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De hoy, no pasa

De hoy, no pasa, se impuso a sí misma. Y los grados de alcohol que corrían de más por sus venas llegaron hasta la punta de sus dedos y marcaron el número de su madre.

–          Hola mamá.

–          Hola cariño, ¿todo bien?

Igual debería haber llamado a horas menos intempestivas, pensó en un microsegundo de lucidez. Lo mejor en estos casos es tomar carrerilla y soltarlo todo de un tirón.

–          Todo bien. Sólo llamaba para decirte una cosa… Como el fin de semana pasado os habíais alegrado tanto por la hermana… Yo también quería deciros que llevo un año saliendo con alguien.

–          ¡Qué callado te lo tenías!

–          Sí… bueno… es que no me atrevía a decíroslo porque no sabía cómo os lo ibais a tomar…

Su corazón levantó el vuelo al tiempo que apretaba la mano de su novia para evitar la sensación de vértigo que, de pronto, la invadía.

–          ¿Por qué? ¡¿Es que estás saliendo con un negro?!

Sophia Wallace

17 mayo: Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia

Historia basada en un hecho real.
Foto (c) Sophia Wallace

La llama de la vida

Primero se llevó las puertas y ventanas, marcos incluidos. Luego vendría a por las sillas y las mesas. Cuando volvió a por la cama, no le importó darle también el colchón. Cualquier cosa por un poco de calor. La cuchara de madera de su abuela. Las fotos de toda una vida. Los libros que no le dio tiempo a leer. Los lápices de colores. Las cortinas. El mantel de flores. Los rodapiés. Todo. Hasta que un día ya no le quedó nada más para abrigarse. Miró la llama que tanto se había empeñado en alimentar y, con paso firme, metió una pierna, y luego otra, y allí se consumió despacio. Muerta de frío.

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AVISO MORAL

Por desgracia, la conexión a internet que tengo aquí en Ruanda deja mucho que     desear. La mayoría de las veces no consigo descargar vuestras entradas (sobre todo si van acompañadas de vídeos o fotos), no puedo darle al botón de “me gusta” o no puedo dejar un comentario después de haberlo escrito. Publicar mis propias       entradas es toda una odisea. También ando escasa de tiempo, trabajando mucho y    aprovechando el poco tiempo que tengo libre para descansar o viajar lo que se     puede (y, de momento, se puede poco). Por esto, me gustaría pedir disculpas por   teneros descuidados. Me encanta leeros así que intentare ir poniéndome al día poco a poco con todos, pero mis visitas serán menos frecuentes de lo que me gustaría. También tardaré en responder a vuestros comentarios por las mismas razones, así   que no os sintáis ignorados si no puedo responderos. Espero que lo entendáis.     Gracias de antemano. Nos seguimos leyendo en la medida de lo posible.             Un abrazo cruje-huesitos para todos y para todas.

La apuesta

La acarició a la velocidad de la gota de lluvia que se aferra al cristal de la ventana. Rozó sus pechos, los únicos que se atrevían a desafiarle en ese momento, y sus pezones se pusieron en guardia. Bajó hasta el ombligo, dejándolo a medio dibujar.

Ella cerró los ojos un segundo y escuchó las pisadas del miedo. Un escalofrió se paseó desde la frente hasta su vientre. La mujer de los ojos esquivos no supo si el soldado le clavó primero la mirada o el machete. Sólo que despacio, muy despacio, su vientre se abrió como las alas de la mariposa que, asustada, se dispone a emprender el vuelo.

A lo lejos, antes de precipitarse al vacío, pudo escuchar las risas de los dos soldados y una voz que, triunfante, declaraba:

– Yo gano. Era una niña.

Fotos cortesía de la web

Fotos cortesía de la web

Antecedentes penales

Cual ha sido mi sorpresa esta mañana cuando, al recoger el certificado de antecedentes penales que me piden para tramitar el permiso de trabajo, he visto que dos delitos manchan mi expediente. Parece ser que fui declarada en rebeldía por no comparecer en el juicio que tuvo lugar en su momento.

