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Clichés Beirut 1990

Mi madre se piensa que trabajo en una trinchera y que todos los días me juego la vida. Es lo que les pasa a las madres que no entienden en qué demonios trabajan sus hijos y se montan películas en su cabeza para hacer su trabajo de madre todavía más difícil. Hay otras madres que no tienen ningún reparo en mandar no a uno, sino a dos, de sus hijos a la guerra. No seré yo la que ponga en duda la capacidad de ser madre de nadie. Bien podría haber sido una estratagema para deshacerse de su descendencia.

Cliches Beyrouth 1990

Personalmente, Bruno y Sylvain me parecieron bastante insoportables. Dos adolescentes malcriados que deciden, allá por los años 90, irse al Líbano, en plena guerra civil, para ayudar. Me recordaron a alguien a quien oí decir una vez que siempre había soñado ir a África para erradicar la pobreza del mundo. Hay gente que debería estar condenada de por vida a quedarse en su salón comiendo palomitas y viendo El rey león. Serían mucho más útiles a la humanidad.

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Los dos hermanos, no sólo tienen el consentimiento paterno para ofrecer sus, sin duda invaluables, servicios en un país en guerra, sino que también disfrutan del beneplácito de la tía que trabaja con la Cruz Roja libanesa. Para que luego hablen de familias disfuncionales. Y lo peor de todo es que, casi quince años más tarde, deciden escribir una novela gráfica y jactarse de su aventura. Y te cuentan cómo no llamaron a sus padres durante toda su estancia en el Líbano, cómo se aventuraron en zonas de conflicto, cómo celebraban los obuses que les pasaban por encima y cómo no entendían que nadie aceptara sus servicios. Como si la guerra fuera un juego y ellos dos héroes inmortales que están por encima de los horrores que ésta conlleva.

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Las únicas viñetas que disfruté fueron las del principio del tercer capítulo en las que un sacerdote les pone los puntos sobre las íes. Traduzco parte del diálogo:

– ¡Aquí tenemos a los dos franceses que vienen al Líbano para ayudar! ¿Qué sabéis hacer? ¿De qué favor vuestra misericordia nos dará limosna?

– ¿Y por qué no decir más bien que habéis venido aquí para pagaros un escalofrío barato?

– Claro que sí, habéis venido para poder haceros los valientes cuando volváis a casa. ¡Para poder decir que habéis visto la guerra! ¿No?

[…]

– ¡Venga, marchaos! Aquí hay gente que consagra toda su vida a los demás durante todo el año y sin pensar en ellos mismos. No tenemos tiempo para perder con vosotros.

– Nos molestáis. No nos hacéis ningún favor. ¡Volved a Francia! ¡Aquí no tenéis nada que hacer!

Y alguno, como yo durante una milésima de segundo, pensará que esta conversación les abrió los ojos. Pero no. Se marchan con un “¿pero quién es este facha?” Y cierran la novela gráfica (casi cien páginas más adelante) con la despedida de la tía que les asegura que con sólo su presencia ya han hecho bastante. Que su visita ha ayudado a mucha gente a darse cuenta que el mundo exterior no olvida al Líbano. Ellos se marchan con la sensación de haber sido útiles. Y, orgullosos, escriben su aventura una vez adultos para darle de comer a su ego. Su tía, que les debe querer mucho, les cierra la novela con una carta que bien podría servir de recomendación al premio Nobel de la Paz.

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Una verdadera lástima que no haya más Sylvaines y Brunos en el mundo.

De verdad que sí.

PD. Gracias Javier por haber pensado en mí para el Premio Liebster. Lo acepto con mucho gusto pero por desgracia no podré seguir la cadena. Este trabajo no me deja tiempo para los placeres terrenales (ni de ninguna otra clase, la verdad).

Yo quería hablaros de la playa, no de muertos

Hoy quería hablaros de playas, pero los muertos me persiguen. Quería hablaros del color de las olas y las risas de los bañistas, pero los gritos de dolor son más fuertes.  Quería hablaros de los que se echan vaselina para broncearse, no de familias rotas.

