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Muzunga en la niebla

GorilaCuando un gorila te sostiene la mirada durante dos segundos y medio, es fácil rendirse a sus encantos y entender por qué Dian Fossey eligió pasar su vida estudiando el comportamiento de los gorilas en su hábitat natural; 18 años en total, hasta que fue asesinada en su propia casa, en las montañas Virunga (Ruanda), en circunstancias aún hoy desconocidas. Supongo que la mayoría habréis visto la película “Gorilas en la niebla”, por lo que yo sólo puedo recomendaros el libro, del mismo título. Lo leí en mis años universitarios y me hubiera gustado releerlo antes de ir al Parque Nacional Virunga; pero no pudo ser. Ameno y apasionante a partes iguales. O al menos así lo recuerdo yo.

Seguramente los gorilas que Dian Fossey estudió todavía no estaban acostumbrados a los humanos por aquel entonces, por lo que mirarlos a los ojos no era nada aconsejable. Hoy día la familia Susa está tan acostumbrada a sus primos Parque Nacional Virungaque hasta pasan por tu lado sin inmutarse. Cuando te dedican una mirada tan dulce como indiferente, dan ganas de acariciarlos, y hasta de ir en busca de un abrazo. La tentación de no ponerse a jugar con los más pequeños es casi insoportable. La hora cronometrada que se pasa junto a ellos es fascinante, aunque he de reconocer que no me hubiera importado ver un poco más de acción por su parte. Yo qué sé. Un salto mortal o un másdifíciltodavía.

En cualquier caso, tres horas de marcha por caminos empantanados y, a veces, hasta inexistentes, a través de bosques de bambú y cardos asesinos bien merecían un premio. El mismo que desde aquí comparto con vosotros. Espero que disfrutéis la visita tanto como lo hice yo.

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La danza de los héroes

La música siempre ha jugado un papel muy importante en la vida social, económica y civil de Ruanda. Todos los hitos en la vida de una persona se celebran con canciones y danzas tradicionales: nacimientos, Danza Intorebautismos tradicionales (guterekera), aniversarios, bodas, lanzamientos de nuevos proyectos, fiestas políticas e incluso para dar la bienvenida a visitantes importantes. La música ruandesa se distingue del resto de la música africana por tener un ritmo 5/8 (los entendidos en música que nos lo expliquen, por favor; que a mí me han dejado igual que estaba). Mientras los bailarines bailan, los miembros del coro dan palmas para hacer de metrónomo o estimularlos. La danza es, pues, una celebración comunitaria.

La variedad en danzas y músicas corresponde a la variedad de actos épicos que conmemoran méritos y actos de valentía. Intore significa “danza de lo héroes” o “los escogidos” y, antiguamente, la solían realizar los guerreros ante la Corte Real para celebrar su victoria en una batalla. Los guerreros, con peluca hecha de cabellos de hierba y espadas, bailaban de un lado a otro al ritmo de los tambores “ingoma“. Normalmente estos bailes de celebración incluyen una orquesta compuesta únicamente de tambores (entre siete y nueve). A menudo, las canciones tradicionales que acompañaban a estas danzas tenían una letra en clave de humor e iban acompañadas de un instrumento de ocho cuerdas llamado lulunga.

Yo tuve la suerte de ver la Danza Intore en Musanze, mientras esperaba que se organizaran los grupos para ir a ver los gorilas. Aunque no deja de ser un espectáculo turístico (parece ser que los “auténticos” saltan más alto y hasta con el tambor en la mano), yo lo disfruté igualmente.

¿Propinilla? No, gracias

“Perdona mi impertinencia pero si no te lo pregunto reviento… ¿Por qué no le diste una propinilla?” La pregunta me la lanzó Nieves, pero seguro que a más de uno también se le pasó por la cabeza al leer mi entrada sobre la bicicleta de madera en Ruanda. La pregunta es de todo menos impertinente, así que he decidido contestarte con una entrada, porque si no el comentario me iba a quedar muy largo.

*** Advertencia: ¡ladrillo vaaa! ***

Lo de dar dinero por dar, nunca me ha parecido muy buena idea. Creo que la persona a la que se le da dinero tiene que merecérselo de alguna manera. De lo contrario, se crearán hábitos y costumbres perjudiciales. La caridad puede hacer mucho daño, aunque nazca de las buenas intenciones. Yo le doy propina al músico que toca en la calle, o en el metro, pero no a la señora que se sienta en la Gran Vía de Madrid extendiendo la mano a los transeúntes y con un cartel que reza “soy viuda y mi marido está en paro” (verídico). Y me indigno cuando la sociedad da limosna a las personas con minusvalía, haciéndolas inútiles cuando no lo son, y no hace nada por empoderarlas e integrarlas en la sociedad, para que tengan una vida digna.

Estos niños me pidieron que les echaran una foto pero no me pidieron dinero por ello.

Estos niños me pidieron que les echaran una foto pero no me pidieron dinero por ello.