Se me acusa de haber roto tres corazones y de haber robado un cuarto. Yo, en un intento de hacer borrón y cuenta nueva, he alegado defensa propia en los primeros y causa de fuerza mayor en el último. La administrativa que llevaba mi caso ha abierto tanto los ojos que las cejas se le han desbordado de las gafas. “¿Está usted pidiéndome que me salte las reglas?” Me ha preguntado en Do mayor, haciéndose la ofendida.

Me pregunto si la República de Ruanda considera los crímenes pasionales razón suficiente para denegar un permiso de trabajo.

Einstein

Al gato y al ratón

Los ratones colorados avisaron a los ratones verdes de que habían visto un ejército de gatos daltónicos de camino al poblado. Venían armados hasta los bigotes y con cara de pocos amigos.

Los ratones verdes y los ratones colorados corrieron a buscar amparo bajo el mismo techo. Las ratonas abrazaban a sus ratoncitos mientras rogaban al dios de los ratones blancos que los gatos daltónicos respetaran suelo sagrado.

Pero a los gatos daltónicos les habían contado que en la guerra todo vale. Así que entraron en la morada del Señor y ordenaron a los ratones colorados  que dieran un paso al frente.

Los ratones verdes y los ratones colorados se miraron unos a otros. Atemorizados. Los años de convivencia pacífica les mostraron hermanos, tíos y vecinos. No colores.

Como ningún ratón se movió de su sitio, los gatos daltónicos no tuvieron más remedio que matar a todos y cada uno los ratones, verdes y colorados, para poder así cumplir la misión que les había sido encomendada.

Iglesia de Goundi, Chad

Iglesia de Goundi, Chad

Las uvas

– ¿Y las uvas?  – me preguntaste. ¿Este año no nos comemos las uvas o qué?

Me dieron ganas de llorar. No había pensado en las uvas. Ni se me había ocurrido que quisieras comértelas. Te habías pasado toda la tarde somnoliento mientras yo alternaba la mirada entre la puerta de la habitación, tu respiración sosegada y la tele, donde ahora estaban dando uno de esos programas de fin de año horteras que no soporto. Justo en el momento en que formulaste tu pregunta los presentadores empezaron a dar las instrucciones. “Que nadie se equivoque en los cuartos” – advirtieron. Se acercaba el momento, y yo no había pensado en las malditas uvas.

– ¡Pues claro! – te contesté con una sonrisa forzada.

Las uvas. ¡Pues claro! Repetí enfadada para mis adentros. ¿Por qué íbamos a saltárnoslas este año? Ya que no estábamos celebrando la Nochevieja, por lo menos que nos comamos las uvas. A ti estas cosas te den igual, so rancia, pero a los demás les hace ilusión.

Me marché pidiendo para mis adentros que por favor les hubieran sobrado uvas de todas las que habían repartido hacía un rato. Todavía no podía creerme que hubiera estado tan baja de reflejos como para no pedirlas antes. Era como si tu dolor me hubiese anestesiado el cerebro.

Regresé a tu cuarto con el tiempo justo para levantarte la cama y erguirte. Me miraste a los ojos y te dediqué una media sonrisa. Había conseguido algunas uvas. La enfermera me las había dado con un “anda queee” cariñoso. Empezaron los cuartos. Esperamos en silencio. Sonó la primera campanada y nos metimos la primera uva en la boca. Sonó la segunda y ya no alcancé a oír el resto. Estaba demasiado concentrada en deshacerme del nudo que tenía en la garganta.

Nos felicitamos el año nuevo. Nos abrazamos. Nos besamos. A falta de champán, me bebí mis lágrimas. No quería que las vieras. Se te veía feliz. ¿Por qué no iba a estarlo yo también? Me preguntaste cuántas me había comido. Creo que te mentí. Nos acabamos las que no sobraron mientras el 2002 se desperezaba. Y ésas fueron las últimas uvas que te comiste.

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¡Por un 2013 lleno de ilusión!

La diferencia entre ser pobre y pobre

Dormir con todos en la misma habitación nunca fue un problema para ella. De hecho, le gustaba acunar su miedo en los ronquidos de papá cuando las hienas cortejaban la luna en las noches de verano. Tampoco le importaba levantarse antes que el día para moler el mijo. O tener que ir a buscar agua al riachuelo.  Llevar a cuestas a su hermanito raras veces supuso una carga para ella.  Pensándolo bien, tampoco le importaba cuando la gata que vivía en su estómago le arañaba con sus uñas afiladas y no la dejaba concentrarse en la escuela.

