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Ayer te vi

Ayer te vi.

Estabas sentado en el parque de al lado de la universidad viendo los niños jugar. La verdad es que no esperaba cruzarme contigo. Y menos allí. Mi primera reacción fue salir corriendo a darte un abrazo pero una mano invisible me agarró por la garganta justo cuando mis pies se preparaban para tomar carrerilla. En ese mismo instante miraste hacia donde yo estaba. ¿Era tu mano la que ahogaba? Nuestras miradas se cruzaron un instante. Lo que dura un parpadeo, no más. No me reconociste. O no me viste. O me ignoraste. Pero estoy segura de que eras tú.

En el corazón guardo aquella noche de diciembre cuando intentaste despedirte de mí en tu cuarto. Me cogiste fuerte la mano y casi sin aliento empezaste a decirme cuánto me querías. Yo no te dejé acabar. Me negaba a aceptar que ibas a marcharte. Supongo que por eso hoy no me saludaste. Aún estás resentido conmigo. Y con razón.

Me acerqué a ti. Para cerciorarme de que realmente eras tú (¡pero sólo podías ser tú!). Para hablar contigo. Y disculparme. A tu lado había una señora que no reconocí. Os hablabais sin miraros a la cara. Tú no sonreías. Por eso me pareció que a lo mejor no eras tú.

¿Sabías que me negué a volver a tu casa durante un año? Yo también estaba de alguna manera resentida contigo. Pero un día no tuve más remedio que ir. Contra mi voluntad. Con mis miedos metidos en el bolsillo trasero del pantalón . Abrí la puerta y tu ausencia me abofeteó la cara. Subí las escaleras despacio. Llorando. Inspeccioné cada rincón de la casa. Despacio. Llorando. Pero no me atreví a entrar a tu habitación. Todavía no.

Me senté a tu lado. Quería volver a sentirte cerca. Tú seguiste sin reconocerme. Me giré para verte. Para hablarte. Para decirte cuánto te he echado de menos. Para pedirte que vuelvas. La abuela ya no es la misma desde que tú te marchaste. Sufre de alzhéimer pero todavía te llora. Dice que a veces vienes a verla por la noche. Que duermes con ella. Y por la mañana se levanta como loca porque tú ya no estás. Nosotros no le hacemos mucho caso. “Son cosas de la edad”, nos decimos. “Es normal”, la excusamos, “toda una vida juntos y ahora tantos años sola”. ¡Pero ahora soy yo la que te ha visto! En otro cuerpo. Con otros ojos. En un lugar ajeno. Y sigo diciéndome que sólo podías ser tú. Aunque no fueras tú.

Ayer te vi.

Londres, 29 de agosto de 2009.

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