y nueve). A menudo, las canciones tradicionales que acompañaban a estas danzas tenían una letra en clave de humor e iban acompañadas de un instrumento de ocho cuerdas llamado lulunga.

Yo tuve la suerte de ver la Danza Intore en Musanze, mientras esperaba que se organizaran los grupos para ir a ver los gorilas. Aunque no deja de ser un espectáculo turístico (parece ser que los “auténticos” saltan más alto y hasta con el tambor en la mano), yo lo disfruté igualmente.

¿Propinilla? No, gracias

“Perdona mi impertinencia pero si no te lo pregunto reviento… ¿Por qué no le diste una propinilla?” La pregunta me la lanzó Nieves, pero seguro que a más de uno también se le pasó por la cabeza al leer mi entrada sobre la bicicleta de madera en Ruanda. La pregunta es de todo menos impertinente, así que he decidido contestarte con una entrada, porque si no el comentario me iba a quedar muy largo.

*** Advertencia: ¡ladrillo vaaa! ***

Lo de dar dinero por dar, nunca me ha parecido muy buena idea. Creo que la persona a la que se le da dinero tiene que merecérselo de alguna manera. De lo contrario, se crearán hábitos y costumbres perjudiciales. La caridad puede hacer mucho daño, aunque nazca de las buenas intenciones. Yo le doy propina al músico que toca en la calle, o en el metro, pero no a la señora que se sienta en la Gran Vía de Madrid extendiendo la mano a los transeúntes y con un cartel que reza “soy viuda y mi marido está en paro” (verídico). Y me indigno cuando la sociedad da limosna a las personas con minusvalía, haciéndolas inútiles cuando no lo son, y no hace nada por empoderarlas e integrarlas en la sociedad, para que tengan una vida digna.

Estos niños me pidieron que les echaran una foto pero no me pidieron dinero por ello.

Estos niños me pidieron que les echaran una foto pero no me pidieron dinero por ello.

La mayoría de las veces llevamos a cabo actos de caridad sin pensar en las consecuencias (sólo en que nos sentiremos mejor haciéndolo). Tengo clavada en las pupilas la imagen de un señor al que le faltaban ambas extremidades en el centro de Addis Abeba, acostado sobre un cartón lleno de monedas. ¿Cómo había llegado hasta allí si no tenía piernas para caminar? ¿Cómo recogería aquellas monedas si le faltaban los brazos? Concluí (puede que por equivocación) que alguien tenía que haberlo llevado hasta allí y que seguramente ese alguien (o alguienes) se estaba aprovechando de su minusvalía para luego quedarse con ese dinero que a él le daban.

En los países del sur global, dar dinero (o caramelos, o bolígrafos, o lo que sea) sin motivo crea expectativas, pero sobre todo hábitos. Os lo contaba en la historia de La niña Kabalaye. ¿Alguno de vosotros le daría una propina a alguien que os mostró el camino cuando estabais perdidos? Si no lo hago en mi país, ¿por qué tengo que hacerlo cuando voy fuera? Recuerdo que una vez, en Londres, un par de japonesas me regalaron un cuaderno de notas cuando las llevé hasta la parada de autobús que andaban buscando, a pesar de mis vanos intentos por recharzarlo. Todavía me sonrío cuando lo pienso.

Estos señores me pidieron si podían hacerse una foto conmigo y nunca se ofrecieron a pagarme nada por ello.

Estos señores me pidieron si podían hacerse una foto conmigo y nunca se ofrecieron a pagarme nada por ello.

¿Le daríais una propina a alguien cuyo corte de pelo te gusta y se deja fotografiar para que luego te lo pueda hacer tu peluquero/a? ¿Y crees que la otra persona se deja fotografiar porque espera unas monedas a cambio? ¿Entonces porque tenemos tendencia a hacerlo cuando vamos de vacaciones a ciertos países? ¿Porque son pobres-pobrecitos? Lo único que conseguimos es generar en esas personas (niños y no tan niños) conductas dañinas, y que cada vez que vean a un extranjero extiendan la mano, o vayan hacia él o ella para pedirle, aunque no lo necesiten. Si te piden dinero y les dices que no, te piden un bolígrafo. El caso es pedir. Que a mí me han llegado a pedir por la calle un ordenador portátil y una cámara digital. O, si no, te piden que les hagas una foto para luego pedirte propina. Y, por desgracia, estas prácticas de dar por dar han cambiado, entre otras muchas cosa, el concepto y el motivo de las relaciones extranjero-autóctono radicalmente; rodeando su amistad, si es que surge entre los mismos, de una cortina de duda sobre la sinceridad de la misma.