Sin embargo, el día que su padre le anunció que la casaban. El día que su madre le explicó que la casaban con un hombre que le triplicaba la edad. El día que su hermana mayor le susurró al oído que la casaban con un hombre que le triplicaba la edad y que tenía otras tres mujeres. El día que los cuchicheos de los vecinos la zarandearon para decirle que la casaban con un hombre que le triplicaba la edad; con un hombre que tenía otras tres mujeres; con un hombre con sida. Ese mismo día, entendió lo que los mayores querían decir cuando hablaban de ser pobre, porque hasta el hambre se había comido las pocas fuerzas que le quedaban para poder llorar.

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PD. Con esta historia no pretendo estigmatizar a las personas que tienen sida. Por desgracia, tener sida en un país del norte global y tenerlo en un país del sur global no tiene nada que ver. Por eso te pido, a ti lector, que leas mi  historia en contexto, para que nadie pierda la perspectiva… ni se sienta ofendido.

Apuntes

Te llamé mil veces pero nunca estabas. Apenas te conocía y, aún así, accedí a dejarte mis apuntes de civil de todo el año. Me dijiste que podía fiarme de ti. Me juraste que me los devolverías. Tus pupilas nerviosas me acabaron de convencer. Estuve mucho tiempo enfadada. Contigo, por mentirosa. Conmigo, por imbécil.  Hasta que, un día, la casualidad quiso que una brisa de verano me soplara al oído que te habías suicidado.

La llorona

Como nunca me hizo bien llorar, le abrí una media sonrisa a una esquina de mi corazón para ir guardando las lágrimas que los besos nunca secarían. Con el galopar de los años, el llanto se me fue desbordando por las comisuras del alma, acariciando el dolor a su paso, igual que araña el rocío los pechos silvestres en las noches de invierno. Un día, a la hora de la verdad, se me encharcaron los pulmones y me morí de pena.

El matrimonio perfecto

Compartíamos el mismo cuarto pero dormíamos en camas separadas. Ella tenía su novio y yo mis amantes. No nos dábamos un beso de buenas noches. Tampoco disgustos.  Los lunes intercambiábamos un sueño roto por tres promesas olvidadas. No hacíamos la compra juntas ni teníamos los mismos amigos. Ella me escuchaba chirriar los dientes por la noche y yo levantarse a horas colombianas. No nos amábamos, pero nos queríamos. 

PD. Recuerda la invitación de Nergal el 19 de septiembre, ¡tod@s a hablar de nuestras vacaciones!

Te doy mis ojos

Sólo tengo ojos para ti, me dijo. Yo la miré incrédula. Ella, ofendida, se sacó un ojo con cada mano y, extendiendo los brazos, me los ofreció. Pero yo no te amo, le dije.

Peregrino sufí durante el Festival “Urs”
(c) The Guardian

Cincuenta palabras, una vida

Por el resquicio de la puerta escuchó a Doña Clotilde decir que el amor viene cuando uno menos se lo espera. Sintió que una daga al rojo vivo le atravesaba el corazón. Aterrorizada, se acunó en su mecedora, y allí se murió, despacio, mientras esperaba el amor hasta la saciedad.

(C) The Guardian

PD. Descaradamente, me he auto-invitado al reto de Marga: escribir un micro relato de 50 palabras. ¿Alguien más se anima? No hay fecha de caducidad (creo).

PD2. Aquí os dejo el enlace donde nuestra queridísima Mercedes recogió todos los micro-relatos que se habían escrito hasta entonces http://mercedesmolinero.wordpress.com/2012/08/26/50-palabras-solamente/.  Elevalunas llegó tarde para ser incluido en la antología, pero como tiene enchufe, también os incluyo el enlace  al suyo http://nosoloimpulsos.wordpress.com/2012/08/26/vicio-solitario-en-50-palabras/. Para vuestro deleite.

Yo sí puedo

Nunca antes había escuchado latir así su corazón. Temió que le fuera a dar un infarto. Respiró profundamente y contó hasta tres.

Uno.

Cerró los ojos.

Dos.

Tres.

Los volvió a abrir.

