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Terciopelo rojo: un relato en equipo

terciopelo rojo cartelLos que lo leemos sabemos que Dessjuest tiene más peligro que Mario Conde jugando al monopoli. Con él no se puede bajar la guardia porque siempre está maquinando algo. Un día, después de comerse una seta que encontró en un bosque, tuvo una revelación. Tenía que encontrar varias víctimas para llevar a cabo su magnífica idea: escribir un relato en grupo cuyo final dependería de las opciones que el lector fuera eligiendo a lo largo de la historia.

BypilsInspiraciónNergal y una servidora, nos dejamos engañar por el Gran Líder de Opinión, en un intento fallido de saltar a la fama. El resultado es Terciopelo rojo, un relato con 12 finales diferentes. Personalmente me quedo con el final de un trabajo de equipo magníficamente orquestado por Dess, que me ha permitido conocer un poquito más a mis compañeros blogueros. Gracias a todos por una experiencia única que espero repitamos algún día. Ha sido un verdadero placer trabajar juntos en este proyecto.

Sin más demora, os invito a todos a ir al principio de la historia (haced click en la foto) y elegir vuestra propia aventura. Espero(amos) que os guste.

terciopelor

“El trabajo en equipo es esencial; te permite echarle la culpa a otro.”
Anónimo

Amor de madre

Mafaldaylasopa

– ¿Qué vas a cenar?

– Nada. No tengo hambre.

– Pues cena algo.

– Mamá, ya sabes que nunca ceno.

– Tómate aunque sea un vaso de leche.

– No me apetece.

– ¿Y un yogur?

– Que no tengo hambre.

– Son Activia. Los he comprado para ti. Yo sé que tú compras Activia. Pero aquí no hay de higo.

Risas.

– ¿Y una pieza de fruta? He comprado plátanos. Y kiwis. Que se que te gustan.

(Suspiro. Bueno, más bien, bufido)

– También hay cañas de chocolate.

– Mamá, no quiero cenar. No tengo hambre. Nunca ceno. Cada vez que vengo la misma pelea.

– ¿Y te vas a ir a la cama con el estómago vacío? Pues cena algo, mira.

– Mamá, cariño, no te lo tomes como algo personal pero te voy a ignorar.

– ¡Hay que ver qué mala pata tienes!

 

Tres minutos más tarde:

– ¿Te hago unas tostadas?

Al gato y al ratón

Los ratones colorados avisaron a los ratones verdes de que habían visto un ejército de gatos daltónicos de camino al poblado. Venían armados hasta los bigotes y con cara de pocos amigos.

Los ratones verdes y los ratones colorados corrieron a buscar amparo bajo el mismo techo. Las ratonas abrazaban a sus ratoncitos mientras rogaban al dios de los ratones blancos que los gatos daltónicos respetaran suelo sagrado.

Pero a los gatos daltónicos les habían contado que en la guerra todo vale. Así que entraron en la morada del Señor y ordenaron a los ratones colorados  que dieran un paso al frente.

Los ratones verdes y los ratones colorados se miraron unos a otros. Atemorizados. Los años de convivencia pacífica les mostraron hermanos, tíos y vecinos. No colores.

Como ningún ratón se movió de su sitio, los gatos daltónicos no tuvieron más remedio que matar a todos y cada uno los ratones, verdes y colorados, para poder así cumplir la misión que les había sido encomendada.

Iglesia de Goundi, Chad

Iglesia de Goundi, Chad

El pan de cada día

Tenía el alma en carne viva de dormir todas las noches encogida. Completamente anquilosada, abrió los ojos despacio. Dolorosamente despacio. Si se demoraba mucho más, se quedaría sin nada que llevarse a la boca. Hacía semanas que ya no se encontraba harina en el mercado y la cola que se formaba era cada vez más larga. A veces daba dos vueltas al vecindario. A veces, incluso más.