Por eso no le di propina al niño, Nieves. Porque le pedimos permiso para hacerle la foto. Y porque una foto no es motivo de propina. Ni de limosna. La foto de aquí abajo la tomamos después de charlar con estos niños un rato. Le pedimos que si nos podíamos hacer una foto con ellos y accedieron gustosos. Cuando terminamos, uno de ellos nos pidió dinero, y el más mayor le dio un cachete y le dijo “¡no!”. A mí me alegró ver que hay otra gente que comparte mi punto de vista. Sobre todo en un país como Ruanda, que intenta alejarse de los topicazos africanos y donde todavía se puede andar por la calle tranquila sin que los hombres te acosen ni nadie venga a pedirte dinero. No lo estropeemos. Que volver atrás sería muy complicado.

Kibuye

Los bicinventores

No te dejes engañar por las calles asfaltadas de Kigali. Ni por su aspecto impoluto. Ni por sus jardines perfectamente podados. Ni por sus modernos edificios. Ni mucho menos por las mansiones que se adivinan a través de las puertas entornadas que se cierran perezosas, después de dar a luz coches recién salidos de un anuncio televisivo. Ruanda es un país pobre. Y su capital también. Sólo hay que pasearse por las calles adecuadas. Aquéllas que siguen vestidas de tierra y heridas de lluvia. La desigualdad social hace daño al corazón, como todas las desigualdades en cualquier parte del mundo.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Comprarse un vehículo o una simple bicicleta no está al alcance del ruandés medio. Por eso hay que hacer uso de la imaginación y los recursos que se tienen a mano para salir adelante. La bicicleta de madera es una de esas creaciones maravillosas fruto de la necesidad. Diseñada para desplazar productos pesados, como patatas, judías (¿os he contado ya que me pasé más de tres meses comiendo arroz y judías todos los días? Creo que sigo traumatizada), maderas o granos de café, es también una de las muchas atracciones turísticas del país. A mí me encantaba encontrármelas cuando iba al volante, camino de descubrir otro trocito de Ruanda. No pude evitar la tentación de parar un día el coche, aprovechando que llevaba “pone-cintas” al lado, cosa excepcional, para pedirle que le robara una foto a este niño que posó gustoso, pensando que le daríamos una propina después. ¡Ay, qué mal sabe crear expectativas! ¡Y qué guapo sales en la foto!

Bicicleta de madera Ruanda

¿Agase qué?

En Ruanda, las cestas Agaseke servían tradicionalmente de contenedores para transportar huevos, judías, carne y otros objetos valiosos, e incluso para guardar alimentos y ropa dentro de casa. Constituían un regalo común en bodas. Después del genocidio de 1994, estas cestas se convirtieron en símbolo de paz. Mujeres hutus, tutsis y twas, se sentaban (se sientan) codo con codo a tejer el futuro del país. Intento imaginarme a qué huele el aliento de la mujer al que tu marido violó, o cuyo hijo asesinó. Personas diferentes. Sentimientos fácilmente transferibles.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Estas cestas se hacen con fibra de pita o papiro, puesta a remojo durante hasta dos semanas para que se ablanden. Después se machacan con piedras y se dejan secar. Las fibras naturales le dan ese color oro pálido. Se decoran con motivos de colores, normalmente negros, que se consiguen hirviendo en tinte las raíces y semillas de la planta Urukangi o la flor del bananero.

Os dejo un vídeo en inglés por si alguien se aburre y quiere ver el proceso de fabricación de estas cestas.

PD. Las fotos están robadas del Museo Etnográfico de Butare (Ruanda).

Arte Imigongo

El arte Imigongo, también conocido como “arte de mierda” (bueno, esto igual me lo estoy inventando yo), es un tipo de arte que nació en la provincia de Kibungo (en el sureste de Ruanda) en el siglo XVIII. El ingrediente de base es la caca de vaca y tradicionalmente lo llevan a cabo las mujeres (si es que siempre nos tocan trabajos “de mierda”). La boñiga se seca y se mezcla con materiales orgánicos, como plantas, para crear las pinturas que le darán color, normalmente blanco, negro y rojo. La decoración se aplica en paredes, cerámicas o lienzos, en forma de dibujos geométricos.

Imigongo

El arte de decorar las paredes de las casas tradicionales con mierda, digo al estilo Imigongo, lo inventó el príncipe Kakira (sin comentarios) en el siglo XIX. Aquí os dejo un vídeo en nergalés, para el que tenga tiempo y curiosidad de ver a mujeres “removiendo la mierda”.

A mí lo que más me gusta del arte Imigongo es el abanico de respuestas que me ofrece la pregunta: “¿Qué me has traído de Ruanda?” Y es que a infantil no me gana nadie.

Umuganda

RuandaEn Ruanda, el último sábado de cada mes, de ocho a once de la mañana,  tiene lugar lo que se conoce como Umuganda, que significa “contribución a la comunidad”. Está diseñado para ser un día en el que los propios ciudadanos contribuyen a la construcción del país. Por ley, todas las personas sin discapacidad mayores de 18 años y menos de 65, tienen la obligación de participar en algún tipo de trabajo comunitario voluntario. Esta práctica existe desde antes de la colonización, fue adoptada por los distintos colonizadores que han pasado por el país y se ha conservado tras la independencia. En cada época ha tenido una función y un objetivo diferente, dependiendo de quién estuviera en el poder.