En poco más de una semana casi 100 personas han perdido la vida en el Líbano. Primero la semana pasada, en un atentado al sur de Beirut, en zona controlada por Hezbolá (chiítas), y ayer viernes en Trípoli, dos bombas explotaron con menos de dos minutos de diferencia cerca de dos mezquitas sunitas. Entre una y otras, 4 cohetes fueron lanzados desde el sur del Líbano a Israel, que respondía al día siguiente bombardeando un edificio palestino. Las medidas de seguridad se han acentuado, incluyendo la multiplicación de puntos de seguridad que hace muy pesado desplazarse a ciertas zonas.

Ayer el barrio de Hamra (uno de los sitios de copas de Beirut) estaba desalmado. La gente tiene miedo. Las heridas de las distintas guerras y conflictos están aún por cicatrizar. Quince años de guerra civil (1975-1990); los 16 días de 2006 que duró el pulso entre Hezbolá e Israel durante la operación “uvas de la ira”, unos lanzando cohetes y otros bombardeando; el conflicto en 2007 de Nahr al-Bared, campo de refugiados palestinos, donde se libró la batalla entre la armada libanesa y el grupo Fatah al-Islam (sunitas). Más los atentados que han ido carcomiendo la esperanza de muchos, como el asesinato de Rafik Hariri (primer ministro del país) en el 2005.

Beirut

La opinión internacional está ocupada con el uso de armas químicas en Siria (cuya veracidad ha sido confirmada hace un rato por MSF), que se disputa los titulares con las protestas a favor de los Hermanos Musulmanes en Egipto. Mientras tanto, analistas libaneses hablan de guerra civil. Dicen que lo que pasó ayer en Trípoli les recuerda el principio de aquellos años negros. Ojalá se equivoquen.

Para una extranjera como yo, es fácil mantenerse al margen de la polarización social que caracteriza a este país, los elementos desestabilizadores e intereses financiados por oportunistas extranjeros (Irán, Qatar, Arabia Saudí, Israel), o la política que apenas entiendo. Sólo tengo que dejar de leer y hacer preguntas (de hecho, hay mucha información que no me llega por no hablar árabe). Son muchos los que han elegido esta opción. “Hace tiempo que dejé de ver la tele”, me decía una compañera de trabajo, “estoy cansada de oír siempre lo mismo”. “Lo que tenga que pasar, pasará”, me decía otra amiga libanesa, “yo no puedo hacer nada por evitarlo.”

Me resulta difícil mantenerme al margen de lo que aquí está pasando, aunque no entienda ni papa de política, y mucho menos de religión. Así que mientras intento deshacer esta madeja, seguiré yendo los domingos a la playa, aunque no tenga ocasión para contároslo. Pero no te preocupes, mamá, que tendré cuidado ahí fuera.

La casa de los horrores III (y última)

***ADVERTENCIA***
Esta entrada contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad del lector

La iglesia de Nyamata ofrece al visitante unos bancos enterrados en la ropa de los tutsis que allí murieron. Montañas y montañas de ropa donde antes se sentaron feligreses a escuchar aquellos que los denunciaron a los secuaces de la muerte. Una escalera en el medio de la iglesia conduce a una sala de colores fríos donde una vitrina de cristal expone un ataúd, varios huesos y algunas calaveras.

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El verdadero espanto reside en los jardines de la iglesia, ahora sembrados de fosas comunes. Dos de ellas están abiertas al público. Unas escaleras te invitan a bajar a lo desconocido. Conteniendo la respiración, me aventuré despacio hacia aquel agujero en perfecto orden. Me sentí claustrofóbica, atrapada en un pasillo estrecho y rodeada de cientos de huesos y calaveras, tan cerca de mi cuerpo, que parecían quererme tocar.