Vivía en un barrio tranquilo a pesar de que, en días nublados, podía respirarse el eco de las cenizas que las bombas levantaban a su paso. Caminaba sonámbula, fingiendo no sentir miedo, espantando los buenos recuerdos a manotazos. El ánimo le pesaba como si fuera de plomo y la esperanza le hacía daño en los oídos.

Llegó a la panadería con la media luna besándole la nuca. Se puso al final de la cola. Niños, ancianos, madres, padres, hermanos esperaban en silencio con el corazón gacho, acunados por la mujer del hijab verde que apretaba a su hija contra el pecho mientras le tarareaba una nana. Algunos se intercambiaban miradas por medias sonrisas.

De repente un trueno anunció la tormenta. Cientos de ojos se elevaron al cielo. El amanecer les escupió en la cara. Aquella mañana, el rocío tenía un regusto a metal. Una explosión de piernas pataleó en busca de cobijo. Los relámpagos se confundían con el grito desesperado de los hambrientos. Era una lluvia con dientes y uñas. Una lluvia con saña. Una lluvia caníbal.

Tres minutos más tarde, ella yacía en el suelo. El cuerpo anestesiado. La mirada fija en aullidos teñidos de rojo. Una lágrima se le clavó en la mejilla. Quiso secársela, pero no pudo. El granizo le había arrancado los brazos de cuajo. Con el último suspiro que le quedaba, dejó caer la cabeza a un lado y chilló hasta perder el conocimiento.

¿Quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón,
tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

No será tan fácil, ya sé qué pasa,
no será tan simple como pensaba,
como abrir el pecho y sacar el alma,
una cuchillada del amor.

Luna de los pobres siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón,
como un documento inalterable
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio,
y te daré todo, y me darás algo,
algo que me alivie un poco más.

Cuando no haya nadie cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y hablo de países y de esperanzas,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo de cambiar ésta, nuestra casa,
de cambiarla por cambiar, nomás.

¿Quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón.

El Ejército gubernamental sirio bombardea panaderías en la provincia de Alepo
http://www.heraldo.es/noticias/internacional/2012/08/31/hrw_acusa_ejercito_sirio
_muerte_decenas_civiles_alepo_202185_306.html
http://www.hrw.org/news/2012/08/30/syria-government-attacking-bread-lines

Entre risa y risa

Creo que se llamaba Víctor. Por lo visto, un día le miré en la cantina del trabajo y le sonreí. En ese mismo instante le empecé a gustar. O, al menos, eso fue lo que él me dijo. Yo no recuerdo ese momento ni mucho menos haberle visto antes. Pero, si él lo dice, será verdad. Los treinta y siete minutos que duraba el descanso nos los pasábamos mis compañeras y yo muriéndonos de la risa. A veces no nos daba tiempo a terminar la comida. Es posible que entre risa y risa echara un vistazo desinteresado a lo poco que ocurría a mi alrededor y que él estuviera en mi campo de visión. Da igual. Te regalo esa sonrisa, Víctor. Ésa, y las que vinieron después.

Un día se acercó con sus dos amigos a nuestra mesa y nos pidieron si podían sentarse con nosotras. Nosotras aceptamos, divertidas. Aquello se convertiría en una costumbre intermitente. Nos reíamos mucho con ellos. Nunca de ellos. Nos confesaron que presumían entre sus compañeros de fábrica de ser los únicos que eran amigos de las “chicas de la oficina” y que a los demás les daba envidia. Un día, después de comer, decidimos aceptar la invitación de ir a ver donde ellos trabajaban. Corrieron a saludarnos, con orgulloso de madre, y nos pasearon por su fábrica como si fuéramos un trofeo.