RuandaLa contribución en Umuganda se realiza normalmente bajo la supervisión de un gerente o presidente del pueblo (umudugudu), que aseguran la participación ciudadana. La actividad empresarial se detiene y se limita el transporte público. Los ciudadanos ayudan en la limpieza de calles, corte de césped y poda de arbustos a lo largo de las carreteras, la reparación de instalaciones públicas o la construcción de casas para personas vulnerables. La variedad de trabajos comunitarios depende de las habilidades del ciudadano que los lleva a cabo. Por ejemplo, los médicos pueden ofrecer ese día un examen médico gratuito.

RuandaLos beneficios de Umuganda no son meramente económicos. La jornada está destinada a fomentar la participación de la comunidad para reforzar la unidad nacional. El gobierno de Ruanda afirma que Umuganda contribuye a la reconciliación, desarrollo y crecimiento del país; y no es inusual ver en los periódicos fotos del presidente Kagame poniendo su granito de arena.

RuandaYo no tengo muy claro que obligar a la gente (y multarla si se la pilla por la calle sin contribuir a Umuganda) a cerrar sus negocios (quien los tenga) para desempeñar trabajos forzosos de los que la gran mayoría intenta escaquearse (por lo menos en Kigali) contribuya ni al crecimiento del país ni a la unidad nacional. ¿Y vosotros?

PD. Llevo en España dos semanas de locura, disfrutando de la familia y los amigos y buscando trabajo (lo justo). Pido paciencia porque apenas me queda tiempo para el blog, ni para escribir ni para leeros (de ahí mi silencio en estas dos últimas semanas), pero espero poder volver a coger el ritmo pronto. Y espero que, cuando eso ocurra, vosotros sigáis estando ahí…

La casa de los horrores III (y última)

***ADVERTENCIA***
Esta entrada contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad del lector

La iglesia de Nyamata ofrece al visitante unos bancos enterrados en la ropa de los tutsis que allí murieron. Montañas y montañas de ropa donde antes se sentaron feligreses a escuchar aquellos que los denunciaron a los secuaces de la muerte. Una escalera en el medio de la iglesia conduce a una sala de colores fríos donde una vitrina de cristal expone un ataúd, varios huesos y algunas calaveras.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El verdadero espanto reside en los jardines de la iglesia, ahora sembrados de fosas comunes. Dos de ellas están abiertas al público. Unas escaleras te invitan a bajar a lo desconocido. Conteniendo la respiración, me aventuré despacio hacia aquel agujero en perfecto orden. Me sentí claustrofóbica, atrapada en un pasillo estrecho y rodeada de cientos de huesos y calaveras, tan cerca de mi cuerpo, que parecían quererme tocar.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Pensé que nunca había estado tan cerca del esperpento. Aquel día, sin embargo, aún ignoraba que en la Escuela Técnica de Murambi lo conocería en carne y hueso. Cuerpos exhumados y conservados con cal se retuercen de pánico en un escorzo perpetuo. Expresiones de dolor, dedos encogidos, brazos y piernas en posición de defensa, gritos truncados, han sido congelados en el momento preciso en que la muerte los sorprendió; envueltos en un olor putrefacto que te zarandea al entrar en la primera sala, cuando el sentido del olfato todavía anda con la guardia baja, como si el horror sólo pudiera ser visual.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

La imagen de todos aquellos cadáveres, hombres y mujeres, adultos y niños, aún me persigue. A veces veo instantáneas de expresiones y posiciones cuando corro las cortinas, o abro el frigorífico, o apago la luz. No dejo de preguntarme si es indispensable montar este escenario macabro para no olvidar ni negar. Si esos cuerpos todavía por identificar no se merecen el respeto al anonimato que la fosa común de la que fueron desenterrados les ofrecía. Me pregunto qué código moral se está infringiendo con esta muestra de barbarie. ¿O acaso no se está vulnerando ninguno? Me da vergüenza admitírmelo a mí misma, pero creo que a mí fue el morbo quien me llevó de la mano hasta Murambi. Y no debería haber sido así.

La casa de los horrores II

La única vez que he visto a alguien morir fue hace más de diez años. El tenía cáncer y se ahogó con su propia flema. No sé qué me impresionó más, si verle cambiar de color y dejar de respirar, o el gesto del médico a la enfermera para que lo dejara ahogarse. Acabando así con su sufrimiento. Todavía recuerdo aquel olor fétido que me abofeteó la cara al entrar al hospital. Olor que se iba haciendo cada vez más insoportable conforme me acercaba a la habitación del moribundo. Durante mucho tiempo me estuve preguntando si era así como olía la muerte. Salí al pasillo a llorar, y fue su mujer la que vino a consolarme, con la voz dulce y el semblante tranquilo.