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Pensé que nunca había estado tan cerca del esperpento. Aquel día, sin embargo, aún ignoraba que en la Escuela Técnica de Murambi lo conocería en carne y hueso. Cuerpos exhumados y conservados con cal se retuercen de pánico en un escorzo perpetuo. Expresiones de dolor, dedos encogidos, brazos y piernas en posición de defensa, gritos truncados, han sido congelados en el momento preciso en que la muerte los sorprendió; envueltos en un olor putrefacto que te zarandea al entrar en la primera sala, cuando el sentido del olfato todavía anda con la guardia baja, como si el horror sólo pudiera ser visual.

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La imagen de todos aquellos cadáveres, hombres y mujeres, adultos y niños, aún me persigue. A veces veo instantáneas de expresiones y posiciones cuando corro las cortinas, o abro el frigorífico, o apago la luz. No dejo de preguntarme si es indispensable montar este escenario macabro para no olvidar ni negar. Si esos cuerpos todavía por identificar no se merecen el respeto al anonimato que la fosa común de la que fueron desenterrados les ofrecía. Me pregunto qué código moral se está infringiendo con esta muestra de barbarie. ¿O acaso no se está vulnerando ninguno? Me da vergüenza admitírmelo a mí misma, pero creo que a mí fue el morbo quien me llevó de la mano hasta Murambi. Y no debería haber sido así.

La casa de los horrores II

La única vez que he visto a alguien morir fue hace más de diez años. El tenía cáncer y se ahogó con su propia flema. No sé qué me impresionó más, si verle cambiar de color y dejar de respirar, o el gesto del médico a la enfermera para que lo dejara ahogarse. Acabando así con su sufrimiento. Todavía recuerdo aquel olor fétido que me abofeteó la cara al entrar al hospital. Olor que se iba haciendo cada vez más insoportable conforme me acercaba a la habitación del moribundo. Durante mucho tiempo me estuve preguntando si era así como olía la muerte. Salí al pasillo a llorar, y fue su mujer la que vino a consolarme, con la voz dulce y el semblante tranquilo.

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La noche anterior de visitar el Memorial de Murambi me sentía un poco aprehensiva. Quería entender las razones que me impulsaban a visitarlo; aún sabiendo lo que me iba a encontrar allí. O quizás porque sabía lo que iba a encontrarme. ¿Era curiosidad? ¿Morbo? ¿Un poco de ambos? Unas semanas antes había visitado los Memoriales de Ntarama y Nyamata, que muestran diferentes caras del horror, y me habían dejado un mal sabor de boca. ¿Por qué ir más allá y subir un nivel en la escala de la barbarie?

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Durante el genocidio, las víctimas de las persecuciones acudieron a las iglesias en busca de refugio, sólo para descubrir que los miembros del clero colaboraban con la Interahamwe*. Como consecuencia de esta falta de solidaridad, muchas de las más horrendas masacres se llevaron a cabo en sitios sagrados de todo el territorio del país  La iglesia de Ntarama exhibe en unas estanterías de madera los huesos y calaveras de algunas de las víctimas que allí murieron. Varios ataúdes que contienen los cuerpos de familias enteras por falta de espacio (y dinero), contribuyen al ambiente sombrío que allí se respira. Las ropas que llevaban las víctimas visten paredes y techo.

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El aire denso donde se pasea el horror de una historia reciente te corta la respiración. Es imposible no fruncir el ceño cuando el guía te lleva hasta la habitación donde murieron los niños. Una inmensa mancha roja en la pared denuncia el sitio donde la cabeza de los más pequeños era golpeada hasta que el llanto se tornaba silencio. La imaginación, presa del terror, se dispara; y son necesarios varios minutos de reflexión antes de continuar el camino.

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* Organización paramilitar Hutu que llevó a cabo las masacres durante el genocidio en 1994

Memoria histórica: ¿deber u obligación?