A veces, las risas del mediodía se aplacaban con confidencias que nos dejaban la boca pastosa. Las burlas de sus compañeros de trabajo, el tipo de contrato de formación que tenían, la esperanza, hasta el último día de contrato, de que les renovaran… Víctor me pidió si podía venir a mi despacho a despedirse de mí. Aquel día cambió su atuendo para no desentonar con los que trabajábamos delante de un ordenador. A mí aquello me produjo un cosquilleo en la punta de los dedos de los pies. Nos despedimos sabiendo que, a las cinco, como cada día, nos encontraríamos en el autobús de empresa que nos dejaría en Plaza Castilla. En el trayecto me contó la vida que había vivido hasta entonces y la que viviría ahora que se había quedado sin trabajo. Lo hizo con la madurez que pertenecía a un chico de su edad y que el mundo se negaba a reconocerle. Antes de coger el metro me abrazó y, mirándome a lo ojos, muy serio, me dijo: lo que me gusta de ti es que no me tratas diferente; me tratas como a los demás. Yo me marché con el corazón húmedo y la certeza de que nunca más le volvería a ver.

Me equivocaba. Hoy te volví a ver, Víctor (sí, te llamabas Víctor), mientras preparaba una misión de apoyo al Líbano para recopilar historias de beneficiarios de uno de nuestros proyectos. Te llamabas Abdullah, y seguías siendo aquel joven con una ligera minusvalía intelectual que se quedó sin trabajo después de su formación como mecánico. Doce años más tarde, tu recuerdo volvió a humedecerme el corazón. Ojalá te vaya bonito, donde quiera que estés.

PD. Recuerda la invitación de Nergal el 19 de septiembre, ¡tod@s a hablar de nuestras vacaciones!

PD2. ¡Y no te olvides que a partir del 14 de septiembre tienes una cita de tres días en Guadalajara con el Titiriguada! Aquí te dejo la programación para que vayas abriendo boca: teatro sensorial para bebés, cabaret poético, talleres, pasacalles y mucho, mucho color. Hazte amig@ de ell@s en facebook.

El billete y la maleta

– ¡Que te tienes que bajar en la siguiente parada, te digo!

El tono de aquellas palabras me dolió como si me las hubieran clavado a mí.

– Este billete no es válido. Te bajas en la próxima y punto.

Le hablaban a un chico de mi edad con un español muy limitado. Su aspecto era magrebí. Su acento, francés. Ese revisor ya me había caído gordo cuando me subí al tren y no quiso ayudarme a subir la maleta al compartimento superior. De malos modos me había dicho que la pusiera al lado de la puerta, que no pasaba nada. A pesar de que la idea no me entusiasmaba, accedí resignada.

– No se puede viajar entre vagones. He dicho que no y es que no.

Suspiré, me levanté y me acerqué a ellos.

– ¿Puedo ayudarte? – le dije al chico en su idioma.

Me explicó que tenía un billete interrail y que no entendía por qué no podía viajar en este tren.

– Este tren es un Intercity – me escupió el revisor– y su billete no vale para este tipo de trenes. Ya le he dicho que se tiene que bajar en la siguiente.

– ¿Es la única solución? – le pregunté incrédula – Es pasada medianoche.

– Si no, que pague la diferencia – dijo de un bufido.

El chico me dijo que sólo llevaba francos encima.

– ¿Cuánto es?

– Quinientas pesetas.

Hay que joderse, pensé. Es capaz de dejar a este chico en un pueblo perdido a las mil y gallo, en pleno invierno, por quinientas míseras pesetas.

El revisor cogió mi dinero con cara de desaprobación, le dio al chico su justificante y se marchó con paso agrio. El chico me dio las gracias mil veces. Puede que dos mil. Tenía un acento cerrado y los ojos entrada la noche.

Llegamos a Hendaya con los primeros rayos de luz. Me levanté despacio, dolorida. Me dirigí hacia la puerta a coger mi maleta. No estaba. Miré a un lado y a otro. Igual alguien la había cambiado de sitio. No. Definitivamente se la habían llevado. ¡Mierda de revisor!

En ese momento de mala hostia y confusión apareció el chico para volver a darme las gracias. Mi desconcierto era demasiado evidente como para pasar desapercibido. Insistió en acompañarme a la comisaria, esperó paciente conmigo a que abrieran y me ayudó a poner la denuncia. Siempre sonriente.