ntarama

La noche anterior de visitar el Memorial de Murambi me sentía un poco aprehensiva. Quería entender las razones que me impulsaban a visitarlo; aún sabiendo lo que me iba a encontrar allí. O quizás porque sabía lo que iba a encontrarme. ¿Era curiosidad? ¿Morbo? ¿Un poco de ambos? Unas semanas antes había visitado los Memoriales de Ntarama y Nyamata, que muestran diferentes caras del horror, y me habían dejado un mal sabor de boca. ¿Por qué ir más allá y subir un nivel en la escala de la barbarie?

ntarama

Durante el genocidio, las víctimas de las persecuciones acudieron a las iglesias en busca de refugio, sólo para descubrir que los miembros del clero colaboraban con la Interahamwe*. Como consecuencia de esta falta de solidaridad, muchas de las más horrendas masacres se llevaron a cabo en sitios sagrados de todo el territorio del país  La iglesia de Ntarama exhibe en unas estanterías de madera los huesos y calaveras de algunas de las víctimas que allí murieron. Varios ataúdes que contienen los cuerpos de familias enteras por falta de espacio (y dinero), contribuyen al ambiente sombrío que allí se respira. Las ropas que llevaban las víctimas visten paredes y techo.

ntarama

El aire denso donde se pasea el horror de una historia reciente te corta la respiración. Es imposible no fruncir el ceño cuando el guía te lleva hasta la habitación donde murieron los niños. Una inmensa mancha roja en la pared denuncia el sitio donde la cabeza de los más pequeños era golpeada hasta que el llanto se tornaba silencio. La imaginación, presa del terror, se dispara; y son necesarios varios minutos de reflexión antes de continuar el camino.

ntarama

* Organización paramilitar Hutu que llevó a cabo las masacres durante el genocidio en 1994

Músicas del mundo: Knowless Butera

Hoy músicas del mundo viene sin contenido político ni denuncia social. Por lo menos no mi entrada, que la canción no sé de lo qué habla (siento decepcionaros, pero no hablo knyarwanda, o como se escriba en español). Os traigo algo ligero para acabar la semana sin dolor de estómago:  Knowless Butera, una de las cantantes ruandesas actuales que mueve masas, por lo menos en esta parte del mundo. Me apetecía compartir con vosotros un trocito de cultura ruandesa contemporánea. Feliz escucha.

“La música es el verdadero lenguaje universal.”
Carl Maria von Weber (1786-1826) Compositor alemán.

Músicas del mundo: a partir de mayo, el primer viernes de cada mes.

Brocolandia o el Parque Nacional de Nyungwe

Servidora de camino

Servidora de camino

La palabra mágica me llevó hasta allí: chimpancés. Y un fin de semana de tres días era la ocasión perfecta para ir a verlos. El Parque Nacional de Nyungwe queda a unas cuatro horas en coche desde Kigali, lo que hace difícil visitarlo en un fin de semana, sobre todo si se pretende hacer algo de senderismo y se tiene toque de queda. Semana Santa me regaló la oportunidad de no dejarme este parque en el tintero.

Brocolandia

Nyungwe es una selva tropical virgen con la mayor concentración de primates del mundo. Y probablemente uno de los parques peor organizados y explotados. La oferta de caminatas es bastante reducida y muy cara. Las distintas caminatas tienen hora de salida y te obligan a ir con guía (aunque no haga falta). Pagas lo mismo vayas solo o seáis ochocientos cuarenta y tres en el grupo (todo depende de cuanta gente haya ese día interesada en tu misma caminata). Y si llegas tarde a la que te interesa, mala suerte. Aunque los guías estén sentados sin hacer nada. La mayoría de las caminatas no son circulares, lo que significa que empiezas en un sitio y terminas en otro. No existe transporte para ir al principio o recogerte en el final, con lo que no sólo necesitas tu propio vehículo sino también un chófer que te espere a la salida. Vi muchas caras de decepción aquella mañana y algún que otro bufido.

Por fuera, Nyungwe parece un racimo gigante de brócoli. Se tarda una hora en cruzar la carretera que lo atraviesa y no hace falta tener mucha suerte para encontrarse monos de cuello blanco comiendo a orillas de la misma. La salida del parque, dirección a Nyamasheke, te regala un verde limón chillón. Son los campos de té que se pierden a lo lejos, como si quisieran abrazar el horizonte. Perfectos, dan ganas de acariciarlos con la palma de la mano.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Una vez dentro, es necesario aguzar la vista para no dejarse engañar por el verde monocromático que parece pintar el paisaje. Las tonalidades son apenas perceptibles en algunos sitios y descaradamente diferentes en otros. Las flores, intimidadas por tanto verdor, se esconden tras sus pétalos, a poco centímetros del suelo. Los pájaros apenas se dejaron escuchar y mucho menos ver. Las únicas que no jugaron al escondite fueron la lluvia y la niebla. Y, al final, muy al final, algunos monos salieron a despedirnos aprovechando que había salido el sol.

