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Terciopelo rojo: un relato en equipo

terciopelo rojo cartelLos que lo leemos sabemos que Dessjuest tiene más peligro que Mario Conde jugando al monopoli. Con él no se puede bajar la guardia porque siempre está maquinando algo. Un día, después de comerse una seta que encontró en un bosque, tuvo una revelación. Tenía que encontrar varias víctimas para llevar a cabo su magnífica idea: escribir un relato en grupo cuyo final dependería de las opciones que el lector fuera eligiendo a lo largo de la historia.

BypilsInspiraciónNergal y una servidora, nos dejamos engañar por el Gran Líder de Opinión, en un intento fallido de saltar a la fama. El resultado es Terciopelo rojo, un relato con 12 finales diferentes. Personalmente me quedo con el final de un trabajo de equipo magníficamente orquestado por Dess, que me ha permitido conocer un poquito más a mis compañeros blogueros. Gracias a todos por una experiencia única que espero repitamos algún día. Ha sido un verdadero placer trabajar juntos en este proyecto.

Sin más demora, os invito a todos a ir al principio de la historia (haced click en la foto) y elegir vuestra propia aventura. Espero(amos) que os guste.

terciopelor

“El trabajo en equipo es esencial; te permite echarle la culpa a otro.”
Anónimo

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Amor de madre

Mafaldaylasopa

– ¿Qué vas a cenar?

– Nada. No tengo hambre.

– Pues cena algo.

– Mamá, ya sabes que nunca ceno.

– Tómate aunque sea un vaso de leche.

– No me apetece.

– ¿Y un yogur?

– Que no tengo hambre.

– Son Activia. Los he comprado para ti. Yo sé que tú compras Activia. Pero aquí no hay de higo.

Risas.

– ¿Y una pieza de fruta? He comprado plátanos. Y kiwis. Que se que te gustan.

(Suspiro. Bueno, más bien, bufido)

– También hay cañas de chocolate.

– Mamá, no quiero cenar. No tengo hambre. Nunca ceno. Cada vez que vengo la misma pelea.

– ¿Y te vas a ir a la cama con el estómago vacío? Pues cena algo, mira.

– Mamá, cariño, no te lo tomes como algo personal pero te voy a ignorar.

– ¡Hay que ver qué mala pata tienes!

 

Tres minutos más tarde:

– ¿Te hago unas tostadas?

Al gato y al ratón

Los ratones colorados avisaron a los ratones verdes de que habían visto un ejército de gatos daltónicos de camino al poblado. Venían armados hasta los bigotes y con cara de pocos amigos.

Los ratones verdes y los ratones colorados corrieron a buscar amparo bajo el mismo techo. Las ratonas abrazaban a sus ratoncitos mientras rogaban al dios de los ratones blancos que los gatos daltónicos respetaran suelo sagrado.

Pero a los gatos daltónicos les habían contado que en la guerra todo vale. Así que entraron en la morada del Señor y ordenaron a los ratones colorados  que dieran un paso al frente.

Los ratones verdes y los ratones colorados se miraron unos a otros. Atemorizados. Los años de convivencia pacífica les mostraron hermanos, tíos y vecinos. No colores.

Como ningún ratón se movió de su sitio, los gatos daltónicos no tuvieron más remedio que matar a todos y cada uno los ratones, verdes y colorados, para poder así cumplir la misión que les había sido encomendada.

Iglesia de Goundi, Chad

Iglesia de Goundi, Chad

El pan de cada día

Tenía el alma en carne viva de dormir todas las noches encogida. Completamente anquilosada, abrió los ojos despacio. Dolorosamente despacio. Si se demoraba mucho más, se quedaría sin nada que llevarse a la boca. Hacía semanas que ya no se encontraba harina en el mercado y la cola que se formaba era cada vez más larga. A veces daba dos vueltas al vecindario. A veces, incluso más.

Vivía en un barrio tranquilo a pesar de que, en días nublados, podía respirarse el eco de las cenizas que las bombas levantaban a su paso. Caminaba sonámbula, fingiendo no sentir miedo, espantando los buenos recuerdos a manotazos. El ánimo le pesaba como si fuera de plomo y la esperanza le hacía daño en los oídos.

Llegó a la panadería con la media luna besándole la nuca. Se puso al final de la cola. Niños, ancianos, madres, padres, hermanos esperaban en silencio con el corazón gacho, acunados por la mujer del hijab verde que apretaba a su hija contra el pecho mientras le tarareaba una nana. Algunos se intercambiaban miradas por medias sonrisas.