Hicimos las presentaciones y nos despedimos. El estudiaba en Estrasburgo y yo, en Toulouse. Me estuvo llamando durante meses con una frecuencia decadente. Un día, sin darme cuenta, dejó de llamar.

Después de todo, no teníamos nada en común.

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Día Internacional de la Solidaridad

Y tú, ¿me cuentas tu historia?

Hasta la fecha

Ella era la única persona a la que escribía por obligación. Supongo que lo hacía para evitar futuros calentamientos de cabeza durante mis apáticas visitas. Y para no alimentar envidias con la otra. Pero nunca por amor.

Un día me pidió que abriera un cajón para llevarle algo. Allí estaban todas las cartas que yo había mandado a lo largo de los años. Tristemente apiladas. E intactas. Le pregunté por qué nunca se había molestado en abrirlas. Me contestó que porque no sabía leer.

¿Por qué nunca antes lo había mencionado? ¿Por qué nunca pidió a nadie que se las leyera? ¿Por qué ni siquiera rompió el sobre para ver si contenía fotos o postales? ¿Para qué las guardaba? ¿Alguna vez se había preguntado, o habría preguntado, quién era el remitente?

Me di cuenta de que estaba ante una desconocida.

Nunca más volví a escribirle.

Años más tarde, cuando me cansé de dar besos y abrazos no correspondidos, también dejé de ir a verla.

Y hasta la fecha.

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La sombra del dolor

Conocí a Carlos en la Universidad. Había ido con otras dos amigas a informarme de los cursos a distancia y él era el chico que nos daba la información. Lo de estudiar desde casa con ellos me pareció muy complicado, así que enseguida perdí el interés por la conversación. No recuerdo que Carlos me pareciera nada en particular cuando le vi por primera vez. Tampoco recuerdo cómo ni cuándo ni dónde, sólo que, de repente, Carlos y yo estábamos saliendo juntos.

Recuerdo cuánto lloró el día que le dije que me iba. No me lo esperaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba enamorado de mí. Se marchó enfadado y su partida me dejó la piel salada y el corazón del tamaño de una cereza. En ese momento supe que también yo estaba enamorada de él. Corrí en su busca. Dispuesta a dejarlo todo por Carlos.

Me abrió la puerta uno de sus compañeros de piso. Carlos estaba en el salón viendo la tele con el resto. No quería recibirme. Insistí. Tras unas cuantas idas y venidas por parte de su compañero de piso, finalmente Carlos me condujo a su cuarto sin mirarme a los ojos. Nuestras lágrimas se besaron en silencio. Sentí que nunca antes había estado tan segura de lo que hacía. Justo cuando estaba a punto de decirle cuánto le quería, que lo era todo para mí, y que mi vida no tenía sentido si no era para vivirla a su lado, apareció él. Sin nombre ni cara pero con la mirada de un color triste oscuro tirando a reproche.

Y entonces me di cuenta de que no era Carlos a quien quería. Sino a él. Al que no tenía cara ni nombre. Hubo un momento, o dos, o tres, no sé cuantos, de dolor agudo en las entrañas del alma. Un dolor de tener que elegir entre Carlos y una sombra. Un dolor con gusto añejo.

Lloré. Lloré. Y lloré.

Lloré por haber abandonado a Carlos. Por haberle hecho creer que volvería. Lloré cada pedazo de su corazón. Lloré por haber creído que estaba enamorada de él. Por haberle hecho creer que le quería. Lloré por amar a aquél que apareció en forma de sombra. Aplastante. Asfixiante. Lloré porque no quería quererle. Porque yo quería amar con todas mis fuerzas a Carlos. Lloré porque no podía.

 

 

Aquella mañana me levanté triste y con la piel salada, preguntándome quién sería aquel Carlos a quien había hecho tanto daño y a quien nunca conocí. No consigo quitármelo de la cabeza. Por eso te escribo, Carlos, donde quiera que estés y quien quiera que seas. Para pedirte disculpas por todo lo que te hice. Aunque no existas.