¿Los chimpancés? No los vi. Había que estar allí a las cinco de la mañana y verlos no estaba garantizado, así que preferí quedarme abrazando a la almohada.

Nyamasheke

Ishara Beach HotelTodos se rieron cuando les dije que había pasado el fin de semana en Nyamasheke. ¡Pero si allí no hay turistas! – exclamaron. Pues por eso – respondí yo. Más risas. Mi misión aquí en Ruanda está siendo mucho más estresante de lo que esperaba. Mucho trabajo y poco tiempo, condimentado con unas cuantas frustraciones, resumen a grandes líneas mi vida laboral en estos momentos. El otro día pensaba que éste está siendo uno de los trabajos más dolorosos que he tenido nunca. Cada minuto que pasa es como un alfiler que se clava bajo las uñas. Sé que parte de la culpa la tiene el cansancio acumulado. Y por el bien de la humanidad, espero poder tomarme unas vacaciones cuando termine esta misión.Lago Kivu

Precisamente por el bien de la humanidad y mi propia salud mental, últimamente sólo quiero estar conmigo misma. Para pensar. Para ordenar todos estos sentimientos contradictorios a los que me veo obligada a hacer frente. Para relajarme. Para recordar las razones por las que haber venido hasta aquí merece la pena. Para poder escuchar lo que pienso. Para desconectar. Sobre todo para desconectar. Y Nyamasheke, un sitio que no aparece en las guías de viaje (al menos no en las que yo tengo a mano), a orillas del lago Kivu, me pareció el sitio perfecto para reunirme conmigo misma.

IMG_0930

Los turistas prefieren ir a Rubavu (antiguo Gisenyi, la otra cara de Goma) o Karongi (Kibuye antes del cambio de nombre). Habiendo estado en Karongi el fin de semana pasado, después de haber visitado Nyamesheke, sigo quedándome con mi primera elección. Por sus vistas al lago. Por su tranquilidad. Por su encanto. Por el paseo entre las casas de alrededor, con gusto a nostalgia. Nostalgia del Chad. Paseo que me hizo recordar lo que me estoy perdiendo (lo que me perdí en otros sitios, como Etiopia) por vivir (haber vivido) en la capital, donde el contacto con los lugareños se limita al contacto con los compañeros de trabajo. Frío. Distante. A veces hasta obligado.

Lago Kivu

Nyamasheke me regaló la ilusión de creerme en un lugar perdido en el mundo. Atardeceres donde la luz va pintando paulatinamente los campos de distintos verdes. El silencio roto de la naturaleza (pude contar hasta seis sonidos diferentes, lo que me hizo pensar en lo poco acostumbrada que estoy a agudizar el oído). Un cielo cosido de estrellas. Un lago salpicado de luces (el amanecer me chivaría que eran las barcas de los pescadores que faenaban). Un relámpago que iluminó mi cuarto y me despertó en medio de la noche, mientras una tormenta coqueteaba con mi respeto y fascinación y me impedía recuperar el sueño (¿estarían a salvo los pescadores?).

Nyamasheke

En Nyamasheke puede que no haya turistas, pero hay magia. Yo la viví.

Ruanda

Memoria histórica: ¿deber u obligación?

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia.”
José Saramago

Memorial NtaramaA partir de hoy, comienza en Ruanda una semana de duelo en conmemoración por las víctimas que perdieron la vida en el genocidio que tuvo lugar en el país en 1994, tras cuatro años de guerra civil. Durante este semana, se cierran los comercios y oficinas a partir de las 14h (muchos muzungus seguiremos trabajando a puerta cerrada)  y, entre otras cosas, no se puede poner la música muy alta, por respeto. Charlas, debates y otras actividades tendrán lugar a lo largo de todo el mes el abril, creando un espacio para la memoria y la reflexión comunes.

Es un mes difícil para la comunidad, donde de alguna manera se hurga en una herida todavía reciente. En un país donde la salud mental está muy debilitada, son muchos los que sufren recaídas, no sólo durante el mes de conmemoración, sino también durante las semanas que la siguen y la preceden. Flashbacks, angustia, insomnio, depresión, ira.

Memorial Ntarama

La conmemoración del genocidio contra los tutsis (como el actual gobierno lo denomina oficialmente, olvidando a los hutus moderados que en él murieron) es parte de un proceso de reconciliación a la vez muy criticado y muy alabado tanto por la comunidad internacional como por los propios ruandeses.

Por un lado, se alaba el esfuerzo del gobierno por acabar con los grupos mal llamados étnicos, los hutus, tutsis y twas, que pasaron de ser grupos socio-económicos a ser grupos étnicos como consecuencia de la falta de comprensión de los colonizadores belgas, que además privilegiaron a la mayoría hutu en sus políticas discriminatorias. Hoy día todos estos grupos han sido unificados bajo un mismo nombre: ruandeses.