La mayoría de las veces llevamos a cabo actos de caridad sin pensar en las consecuencias (sólo en que nos sentiremos mejor haciéndolo). Tengo clavada en las pupilas la imagen de un señor al que le faltaban ambas extremidades en el centro de Addis Abeba, acostado sobre un cartón lleno de monedas. ¿Cómo había llegado hasta allí si no tenía piernas para caminar? ¿Cómo recogería aquellas monedas si le faltaban los brazos? Concluí (puede que por equivocación) que alguien tenía que haberlo llevado hasta allí y que seguramente ese alguien (o alguienes) se estaba aprovechando de su minusvalía para luego quedarse con ese dinero que a él le daban.

En los países del sur global, dar dinero (o caramelos, o bolígrafos, o lo que sea) sin motivo crea expectativas, pero sobre todo hábitos. Os lo contaba en la historia de La niña Kabalaye. ¿Alguno de vosotros le daría una propina a alguien que os mostró el camino cuando estabais perdidos? Si no lo hago en mi país, ¿por qué tengo que hacerlo cuando voy fuera? Recuerdo que una vez, en Londres, un par de japonesas me regalaron un cuaderno de notas cuando las llevé hasta la parada de autobús que andaban buscando, a pesar de mis vanos intentos por recharzarlo. Todavía me sonrío cuando lo pienso.

Estos señores me pidieron si podían hacerse una foto conmigo y nunca se ofrecieron a pagarme nada por ello.

Estos señores me pidieron si podían hacerse una foto conmigo y nunca se ofrecieron a pagarme nada por ello.

¿Le daríais una propina a alguien cuyo corte de pelo te gusta y se deja fotografiar para que luego te lo pueda hacer tu peluquero/a? ¿Y crees que la otra persona se deja fotografiar porque espera unas monedas a cambio? ¿Entonces porque tenemos tendencia a hacerlo cuando vamos de vacaciones a ciertos países? ¿Porque son pobres-pobrecitos? Lo único que conseguimos es generar en esas personas (niños y no tan niños) conductas dañinas, y que cada vez que vean a un extranjero extiendan la mano, o vayan hacia él o ella para pedirle, aunque no lo necesiten. Si te piden dinero y les dices que no, te piden un bolígrafo. El caso es pedir. Que a mí me han llegado a pedir por la calle un ordenador portátil y una cámara digital. O, si no, te piden que les hagas una foto para luego pedirte propina. Y, por desgracia, estas prácticas de dar por dar han cambiado, entre otras muchas cosa, el concepto y el motivo de las relaciones extranjero-autóctono radicalmente; rodeando su amistad, si es que surge entre los mismos, de una cortina de duda sobre la sinceridad de la misma.

Por eso no le di propina al niño, Nieves. Porque le pedimos permiso para hacerle la foto. Y porque una foto no es motivo de propina. Ni de limosna. La foto de aquí abajo la tomamos después de charlar con estos niños un rato. Le pedimos que si nos podíamos hacer una foto con ellos y accedieron gustosos. Cuando terminamos, uno de ellos nos pidió dinero, y el más mayor le dio un cachete y le dijo “¡no!”. A mí me alegró ver que hay otra gente que comparte mi punto de vista. Sobre todo en un país como Ruanda, que intenta alejarse de los topicazos africanos y donde todavía se puede andar por la calle tranquila sin que los hombres te acosen ni nadie venga a pedirte dinero. No lo estropeemos. Que volver atrás sería muy complicado.

Kibuye

Los bicinventores

No te dejes engañar por las calles asfaltadas de Kigali. Ni por su aspecto impoluto. Ni por sus jardines perfectamente podados. Ni por sus modernos edificios. Ni mucho menos por las mansiones que se adivinan a través de las puertas entornadas que se cierran perezosas, después de dar a luz coches recién salidos de un anuncio televisivo. Ruanda es un país pobre. Y su capital también. Sólo hay que pasearse por las calles adecuadas. Aquéllas que siguen vestidas de tierra y heridas de lluvia. La desigualdad social hace daño al corazón, como todas las desigualdades en cualquier parte del mundo.

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Comprarse un vehículo o una simple bicicleta no está al alcance del ruandés medio. Por eso hay que hacer uso de la imaginación y los recursos que se tienen a mano para salir adelante. La bicicleta de madera es una de esas creaciones maravillosas fruto de la necesidad. Diseñada para desplazar productos pesados, como patatas, judías (¿os he contado ya que me pasé más de tres meses comiendo arroz y judías todos los días? Creo que sigo traumatizada), maderas o granos de café, es también una de las muchas atracciones turísticas del país. A mí me encantaba encontrármelas cuando iba al volante, camino de descubrir otro trocito de Ruanda. No pude evitar la tentación de parar un día el coche, aprovechando que llevaba “pone-cintas” al lado, cosa excepcional, para pedirle que le robara una foto a este niño que posó gustoso, pensando que le daríamos una propina después. ¡Ay, qué mal sabe crear expectativas! ¡Y qué guapo sales en la foto!