¿O sí?

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La niña Kabalaye

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Al principio no sabía si la niña Kabalaye era niño o niña. Como me moría de curiosidad, un día tuve la desfachatez de levantarle la camiseta que le llegaba hasta los tobillos. Ella salió corriendo. Al día siguiente, volvió a venir a mi encuentro. Como había hecho desde mi llegada. Como haría hasta el día antes de mi partida. Día tras día, durante un año, nuestros caminos se cruzarían dos veces por la mañana y dos por la tarde. A la ida, y a la vuelta del trabajo. Siempre a la misma altura.

Entrada al obispado

A veces venía sola. A veces, acompañada de otros niños. Siempre me enseñaba la diminuta palma de su mano izquierda, y con el índice de la derecha se daba pequeños toques en el centro mientras pedía “bonbon, bonbon”. Yo le chocaba los cinco y ella se echaba a reír. Siempre el mismo ritual. Cuatro veces al día, cinco días a la semana. Gran ejemplo de perseverancia.

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Un día, el día de mi cumpleaños, decidí que le daría un “bonbon”. Desde la distancia escuché su canto. “Bonbon, bonbon, bonbon”. Cada vez más cerca. Hasta que, por fin, nos encontramos en el mismo punto de todos los días. La niña Kabalaye llevó a cabo su protocolo particular, me pregunto si con la esperanza de recibir algo a cambio o si lo hacía simplemente llevada por la costumbre. Otros dos niños, menos asiduos a la hora y el lugar, no tardarían en reunirse con nosotras. Me metí la mano en el bolsillo y mis dedos contaron tres caramelos.

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Como si temiera ser descubierta en una situación embarazosa, me apresuré a repartirlos entre ella y los otros dos niños. Con un gesto que pretendía ganarme su complicidad, me llevé el dedo índice a los labios, rogándole silencio. Pero antes de poder acabar una frase en un idioma que de todas formas la niña Kabalaye no entendía, ella salió corriendo en dirección al poblado, agitando el caramelo al aire como si de un trofeo se tratara y gritando “bonbon, bonbon, bonbon, bonbon” a los cuatro vientos. Justo antes de cruzar la puerta del trabajo, unos metros más adelante, pude escuchar una avalancha de niños que venían pidiéndome “bonbon, bonbon” a gritos. Les di la espalda, avergonzada, y me metí en mi despacho.

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La niña Kabalaye siguió viniendo a mi encuentro cuatro veces al día, cinco días a la semana. Me enseñaba la palma de la mano y con el índice de la otra se señalaba el centro. “Bonbon, bonbon”. Yo le chocaba los cinco. Como siempre. Como había hecho hasta el día de mi cumpleaños. Como seguí haciendo después. Ella me respondía siempre con su risa juguetona y una mirada divertida. Sin embargo, a mí, el día de mi cumpleaños me dejó un gusto agrio que dura ya varios años. Ahora ya sé a qué sabe crear falsas esperanzas. A huevo podrido.

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La mañana de mi partida le tenía reservada una sorpresa: un balón diminuto de los muchos que habíamos recibido en un contenedor llegado de España y que empezaban a colorear las calles de Laï. Quería dejarle un regalo. Quería limpiar mi conciencia. Pero esa mañana, ella no apareció. Mis ojos la buscaron en vano entre los abrazos y besos de aquéllos que habían venido a despedirme. Supongo que la despisté. Yo no debería haber estado allí hasta dos horas más tarde.

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Le dejé el recado a una amiga. Le expliqué bien a quién quería que le diera el balón. Ella me aseguró que podía irme tranquila, que sabía de quién se trataba. Poco importaba si la niña Kabalaye no sabía quién se lo enviaba, o si pensaba que venía de la persona equivocada. Yo sólo quería dejarle algo un poco menos perecedero que un caramelo. Para sentirme cerca de ella cuando estuviera lejos. Para quitarme el gusto a huevo podrido.