Con las manos temblorosas abrió el cajón de la coqueta. Las piernas le flaqueaban y una gota de sudor frío le quemó el pecho. Su corazón le imploró al cielo que no se la llevara. Todavía no.

Cogió todas las cartas, unidas con hilo de torzal, y las puso en su regazo. Los ojos se le encharcaron de lágrimas. Abrió la primera y sus dedos la leyeron despacio, en voz baja. Abrió la segunda. La tercera. La cuarta. Y en aquella tarde de un otoño cálido rompió el sello de todas y cada una de las cartas que, durante años, día tras día, había recibido.

Con ellas revivió el primer beso. Los te quiero. La propuesta de matrimonio. Los sin ti no puedo vivir. La guerra. El dolor de su ausencia. La esperanza de un reencuentro. El amor que todo lo podía. Sobre todo el amor.

Y lloró. Lloró de rabia. Lloró de frustración y de impotencia. Y con el alma seca también lloró de felicidad. Aquélla que da la satisfacción de haber sabido esperar, paciente, que los años le dieran la oportunidad de aprender a leer, para poder teñirse las últimas canas con las brasas de aquel amor que le dio la vida y que la misma vida le arrancó.

Día Internacional de la Alfabetización

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PD. Historia contada a mi manera pero descaradamente plagiada de http://criaturadeisla.wordpress.com/2012/06/28/historias/. Espero que no te importe, “criatura”. Historias como ésta merecen ser compartidas.

PD2. El Día de la Alfabetización es en realidad el 8 de septiembre, pero yo lo apunté mal en mi calendario y publiqué esta entrada un mes antes. Cosas que pasan 🙂

Hasta la fecha

Ella era la única persona a la que escribía por obligación. Supongo que lo hacía para evitar futuros calentamientos de cabeza durante mis apáticas visitas. Y para no alimentar envidias con la otra. Pero nunca por amor.

Un día me pidió que abriera un cajón para llevarle algo. Allí estaban todas las cartas que yo había mandado a lo largo de los años. Tristemente apiladas. E intactas. Le pregunté por qué nunca se había molestado en abrirlas. Me contestó que porque no sabía leer.

¿Por qué nunca antes lo había mencionado? ¿Por qué nunca pidió a nadie que se las leyera? ¿Por qué ni siquiera rompió el sobre para ver si contenía fotos o postales? ¿Para qué las guardaba? ¿Alguna vez se había preguntado, o habría preguntado, quién era el remitente?

Me di cuenta de que estaba ante una desconocida.

Nunca más volví a escribirle.

Años más tarde, cuando me cansé de dar besos y abrazos no correspondidos, también dejé de ir a verla.

Y hasta la fecha.

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Mi primera vez

IMG_5200Ocurrió en las fiestas de Las Rozas. Yo tenía quince años y mucho frío. Lo hicimos en el aseo, a la vista de todo el mundo. No nos conocíamos. Si nos habíamos visto antes, lo olvidé. No hubo atracción física ni palabras. Sólo un cruce de miradas hambrientas. Nuestros labios se sonrieron, cómplices, y mi cuerpo, seguro de sí mismo, le dijo que “adelante”. Yo lo estaba deseando. Ella, no podía aguantar más. Se acercó a mí con pasos pequeños pero ligeros. Se detuvo un instante y, sin dudarlo, eligió la rosa más bonita de todas las que llevaba para vender y, en agradecimiento, me la regaló. Nunca más la he vuelto a ver.

Y tu “primera vez”, ¿cómo fue?

Si hubiera sido un perro…

Si hubiera sido un perro me habría pasado toda la noche aullando. Si hubiera sido un perro no habría hecho falta preguntarles a los otros perros por qué aullábamos porque habría entendido los aullidos, los ecos de los aullidos y las respuestas a los aullidos. Si hubiera sido un perro, esta mañana los aullidos de los animales de dos patas no me habrían dejado dormir. Pero como no soy un perro, los augritos de mis vecinos me acorralaron durante el desayuno, me secuestraron la carne del pecho y me escalaron la espina dorsal, vértebra a vértebra, hasta perforarme la nuca como un estoque.

Los hay que creen que los “africanos” están tan acostumbrados a la muerte que la pérdida de un ser querido no les produce dolor. Es mentira.