De repente un trueno anunció la tormenta. Cientos de ojos se elevaron al cielo. El amanecer les escupió en la cara. Aquella mañana, el rocío tenía un regusto a metal. Una explosión de piernas pataleó en busca de cobijo. Los relámpagos se confundían con el grito desesperado de los hambrientos. Era una lluvia con dientes y uñas. Una lluvia con saña. Una lluvia caníbal.

Tres minutos más tarde, ella yacía en el suelo. El cuerpo anestesiado. La mirada fija en aullidos teñidos de rojo. Una lágrima se le clavó en la mejilla. Quiso secársela, pero no pudo. El granizo le había arrancado los brazos de cuajo. Con el último suspiro que le quedaba, dejó caer la cabeza a un lado y chilló hasta perder el conocimiento.

¿Quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón,
tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

No será tan fácil, ya sé qué pasa,
no será tan simple como pensaba,
como abrir el pecho y sacar el alma,
una cuchillada del amor.

Luna de los pobres siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón,
como un documento inalterable
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio,
y te daré todo, y me darás algo,
algo que me alivie un poco más.

Cuando no haya nadie cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y hablo de países y de esperanzas,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo de cambiar ésta, nuestra casa,
de cambiarla por cambiar, nomás.

¿Quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón.

El Ejército gubernamental sirio bombardea panaderías en la provincia de Alepo
http://www.heraldo.es/noticias/internacional/2012/08/31/hrw_acusa_ejercito_sirio
_muerte_decenas_civiles_alepo_202185_306.html
http://www.hrw.org/news/2012/08/30/syria-government-attacking-bread-lines

Entre risa y risa

Creo que se llamaba Víctor. Por lo visto, un día le miré en la cantina del trabajo y le sonreí. En ese mismo instante le empecé a gustar. O, al menos, eso fue lo que él me dijo. Yo no recuerdo ese momento ni mucho menos haberle visto antes. Pero, si él lo dice, será verdad. Los treinta y siete minutos que duraba el descanso nos los pasábamos mis compañeras y yo muriéndonos de la risa. A veces no nos daba tiempo a terminar la comida. Es posible que entre risa y risa echara un vistazo desinteresado a lo poco que ocurría a mi alrededor y que él estuviera en mi campo de visión. Da igual. Te regalo esa sonrisa, Víctor. Ésa, y las que vinieron después.

Un día se acercó con sus dos amigos a nuestra mesa y nos pidieron si podían sentarse con nosotras. Nosotras aceptamos, divertidas. Aquello se convertiría en una costumbre intermitente. Nos reíamos mucho con ellos. Nunca de ellos. Nos confesaron que presumían entre sus compañeros de fábrica de ser los únicos que eran amigos de las “chicas de la oficina” y que a los demás les daba envidia. Un día, después de comer, decidimos aceptar la invitación de ir a ver donde ellos trabajaban. Corrieron a saludarnos, con orgulloso de madre, y nos pasearon por su fábrica como si fuéramos un trofeo.

A veces, las risas del mediodía se aplacaban con confidencias que nos dejaban la boca pastosa. Las burlas de sus compañeros de trabajo, el tipo de contrato de formación que tenían, la esperanza, hasta el último día de contrato, de que les renovaran… Víctor me pidió si podía venir a mi despacho a despedirse de mí. Aquel día cambió su atuendo para no desentonar con los que trabajábamos delante de un ordenador. A mí aquello me produjo un cosquilleo en la punta de los dedos de los pies. Nos despedimos sabiendo que, a las cinco, como cada día, nos encontraríamos en el autobús de empresa que nos dejaría en Plaza Castilla. En el trayecto me contó la vida que había vivido hasta entonces y la que viviría ahora que se había quedado sin trabajo. Lo hizo con la madurez que pertenecía a un chico de su edad y que el mundo se negaba a reconocerle. Antes de coger el metro me abrazó y, mirándome a lo ojos, muy serio, me dijo: lo que me gusta de ti es que no me tratas diferente; me tratas como a los demás. Yo me marché con el corazón húmedo y la certeza de que nunca más le volvería a ver.