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Meses más tarde, mi amiga me contó que, cuando le dio el balón, la niña Kabalaye se puso a dar saltos de alegría y a besarlo durante un buen rato. A mí se me saltaron las lágrimas, un poco por la emoción y otro poco por no haber podido estar allí para presenciar el momento. Me consolé pensando que unas semanas antes de decir adiós al rincón chadiano que me había adoptado durante un año, había tenido la desvergüenza de robarle una foto a la niña Kabalaye. A mi niña Kabalaye.

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Tardé más de un año en atreverme a preguntar por ella. Me daba miedo conocer la respuesta. ¡Tantos niños se habían quedado en el camino durante los doce meses que viví en Laï! Un día, por fin, me armé de valor y pregunté desde la distancia con el corazón chiquitito. Hubo un momento de reflexión al otro lado.

Nadie sabía qué había sido de ella. Sólo que un día dejaron de verla, y que no la habían echado de menos, ni de más, hasta que yo se la recordé.

La niña sin nombre. Mi niña Kabalaye.

21. Atardecer en el rio Logona

Día internacional de África

El día que cambió mi vida

Mírame a los ojos.

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Sharmin 2

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Ahora, déjame que te cuente mi historia.

Cuando tenía diez años me fui de picnic con unos amigos, cerca del pueblo. Un amigo y yo nos alejamos un poco del resto para buscar “rewas”, una verdura comestible con sabor amargo. La hierba estaba tan alta que no dejaba ver el suelo. De repente, pisé una mina y explotó. Perdí el conocimiento y sólo lo recuperé una vez en el hospital. Como consecuencia, me amputaron una pierna. Mi amigo perdió un ojo.

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Era mayo del 2011 y el sol brillaba como nunca. Mi familia y yo nos fuimos de paseo a Arane, una zona conocida por sus minas antipersonas. Nos habían dicho que donde íbamos no había pero yo pisé una, que explotó. Perdí el pie derecho. Lloré durante un mes sin consuelo,hasta que me di cuenta que otra gente había salido peor parada que yo.

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Después de graduarme encontré un trabajo con una ONG como desactivador de minas. Ocho años más tarde, de buena mañana, una mina explotó mientras estaba de servicio. Perdí las dos piernas. Sólo entonces me di cuenta de lo difícil que es desplazarse cuando se tiene una minusvalía. Ahora, entre otras cosas, soy activista por los derechos de las personas con discapacidades. Me acuerdo exclusivamente de la mía cuando veo una escalera o tengo cita con el médico de la tercera planta.

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Después de la guerra, nos mudamos a un edificio abandonado que había sido usado por los militares. Mi madre encendió una hoguera enfrente de nuestra nueva casa para quemar la basura. Mis primos y yo la ayudábamos a tirar cosas al fuego, entre ellas, un explosivo. El edificio estaba contaminado. My prima y yo sufrimos heridas en la cabeza y en la cara. Mi primo, en el estómago. A pesar de las múltiples operaciones recibidas, yo todavía no puedo cerrar uno de los ojos.

El norte de Iraq está plagado de minas antipersonas. Son el legado que dejaron las guerras entre Iraq e Irán y entre Iraq y Kurdistán. La mayoría de las minas no están demarcadas, con lo que la gente no sabe dónde se encuentran. Muchas están escondidas en tierras de labranza que no se cultivan por miedo a las consecuencias. Algunos corren el riesgo y pagan caro la osadía.

Este es mi modesto homenaje a todas las víctimas y supervivientes de esta tragedia.

Día Internacional para la Sensibilización contra las Minas Antipersonal 2012.

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PD. Todas las fotos e historias (aunque contadas a mi manera) son propiedad de la ONG irakí Bustan

Ayer te vi

Ayer te vi.