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia.”
José Saramago

Memorial NtaramaA partir de hoy, comienza en Ruanda una semana de duelo en conmemoración por las víctimas que perdieron la vida en el genocidio que tuvo lugar en el país en 1994, tras cuatro años de guerra civil. Durante este semana, se cierran los comercios y oficinas a partir de las 14h (muchos muzungus seguiremos trabajando a puerta cerrada)  y, entre otras cosas, no se puede poner la música muy alta, por respeto. Charlas, debates y otras actividades tendrán lugar a lo largo de todo el mes el abril, creando un espacio para la memoria y la reflexión comunes.

Es un mes difícil para la comunidad, donde de alguna manera se hurga en una herida todavía reciente. En un país donde la salud mental está muy debilitada, son muchos los que sufren recaídas, no sólo durante el mes de conmemoración, sino también durante las semanas que la siguen y la preceden. Flashbacks, angustia, insomnio, depresión, ira.

Memorial Ntarama

La conmemoración del genocidio contra los tutsis (como el actual gobierno lo denomina oficialmente, olvidando a los hutus moderados que en él murieron) es parte de un proceso de reconciliación a la vez muy criticado y muy alabado tanto por la comunidad internacional como por los propios ruandeses.

Por un lado, se alaba el esfuerzo del gobierno por acabar con los grupos mal llamados étnicos, los hutus, tutsis y twas, que pasaron de ser grupos socio-económicos a ser grupos étnicos como consecuencia de la falta de comprensión de los colonizadores belgas, que además privilegiaron a la mayoría hutu en sus políticas discriminatorias. Hoy día todos estos grupos han sido unificados bajo un mismo nombre: ruandeses.

Memorial Ntarama

Por otro lado, se critica que la reconciliación ha sido impuesta a la comunidad. Se dice que los procesos de justicia popular, Gacaca, donde fueron juzgados aquellos que tomaron parte activa durante el genocidio, estaban amañados y constituyeron un lavado de cara. Unos y otros fueron obligados a pedir perdón y a aceptarlo, creando con rabia contenida una farsa en la que víctimas y verdugos parecen vivir en perfecta harmonía. Yo repito lo que me cuentan, lo cual no deja de ser una parte de una realidad (o no) para mí desconocida, cuando pregunto si los muzungus somos bienvenidos en las actividades conmemorativas, y me dicen que no vaya, que es un montaje del gobierno al que la población está obligada a ir. Quiera o no quiera.

Escribiendo estas líneas me doy cuenta de lo poco que sé sobre la historia de mi propio país y del proceso de reconciliación que hubo en España tras la dictadura, donde se firmó un pacto de silencio en nombre de la democracia. Me pregunto si este pacto tiene algo que ver con que, llegado el momento de explicar la guerra civil y la dictadura españolas, el profesor nunca tenía tiempo de dar todo el temario y se los saltaba para enlazar directamente con la democracia.

Memorial NyamataEpisodios históricos diferentes en contextos dispares y, por tanto, lejos de ser equivalentes, me invitan a reflexionar sobre qué opciones existen para reconstruir países en los que el tejido social ha sido total o parcialmente destruido. Sobre todo cuando las generaciones que vivieron en tiempos de guerra o de genocidio, siguen vivas.

PD. Las fotos que acompañan este texto pertenecen a los memoriales de Nyamata y Ntarama, de los que puede que os hable en otra ocasión.

La casa de los horrores

Mi primera visita a Auschwitz me dejó emocionalmente noqueada durante al menos una semana. Aunque, pensándolo bien, no fue Auschwitz, sino Birkenau (también conocido como Auschwitz II) lo que realmente me desestabilizó. Me impresionó mucho ver los hornos, las montañas de zapatos y otros objetos personales de las víctimas. Sin embargo, asomarme a las cuadras (aquello no podían ser habitaciones) donde dormían los presos, hacinados, y entrar en la misma sala donde los metían engañados para gasearlos, me produjo un efecto aterrador. Levantar la vista y ver los agujeros que me observaban discretos, agujeros que casi podían pasar desapercibidos si no se sabía que estaban allí, me produjo vértigo.