Memorial Ntarama

Por otro lado, se critica que la reconciliación ha sido impuesta a la comunidad. Se dice que los procesos de justicia popular, Gacaca, donde fueron juzgados aquellos que tomaron parte activa durante el genocidio, estaban amañados y constituyeron un lavado de cara. Unos y otros fueron obligados a pedir perdón y a aceptarlo, creando con rabia contenida una farsa en la que víctimas y verdugos parecen vivir en perfecta harmonía. Yo repito lo que me cuentan, lo cual no deja de ser una parte de una realidad (o no) para mí desconocida, cuando pregunto si los muzungus somos bienvenidos en las actividades conmemorativas, y me dicen que no vaya, que es un montaje del gobierno al que la población está obligada a ir. Quiera o no quiera.

Escribiendo estas líneas me doy cuenta de lo poco que sé sobre la historia de mi propio país y del proceso de reconciliación que hubo en España tras la dictadura, donde se firmó un pacto de silencio en nombre de la democracia. Me pregunto si este pacto tiene algo que ver con que, llegado el momento de explicar la guerra civil y la dictadura españolas, el profesor nunca tenía tiempo de dar todo el temario y se los saltaba para enlazar directamente con la democracia.

Memorial NyamataEpisodios históricos diferentes en contextos dispares y, por tanto, lejos de ser equivalentes, me invitan a reflexionar sobre qué opciones existen para reconstruir países en los que el tejido social ha sido total o parcialmente destruido. Sobre todo cuando las generaciones que vivieron en tiempos de guerra o de genocidio, siguen vivas.

PD. Las fotos que acompañan este texto pertenecen a los memoriales de Nyamata y Ntarama, de los que puede que os hable en otra ocasión.

La casa de los horrores

Mi primera visita a Auschwitz me dejó emocionalmente noqueada durante al menos una semana. Aunque, pensándolo bien, no fue Auschwitz, sino Birkenau (también conocido como Auschwitz II) lo que realmente me desestabilizó. Me impresionó mucho ver los hornos, las montañas de zapatos y otros objetos personales de las víctimas. Sin embargo, asomarme a las cuadras (aquello no podían ser habitaciones) donde dormían los presos, hacinados, y entrar en la misma sala donde los metían engañados para gasearlos, me produjo un efecto aterrador. Levantar la vista y ver los agujeros que me observaban discretos, agujeros que casi podían pasar desapercibidos si no se sabía que estaban allí, me produjo vértigo.

Volvería al año siguiente, para acompañar a mi pareja de por aquel entonces, a quien ni Auschwitz ni Birkenau le parecieron tan horribles como yo me había empeñado en describir. Yo volví a encontrar ambos campos de concentración espeluznantes, aunque la segunda vez el bajón no me duró más que unas horas porque iba preparada mentalmente. Después de esta experiencia, me sentía un poco aprensiva ante la idea de visitar el Centro para la Memoria del Genocidio en Kigali. No había duda de que quería ir a verlo, pero tenía miedo de cómo mi cuerpo y mi mente iban a reaccionar. Al final decidí que lo mejor era quitármelo de encima cuanto antes.

IMG_0711IMG_0712

Para mi sorpresa, visitar este centro no sería tan traumático como lo fueron Auschwitz y Birkenau en su día. Replicando un museo, la visita transcurre a través tres salas semicirculares a media luz que cuentan el antes, el durante y el después del genocidio. Las tres salas convergen en otra sala circular donde pueden verse varias esculturas de madera y muy estilizadas que exaltan la vida entre hutus y tutsis antes de la barbarie. A lo largo del recorrido pueden verse fotos de las masacres y vídeos de supervivientes que testimonian los horrores que se vivieron durante aquellos cien días de infierno. También hay historias de hutus moderados que se jugaron la vida para salvar las de sus vecinos tutsis.

Sula Karuhimbi

 

Sula Karuhimbi, viuda de 62 años en el momento de los hechos y curandera tradicional de Gitarama, escondió y protegió a 17 tutsis en su propia casa y les dio de comer de su cosecha. Sula hizo uso de su reputación de estar poseída por los malos espíritus para asustar a la milicia interhamwe y conseguir que se alejaran de su casa. “Les dije: si queréis morir, entrad en mi casa para que os traguen los malos espíritus”.

 

Al final hay una sala donde pueden verse las fotos de algunas de las víctimas. Sin embargo, a diferencia de Auschwitz (mi única referencia en este tema), donde se muestran fotos de prisioneros completamente demacrados, el Centro para la Memoria del Genocidio muestra fotos de familia, fotos pertenecientes a un pasado en el que las víctimas estaban lejos de imaginarse de qué forma morirían. Fotos llenas de esperanza. Una esperanza truncada.