Estabas sentado en el parque de al lado de la universidad viendo los niños jugar. La verdad es que no esperaba cruzarme contigo. Y menos allí. Mi primera reacción fue salir corriendo a darte un abrazo pero una mano invisible me agarró por la garganta justo cuando mis pies se preparaban para tomar carrerilla. En ese mismo instante miraste hacia donde yo estaba. ¿Era tu mano la que ahogaba? Nuestras miradas se cruzaron un instante. Lo que dura un parpadeo, no más. No me reconociste. O no me viste. O me ignoraste. Pero estoy segura de que eras tú.

En el corazón guardo aquella noche de diciembre cuando intentaste despedirte de mí en tu cuarto. Me cogiste fuerte la mano y casi sin aliento empezaste a decirme cuánto me querías. Yo no te dejé acabar. Me negaba a aceptar que ibas a marcharte. Supongo que por eso hoy no me saludaste. Aún estás resentido conmigo. Y con razón.

Me acerqué a ti. Para cerciorarme de que realmente eras tú (¡pero sólo podías ser tú!). Para hablar contigo. Y disculparme. A tu lado había una señora que no reconocí. Os hablabais sin miraros a la cara. Tú no sonreías. Por eso me pareció que a lo mejor no eras tú.

¿Sabías que me negué a volver a tu casa durante un año? Yo también estaba de alguna manera resentida contigo. Pero un día no tuve más remedio que ir. Contra mi voluntad. Con mis miedos metidos en el bolsillo trasero del pantalón . Abrí la puerta y tu ausencia me abofeteó la cara. Subí las escaleras despacio. Llorando. Inspeccioné cada rincón de la casa. Despacio. Llorando. Pero no me atreví a entrar a tu habitación. Todavía no.

Me senté a tu lado. Quería volver a sentirte cerca. Tú seguiste sin reconocerme. Me giré para verte. Para hablarte. Para decirte cuánto te he echado de menos. Para pedirte que vuelvas. La abuela ya no es la misma desde que tú te marchaste. Sufre de alzhéimer pero todavía te llora. Dice que a veces vienes a verla por la noche. Que duermes con ella. Y por la mañana se levanta como loca porque tú ya no estás. Nosotros no le hacemos mucho caso. “Son cosas de la edad”, nos decimos. “Es normal”, la excusamos, “toda una vida juntos y ahora tantos años sola”. ¡Pero ahora soy yo la que te ha visto! En otro cuerpo. Con otros ojos. En un lugar ajeno. Y sigo diciéndome que sólo podías ser tú. Aunque no fueras tú.

Ayer te vi.

Londres, 29 de agosto de 2009.

Si hubiera sido un perro…

Si hubiera sido un perro me habría pasado toda la noche aullando. Si hubiera sido un perro no habría hecho falta preguntarles a los otros perros por qué aullábamos porque habría entendido los aullidos, los ecos de los aullidos y las respuestas a los aullidos. Si hubiera sido un perro, esta mañana los aullidos de los animales de dos patas no me habrían dejado dormir. Pero como no soy un perro, los augritos de mis vecinos me acorralaron durante el desayuno, me secuestraron la carne del pecho y me escalaron la espina dorsal, vértebra a vértebra, hasta perforarme la nuca como un estoque.

Los hay que creen que los “africanos” están tan acostumbrados a la muerte que la pérdida de un ser querido no les produce dolor. Es mentira.

Historia de P

P es inglés y acaba de cumplir los treinta. Llegó a Etiopía para colaborar durante el verano en una escuela de oficios de una zona rural. Sus alumnos, como todos los alumnos, eran muy especiales: tenían problemas auditivos. P no hablaba ni oromiña ni el lenguaje de signos para poder comunicarse con ellos. Afortunadamente, hay muchas maneras de transmitir el conocimiento y la comunicación entre las personas no se reduce al lenguaje oral.