Volvería al año siguiente, para acompañar a mi pareja de por aquel entonces, a quien ni Auschwitz ni Birkenau le parecieron tan horribles como yo me había empeñado en describir. Yo volví a encontrar ambos campos de concentración espeluznantes, aunque la segunda vez el bajón no me duró más que unas horas porque iba preparada mentalmente. Después de esta experiencia, me sentía un poco aprensiva ante la idea de visitar el Centro para la Memoria del Genocidio en Kigali. No había duda de que quería ir a verlo, pero tenía miedo de cómo mi cuerpo y mi mente iban a reaccionar. Al final decidí que lo mejor era quitármelo de encima cuanto antes.

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Para mi sorpresa, visitar este centro no sería tan traumático como lo fueron Auschwitz y Birkenau en su día. Replicando un museo, la visita transcurre a través tres salas semicirculares a media luz que cuentan el antes, el durante y el después del genocidio. Las tres salas convergen en otra sala circular donde pueden verse varias esculturas de madera y muy estilizadas que exaltan la vida entre hutus y tutsis antes de la barbarie. A lo largo del recorrido pueden verse fotos de las masacres y vídeos de supervivientes que testimonian los horrores que se vivieron durante aquellos cien días de infierno. También hay historias de hutus moderados que se jugaron la vida para salvar las de sus vecinos tutsis.

Sula Karuhimbi

 

Sula Karuhimbi, viuda de 62 años en el momento de los hechos y curandera tradicional de Gitarama, escondió y protegió a 17 tutsis en su propia casa y les dio de comer de su cosecha. Sula hizo uso de su reputación de estar poseída por los malos espíritus para asustar a la milicia interhamwe y conseguir que se alejaran de su casa. “Les dije: si queréis morir, entrad en mi casa para que os traguen los malos espíritus”.

 

Al final hay una sala donde pueden verse las fotos de algunas de las víctimas. Sin embargo, a diferencia de Auschwitz (mi única referencia en este tema), donde se muestran fotos de prisioneros completamente demacrados, el Centro para la Memoria del Genocidio muestra fotos de familia, fotos pertenecientes a un pasado en el que las víctimas estaban lejos de imaginarse de qué forma morirían. Fotos llenas de esperanza. Una esperanza truncada.

La parte de arriba del centro contiene una sala donde se muestran fotos de niños (jugando, sonriendo, posando) que murieron durante el genocidio, las que se supone que fueron sus últimas palabras, lo que llevaban puesto y la forma en que murieron. Una sala adyacente cuenta la historia de otros genocidios del siglo XX a través de paneles informativos. La visita termina en los jardines que dan vida al centro, jardines llenos de símbolos, y se sale por las fosas comunes, donde hay más de 250.000 cuerpos enterrados. Yo tuve que leer varias veces la cifra para asegurarme de que no me había equivocado. Doscientos cincuenta mil. Doscientos cincuenta mil. Doscientos cincuenta mil.

A pesar de que digerí todo aquello con el ceño fruncido y la mano en la boca, aquella visita, para mi sorpresa, me transmitió una mezcla de horror y sosiego. Me da vergüenza admitirlo, pero salí con el corazón sereno. El hecho de que el gobierno ruandés cuente sólo una parte de la historia, la que se empeña en inculcar a las generaciones futuras, tampoco me produjo enojo. Como era de esperar, en ningún momento se menciona que al actual presidente del gobierno, Paul Kagame, se le acusa de haber dado la orden que derribó el avión en el que viajaba Habariyama, presidente del país en 1994, accidente que acabó con su vida y la del resto de tripulantes; hecho que, según el acuerdo general, desencadenó el genocidio. Quien cuestiona la versión oficial de los hechos hoy día se arriesga a ser acusado de revisionismo, con lo que las voces discordantes que existen suelen pronunciarse desde el exilio.