La parte de arriba del centro contiene una sala donde se muestran fotos de niños (jugando, sonriendo, posando) que murieron durante el genocidio, las que se supone que fueron sus últimas palabras, lo que llevaban puesto y la forma en que murieron. Una sala adyacente cuenta la historia de otros genocidios del siglo XX a través de paneles informativos. La visita termina en los jardines que dan vida al centro, jardines llenos de símbolos, y se sale por las fosas comunes, donde hay más de 250.000 cuerpos enterrados. Yo tuve que leer varias veces la cifra para asegurarme de que no me había equivocado. Doscientos cincuenta mil. Doscientos cincuenta mil. Doscientos cincuenta mil.

A pesar de que digerí todo aquello con el ceño fruncido y la mano en la boca, aquella visita, para mi sorpresa, me transmitió una mezcla de horror y sosiego. Me da vergüenza admitirlo, pero salí con el corazón sereno. El hecho de que el gobierno ruandés cuente sólo una parte de la historia, la que se empeña en inculcar a las generaciones futuras, tampoco me produjo enojo. Como era de esperar, en ningún momento se menciona que al actual presidente del gobierno, Paul Kagame, se le acusa de haber dado la orden que derribó el avión en el que viajaba Habariyama, presidente del país en 1994, accidente que acabó con su vida y la del resto de tripulantes; hecho que, según el acuerdo general, desencadenó el genocidio. Quien cuestiona la versión oficial de los hechos hoy día se arriesga a ser acusado de revisionismo, con lo que las voces discordantes que existen suelen pronunciarse desde el exilio.

La visita no me dejó indiferente. Y las poderosas palabras que Stephen D. Smith, Director de Aegis Trust, pronunció en el 2004, palabras que pueden leerse en uno de los paneles, siguen retumbando en mi cabeza:

Superviviente del genocidio

“Si tienes que acordarte de algo, acuérdate de esto… Los nazis no mataron seis millones de judíos… Igual que las  Interahamwe[1] tampoco mataron un millón de tutsis. Mataron uno, y después otro, y después otro, y después otro… El genocidio no es un acto criminal aislado, son millones de actos criminales.”

[1] Milicias paramilitares de hutus que llevaron a cabo las matanzas

Parque Nacional Akagera

De mi visita al Safari de Madrid sólo recuerdo que casi me quedo huérfana de madre. A la muy bruta no se le ocurrió otra cosa que bajar la ventanilla del coche y sacar medio cuerpo fuera (igual estoy exagerando, aviso) para hacerle una foto a los leones, saltándose alegremente las consignas de seguridad. Por fortuna, los leones se acababan de despertar y se acercaron hasta nosotros lo suficientemente despacio como para que a mi madre le diera tiempo a subir la ventanilla antes de tener que sacrificar un brazo. O la única cabeza que tiene. La foto de unos leones con cara de pocos amigos en primer plano anda por casa, y creo que a mi madre ya se le ha pasado el sustito. A mí todavía me dura.

En el Parque Nacional Akagera no hay leones, así que no tuve que revivir Akagera signninguna experiencia traumática durante mi visita (vale, igual estoy volviendo a exagerar). Tampoco hay rinocerontes, aunque hay planes de volver a introducir ambos para que este parque esté a la altura de los parques de los países vecinos (Tanzania y Kenya). La guerra civil (1990-1994) y el genocidio (1994) acabaron con la mayoría de la fauna que habitaba este parque, y ha ido que ir repoblándolo poco a poco. Además, Akagera también perdió dos tercios de su superficie, cuando el gobierno tuvo que dar tierras a los tutsis y hutus moderados que habían abandonado el país durante los diferentes pogroms que vivió el país en diferentes momentos de su historia, y volvieron una vez que las cosas se habían calmado. Como suele pasar en estos casos, los refugiados retornados se encontraron con que, durante su ausencia, sus casas habían sido ocupadas por otras familias que se negaban a dejarla, conRuanda lo que el gobierno tuvo que mediar, en muchos casos regalando parte de sus tierras para facilitar la repatriación.

Actualmente, la mayoría de los animales que han vuelto o han ido introduciéndose se encuentran en la parte norte del Parque, principalmente porque ahí es donde se encuentran las reservas de agua. Los planes de vallar sus más de 1.000 kilómetros cuadrados para evitar que el ganado o los cazadores furtivos (escasos, por no decir ninguno, según el personal del parque) no se cuelen dentro, casi han terminado. Cuando no quede ni un centímetro por cubrir con valla eléctrica , los leones y los rinos volverán a ser bienvenidos y Akagera podrá presumir de albergar los “cinco grandes”.

Jirafas

Nosotros tuvimos mucha suerte y pudimos ver un montón de animales, incluida la mamba negra, momento en que la guía nos ordenó que subiéramos los cristales del coche (no sé por qué, mamá, pero en este momento me acordé de ti). Para los ignorantes como yo, la mamba negra es la serpiente más venenosa de África y suele medir entre 2.5 y 3.5 metros (cito a nuestra guía). No sé cuánto medía la que vimos nosotros porque estaba cruzando la carretera y sólo le vimos el trasero, que era más largo que un día sin pan. Cebras, jirafas, elefantes, hipopótamos, cocodrilos, varias clases de antílopes, búfalos, “Pumbas” (para que luego digan que Disney no nos tiene dominados), águilas pescadoras, miles de golondrinas, mariposas y otras aves cuyo nombre desconozco completarían el día. Sólo nos quedó por saludar al señor leopardo, que por el día anda siempre descansando para poder acechar cuando Don Lorenzo no está mirando.