El destino (o Cupido) quiso que P se enamorara de una de sus alumnas. Ni la edad, ni la etnia, ni el color, ni mucho menos el idioma, se interpusieron en su camino, ya a casa de los padres de ella para pedirles la mano de su hija. Los padres aceptaron. Sin aspavientos. Sin dramas. Sin frotarse las manos. En sociedades rurales de corte tradicional como la de esta familia casar a una hija con una minusvalía no es fácil. Lo normal es que las personas con discapacidades sean rechazadas y estigmatizadas por la sociedad. Un bebé que nace con una minusvalía es un castigo de Dios y, por tanto, una vergüenza para la familia. Así que, probablemente, a la hora de dar el sí la minusvalía de X pesó más que el color de la piel de P.

Dicen los que fueron a la boda que la ceremonia fue muy emotiva. La misa se celebró en orimiña y se tradujo simultáneamente primero al inglés y luego al lenguaje de signos (o al revés, poco importa). Traducciones erróneas dieron el toque de gracia a una ceremonia ya de por sí memorable.

P y X llevan felizmente casados algo más de un año. Viven en Etiopía. He olvidado el lugar exacto. De todas formas, acaban de trasladarse a otro pueblo porque a la directora de la escuela no le gustaba que P tuviera una relación sentimental con una alumna, aunque ya estén casados. P cobra un sueldo local, el equivalente de unos sesenta euros al mes. Sus amigos más cercanos le han decepcionado porque no vinieron a su boda ni tampoco han venido a visitarle más tarde. Le gustaría estar más cerca de su familia y su tío es el único que viene a verle una vez al año. Tiene planes de volver a Inglaterra en un futuro cercano porque sabe que un salario occidental puede mejorar la calidad de vida de los miembros de la familia de su mujer. A ella parece que no le disgusta la idea de vivir en el extranjero.

Yo conocí a P en Addis, en un viaje en el que vino a acompañar a uno de sus alumnos al dentista, un adolescente con el que sólo pude comunicarme con sonrisas y torpes mano-palabras. Vinieron en autobús. El viaje duró casi un día. A mí me maravilló ver a ambos comunicarse en lenguaje de signos y la dulzura con la que interactuaban. El día que conocí a su esposa, en otro viaje de ellos a la capital, me fascinó aún más verles comunicarse en oromiña y lenguaje de signos con mucha fluidez. La escena me inspiró profundo respeto y admiración.

Pero lo que más me impactó fue la modestia con la que P respondió a mis preguntas curiosas la primera vez que le conocí. Con la voz sosegada y los ojos llenos de humildad. Sin darle importancia a su historia. Como si en esta sociedad superficial y materialista en la que vivimos todo el mundo hubiera hecho lo mismo en su lugar.

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Y si pasa, se le saluda…

Si dijera que desde que llegué a Addis las cosas han ido sobre ruedas “seríase” una mujer a una nariz pegada, como diría aquél. Durante el tiempo que llevo aquí, todo lo que podría haber ido mal ha ido peor. Nada me extrañaría si me dijeran que Murphy formuló su conocida ley a su paso por Etiopía. Y no me refiero a los continuos cortes de electricidad ni al recochineo de esta lluvia con tan mala hostia durante tres días seguidos, los mismos que hemos estado en casa sin agua. Me refiero a incidentes que insultan tu imaginación (o falta de ella) y te dejan cara de imbécil. Como cuando cambias dinero en un banco dentro de un hotel con renombre internacional, por eso de que te da mayores garantías que ir al mercado negro, por ejemplo, no porque te pille de paso, y ellos van, “palistoyó”, y te meten unos cuantos billetes falsos, los suficientes para hacer pupita a tu bolsillo, “patontatúmejorquenadie”.

Porque estas cosas pasan, aunque cueste creerlo. Y aunque la gente se empeñe en convencerte de que nunca han oído una cosa igual, que tú eres el primer caso que conocen, hasta que empiezan a hacer memoria y se acuerdan vagamente de una historia que a lo mejor se parece a la tuya. Pero estas cosas no pasan en un banco, te dicen. Y menos en el Hilton, al que de lo único que se le acusa es de mandar a sus clientes al baño más veces de las necesarias después de haber comido allí. Pero nada más.

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