Me equivocaba. Hoy te volví a ver, Víctor (sí, te llamabas Víctor), mientras preparaba una misión de apoyo al Líbano para recopilar historias de beneficiarios de uno de nuestros proyectos. Te llamabas Abdullah, y seguías siendo aquel joven con una ligera minusvalía intelectual que se quedó sin trabajo después de su formación como mecánico. Doce años más tarde, tu recuerdo volvió a humedecerme el corazón. Ojalá te vaya bonito, donde quiera que estés.

PD. Recuerda la invitación de Nergal el 19 de septiembre, ¡tod@s a hablar de nuestras vacaciones!

PD2. ¡Y no te olvides que a partir del 14 de septiembre tienes una cita de tres días en Guadalajara con el Titiriguada! Aquí te dejo la programación para que vayas abriendo boca: teatro sensorial para bebés, cabaret poético, talleres, pasacalles y mucho, mucho color. Hazte amig@ de ell@s en facebook.

El billete y la maleta

– ¡Que te tienes que bajar en la siguiente parada, te digo!

El tono de aquellas palabras me dolió como si me las hubieran clavado a mí.

– Este billete no es válido. Te bajas en la próxima y punto.

Le hablaban a un chico de mi edad con un español muy limitado. Su aspecto era magrebí. Su acento, francés. Ese revisor ya me había caído gordo cuando me subí al tren y no quiso ayudarme a subir la maleta al compartimento superior. De malos modos me había dicho que la pusiera al lado de la puerta, que no pasaba nada. A pesar de que la idea no me entusiasmaba, accedí resignada.

– No se puede viajar entre vagones. He dicho que no y es que no.

Suspiré, me levanté y me acerqué a ellos.

– ¿Puedo ayudarte? – le dije al chico en su idioma.

Me explicó que tenía un billete interrail y que no entendía por qué no podía viajar en este tren.

– Este tren es un Intercity – me escupió el revisor– y su billete no vale para este tipo de trenes. Ya le he dicho que se tiene que bajar en la siguiente.

– ¿Es la única solución? – le pregunté incrédula – Es pasada medianoche.

– Si no, que pague la diferencia – dijo de un bufido.

El chico me dijo que sólo llevaba francos encima.

– ¿Cuánto es?

– Quinientas pesetas.

Hay que joderse, pensé. Es capaz de dejar a este chico en un pueblo perdido a las mil y gallo, en pleno invierno, por quinientas míseras pesetas.

El revisor cogió mi dinero con cara de desaprobación, le dio al chico su justificante y se marchó con paso agrio. El chico me dio las gracias mil veces. Puede que dos mil. Tenía un acento cerrado y los ojos entrada la noche.

Llegamos a Hendaya con los primeros rayos de luz. Me levanté despacio, dolorida. Me dirigí hacia la puerta a coger mi maleta. No estaba. Miré a un lado y a otro. Igual alguien la había cambiado de sitio. No. Definitivamente se la habían llevado. ¡Mierda de revisor!

En ese momento de mala hostia y confusión apareció el chico para volver a darme las gracias. Mi desconcierto era demasiado evidente como para pasar desapercibido. Insistió en acompañarme a la comisaria, esperó paciente conmigo a que abrieran y me ayudó a poner la denuncia. Siempre sonriente.

Hicimos las presentaciones y nos despedimos. El estudiaba en Estrasburgo y yo, en Toulouse. Me estuvo llamando durante meses con una frecuencia decadente. Un día, sin darme cuenta, dejó de llamar.

Después de todo, no teníamos nada en común.

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Día Internacional de la Solidaridad

Y tú, ¿me cuentas tu historia?

Hasta la fecha

Ella era la única persona a la que escribía por obligación. Supongo que lo hacía para evitar futuros calentamientos de cabeza durante mis apáticas visitas. Y para no alimentar envidias con la otra. Pero nunca por amor.

Un día me pidió que abriera un cajón para llevarle algo. Allí estaban todas las cartas que yo había mandado a lo largo de los años. Tristemente apiladas. E intactas. Le pregunté por qué nunca se había molestado en abrirlas. Me contestó que porque no sabía leer.

¿Por qué nunca antes lo había mencionado? ¿Por qué nunca pidió a nadie que se las leyera? ¿Por qué ni siquiera rompió el sobre para ver si contenía fotos o postales? ¿Para qué las guardaba? ¿Alguna vez se había preguntado, o habría preguntado, quién era el remitente?

Me di cuenta de que estaba ante una desconocida.

Nunca más volví a escribirle.

Años más tarde, cuando me cansé de dar besos y abrazos no correspondidos, también dejé de ir a verla.

Y hasta la fecha.

PB220170