Bicicleta de madera Ruanda

¿Agase qué?

En Ruanda, las cestas Agaseke servían tradicionalmente de contenedores para transportar huevos, judías, carne y otros objetos valiosos, e incluso para guardar alimentos y ropa dentro de casa. Constituían un regalo común en bodas. Después del genocidio de 1994, estas cestas se convirtieron en símbolo de paz. Mujeres hutus, tutsis y twas, se sentaban (se sientan) codo con codo a tejer el futuro del país. Intento imaginarme a qué huele el aliento de la mujer al que tu marido violó, o cuyo hijo asesinó. Personas diferentes. Sentimientos fácilmente transferibles.

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Estas cestas se hacen con fibra de pita o papiro, puesta a remojo durante hasta dos semanas para que se ablanden. Después se machacan con piedras y se dejan secar. Las fibras naturales le dan ese color oro pálido. Se decoran con motivos de colores, normalmente negros, que se consiguen hirviendo en tinte las raíces y semillas de la planta Urukangi o la flor del bananero.

Os dejo un vídeo en inglés por si alguien se aburre y quiere ver el proceso de fabricación de estas cestas.

PD. Las fotos están robadas del Museo Etnográfico de Butare (Ruanda).

Arte Imigongo

El arte Imigongo, también conocido como “arte de mierda” (bueno, esto igual me lo estoy inventando yo), es un tipo de arte que nació en la provincia de Kibungo (en el sureste de Ruanda) en el siglo XVIII. El ingrediente de base es la caca de vaca y tradicionalmente lo llevan a cabo las mujeres (si es que siempre nos tocan trabajos “de mierda”). La boñiga se seca y se mezcla con materiales orgánicos, como plantas, para crear las pinturas que le darán color, normalmente blanco, negro y rojo. La decoración se aplica en paredes, cerámicas o lienzos, en forma de dibujos geométricos.

Imigongo

El arte de decorar las paredes de las casas tradicionales con mierda, digo al estilo Imigongo, lo inventó el príncipe Kakira (sin comentarios) en el siglo XIX. Aquí os dejo un vídeo en nergalés, para el que tenga tiempo y curiosidad de ver a mujeres “removiendo la mierda”.

A mí lo que más me gusta del arte Imigongo es el abanico de respuestas que me ofrece la pregunta: “¿Qué me has traído de Ruanda?” Y es que a infantil no me gana nadie.

Umuganda

RuandaEn Ruanda, el último sábado de cada mes, de ocho a once de la mañana,  tiene lugar lo que se conoce como Umuganda, que significa “contribución a la comunidad”. Está diseñado para ser un día en el que los propios ciudadanos contribuyen a la construcción del país. Por ley, todas las personas sin discapacidad mayores de 18 años y menos de 65, tienen la obligación de participar en algún tipo de trabajo comunitario voluntario. Esta práctica existe desde antes de la colonización, fue adoptada por los distintos colonizadores que han pasado por el país y se ha conservado tras la independencia. En cada época ha tenido una función y un objetivo diferente, dependiendo de quién estuviera en el poder.

RuandaLa contribución en Umuganda se realiza normalmente bajo la supervisión de un gerente o presidente del pueblo (umudugudu), que aseguran la participación ciudadana. La actividad empresarial se detiene y se limita el transporte público. Los ciudadanos ayudan en la limpieza de calles, corte de césped y poda de arbustos a lo largo de las carreteras, la reparación de instalaciones públicas o la construcción de casas para personas vulnerables. La variedad de trabajos comunitarios depende de las habilidades del ciudadano que los lleva a cabo. Por ejemplo, los médicos pueden ofrecer ese día un examen médico gratuito.

RuandaLos beneficios de Umuganda no son meramente económicos. La jornada está destinada a fomentar la participación de la comunidad para reforzar la unidad nacional. El gobierno de Ruanda afirma que Umuganda contribuye a la reconciliación, desarrollo y crecimiento del país; y no es inusual ver en los periódicos fotos del presidente Kagame poniendo su granito de arena.

RuandaYo no tengo muy claro que obligar a la gente (y multarla si se la pilla por la calle sin contribuir a Umuganda) a cerrar sus negocios (quien los tenga) para desempeñar trabajos forzosos de los que la gran mayoría intenta escaquearse (por lo menos en Kigali) contribuya ni al crecimiento del país ni a la unidad nacional. ¿Y vosotros?

PD. Llevo en España dos semanas de locura, disfrutando de la familia y los amigos y buscando trabajo (lo justo). Pido paciencia porque apenas me queda tiempo para el blog, ni para escribir ni para leeros (de ahí mi silencio en estas dos últimas semanas), pero espero poder volver a coger el ritmo pronto. Y espero que, cuando eso ocurra, vosotros sigáis estando ahí…