La visita no me dejó indiferente. Y las poderosas palabras que Stephen D. Smith, Director de Aegis Trust, pronunció en el 2004, palabras que pueden leerse en uno de los paneles, siguen retumbando en mi cabeza:

Superviviente del genocidio

“Si tienes que acordarte de algo, acuérdate de esto… Los nazis no mataron seis millones de judíos… Igual que las  Interahamwe[1] tampoco mataron un millón de tutsis. Mataron uno, y después otro, y después otro, y después otro… El genocidio no es un acto criminal aislado, son millones de actos criminales.”

[1] Milicias paramilitares de hutus que llevaron a cabo las matanzas

La apuesta

La acarició a la velocidad de la gota de lluvia que se aferra al cristal de la ventana. Rozó sus pechos, los únicos que se atrevían a desafiarle en ese momento, y sus pezones se pusieron en guardia. Bajó hasta el ombligo, dejándolo a medio dibujar.

Ella cerró los ojos un segundo y escuchó las pisadas del miedo. Un escalofrió se paseó desde la frente hasta su vientre. La mujer de los ojos esquivos no supo si el soldado le clavó primero la mirada o el machete. Sólo que despacio, muy despacio, su vientre se abrió como las alas de la mariposa que, asustada, se dispone a emprender el vuelo.

A lo lejos, antes de precipitarse al vacío, pudo escuchar las risas de los dos soldados y una voz que, triunfante, declaraba:

– Yo gano. Era una niña.

Fotos cortesía de la web

Fotos cortesía de la web

Ruanda: escribir por el deber de la memoria

… Cuanto más se estiraban las distancias / más me acercaba yo
a esta tierra natal
Desde aquel día de abril de 1994
En el que el sol se eclipsó detrás de las colinas sin previo aviso
Arrojando a los míos sin corazón al caer la noche
La tierra de mis sueños
se convirtió en tierra que me duele nombrar.
He soñado con una tierra
donde la cima de los bananeros se enorgullecen ante el sol
He soñado con una tierra
Donde la barba rubia del maíz fascina al amante que duda
He soñado con una tierra
donde por fin la palabra explota como un volcán
Largo tiempo adormecido…

« …Plus les distances s’étiraient / plus je me rapprochais
de cette terre natale
Depuis ce jour d’avril 1994
Où le soleil s’est éclipsé derrière les collines sans crier gare
Jetant les miens au tranchant de la nuit sans coeur
La terre de mes rêves
Est devenue terre que je peine à nommer.
J’ai rêvé d’une terre
Où les crêtes de bananiers s’enorgueilliront au soleil
J’ai rêvé d’une terre
Où la barbe blonde du maïs magnétisera l’amante qui doute
J’ai rêvé d’une terre
Où la parole enfin explosera comme un volcan
Longtemps endormi… »

Poema de Nocky Djenamoun. Originario de Chad, es director del Festival de Literatura Africana Fest’Africa, de Lille (Francia).   Este poema pertenece a un proyecto iniciado en 1998 llamado “Ruanda: escribir por el deber de la memoria” (« Rwanda : écrire par devoir de mémoire » Nyamirambo, ed. Le Figuier ), en el que diez escritores africanos de ocho nacionalidades diferentes fueron invitados a pasar una temporada en Ruanda para luego escribir sobre el genocidio, con la idea de preservar su memoria.

Aviso: traducción casera de La puerta entornada.


					

Al gato y al ratón

Los ratones colorados avisaron a los ratones verdes de que habían visto un ejército de gatos daltónicos de camino al poblado. Venían armados hasta los bigotes y con cara de pocos amigos.

Los ratones verdes y los ratones colorados corrieron a buscar amparo bajo el mismo techo. Las ratonas abrazaban a sus ratoncitos mientras rogaban al dios de los ratones blancos que los gatos daltónicos respetaran suelo sagrado.

Pero a los gatos daltónicos les habían contado que en la guerra todo vale. Así que entraron en la morada del Señor y ordenaron a los ratones colorados  que dieran un paso al frente.

Los ratones verdes y los ratones colorados se miraron unos a otros. Atemorizados. Los años de convivencia pacífica les mostraron hermanos, tíos y vecinos. No colores.