Ruanda: escribir por el deber de la memoria

… Cuanto más se estiraban las distancias / más me acercaba yo
a esta tierra natal
Desde aquel día de abril de 1994
En el que el sol se eclipsó detrás de las colinas sin previo aviso
Arrojando a los míos sin corazón al caer la noche
La tierra de mis sueños
se convirtió en tierra que me duele nombrar.
He soñado con una tierra
donde la cima de los bananeros se enorgullecen ante el sol
He soñado con una tierra
Donde la barba rubia del maíz fascina al amante que duda
He soñado con una tierra
donde por fin la palabra explota como un volcán
Largo tiempo adormecido…

« …Plus les distances s’étiraient / plus je me rapprochais
de cette terre natale
Depuis ce jour d’avril 1994
Où le soleil s’est éclipsé derrière les collines sans crier gare
Jetant les miens au tranchant de la nuit sans coeur
La terre de mes rêves
Est devenue terre que je peine à nommer.
J’ai rêvé d’une terre
Où les crêtes de bananiers s’enorgueilliront au soleil
J’ai rêvé d’une terre
Où la barbe blonde du maïs magnétisera l’amante qui doute
J’ai rêvé d’une terre
Où la parole enfin explosera comme un volcan
Longtemps endormi… »

Poema de Nocky Djenamoun. Originario de Chad, es director del Festival de Literatura Africana Fest’Africa, de Lille (Francia).   Este poema pertenece a un proyecto iniciado en 1998 llamado “Ruanda: escribir por el deber de la memoria” (« Rwanda : écrire par devoir de mémoire » Nyamirambo, ed. Le Figuier ), en el que diez escritores africanos de ocho nacionalidades diferentes fueron invitados a pasar una temporada en Ruanda para luego escribir sobre el genocidio, con la idea de preservar su memoria.

Aviso: traducción casera de La puerta entornada.


					

Muzungu tú, muzunga yo

“Bienvenida al país de las mil colinas y las mil sonrisas” decía mi pre-visado a pie de página. “Murakaza neza mu Rwanda”, la tarjeta de inmigración. Bienvenida o no, desde anoche soy oficialmente un muzungu (extranjero) en este país. Como hay confianza, me llamaré a mí misma muzunga.

Vistas desde la ventana de mi cuarto en Kigali

Vistas desde la ventana de mi cuarto en Kigali

De momento sólo puedo deciros que he llegado bien y que éstas son las vistas desde la ventana de mi habitación. Estaré de misión de trabajo en Kigali tres meses, hasta finales de mayo, y espero poder hacer algunos malabares para visitar algo del país. Llego en plena época de lluvias y, aunque será más difícil que en otras épocas del año, es posible viajar. Ruanda tiene mucho que ofrecer: bosques ecuatoriales, volcanes, gorilas, chimpancés, varios parques nacionales, lagos y una historia escalofriante. ¡Lo que me va a faltar es tiempo! Y probablemente equipamiento (ya estoy echando de menos mis botas de montaña que decidí dejar en tierra por razones de peso).

El país está haciendo un esfuerzo enorme para superar los acontecimientos de 1994. De entrada, las etiquetas “hutu” y “tutsi”, que no eran más que una imposición colonial, han desaparecido. Ahora todos los habitantes son ruandeses y hablar del genocidio está prohibido. Es un país muy organizado y extremadamente limpio. Repito lo que me han contado, aunque lo poco que vi anoche corrobora esta afirmación. No se pueden entrar bolsas de plástico al país (las confiscan a la llegada) y la conducción me pareció de todo menos caótica.

Espero poder ir descubriendo poco a poco tanto las ventajas como los inconvenientes de vivir en Ruanda. Sin embargo, ya me han advertido que tenga cuidado con lo que hablo y escribo porque las líneas están pinchadas y el servicio secreto ruandés está altamente profesionalizado. Formados por los israelís, no os digo más. Así que seamos discretos (aunque esta primera entrada no lo esté siendo demasiado) y evitemos abusar de las palabras que empiezan por “t”, “h” y “g” en los comentarios.Queremos informarle... Gourevitch

Si alguno está interesado en documentarse sobre este trágico episodio del país, el libro “Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias” de Philip Gourevitch es una buena introducción. Yo lo leí hace ya algunos años pero me pareció que estaba muy buen estructurado (habla del antes, del durante y un poquito del después, aunque esta parte me supo a poco) de una manera clara y concisa (por lo menos en la versión original).

Y aquí lo dejo, de momento, que voy a ver si hago algo de compra y aprovecho las cuestas de Kigali para endurecer nalgas, que falta me hace.