Como ningún ratón se movió de su sitio, los gatos daltónicos no tuvieron más remedio que matar a todos y cada uno los ratones, verdes y colorados, para poder así cumplir la misión que les había sido encomendada.

Iglesia de Goundi, Chad

Iglesia de Goundi, Chad

La escuela de la guerra

l'ecole de la guerreA veces se me olvida que el publicar un libro (o dos, o mil) no convierte a nadie en escritor. De hecho, el que un libro tenga la suerte de ser publicado no significa que merezca la pena ser leído. “La escuela de la guerra” es un libro insulso. Desalmado. Alexandre Najjar consigue narrarnos su infancia durante la guerra civil del Líbano, de 1975 a 1989, sin que nos estremezcamos. Las anécdotas que comparte dejan al lector indiferente. Al terminar el libro, uno sigue preguntándose qué es lo que la guerra le enseñó; porque, lo que está claro, es que, a escribir, no. Y me encantaría echarle la culpa a la traducción; pero no puedo, porque lo he leído en versión original.

 

Sosan Firooz, primera rapera afgana

De por sí, la vida en Afganistán no es nada fácil. Si además, se es mujer, la cosa se complica. Y si encima tienes el valor de desafiar el yugo de la tradición abiertamente, lo mejor que te puede pasar es que tu familia reniegue de ti. Lo peor, que te maten. De momento, Sosan Firooz, primera rapera afgana, ha llegado a la fase de las amenazas de muerte. A la madre ya le han avisado de que como su hija no deje de cantar, le van a cortar la cabeza.

A sus 23 años no tiene ningún reparo en denunciar la represión de la mujer en su país o compartirrabab sus deseos de esperanza por un Afganistán libre y pacífico. En su primer single cuenta la miseria que vivió de niña en el vecino Irán, donde su familia buscó refugio durante la guerra civil afgana de principios de los noventa, y la represión del régimen talibán que tomó el poder en 1996. Su música es una mezcla entre rap y hip-hop, y está inspirada en el instrumento musical afgano llamado rabab. Canta en dari, una de las dos lenguas oficiales de su país, junto con el pashtú.

Sosan nunca ganará un Grammy, pero ya tiene el respeto y admiración de muchos por haberse atrevido a romper la tradición de una sociedad conservadora que la obliga a no salir de casa sin llevar un burka. En el vídeo de Youtube aparece con vestimenta rapera, cadenas y pulseras e incluso sin cubrirse la cabeza. La violencia contra las mujeres está muy extendida en Afganistán, sobre todo en zonas rurales, donde todavía se practica la lapidación y se llevan a cabo ejecuciones públicas. Las mujeres tienen prohibido el acceso a la educación.

A pesar de que los talibanes también prohibieron la música a su llegada al poder, independientemente de que se lleve a cabo por hombres o mujeres, existen algunos cantantes afganos, como DJ Besho, de 27 años, cuyos discos se pueden encontrar en el mercado de Kabul. La polémica canción de Sosan fue compuesta por el conocido (o eso dicen) cantante y compositor afgano Fared Rastagar, que regresó de su exilio alemán recientemente y ahora tiene un estudio de música en Afganistán.

El padre de Sosan es todo un ejemplo a seguir. Ha sacrificado su carrera, dimitiendo de su trabajo como jefe de algún departamento gubernamental, para hacer de guardaespaldas de su hija. Dice que se ha convertido en su secretaria, contestando a las llamadas de su hija, y que tiene el deber de protegerla.

El riesgo que corren (ella y su familia) es real. Muchas cantantes afganas han dejado de cantar por miedo a las amenazas provenientes de los talibanes. Pero Sosan Firooz no se rinde, y sigue actuando ante un público masculino vestida con ropas occidentales y denunciando las injusticias que se viven en su país.

“La gente tiene que empezar a rebelarse – dice Sosan, y el resto tiene el deber de unirse”.

Escucha mis historias y escucha
Escucha mis penas, mi tristeza
Escuchar la historia de mi desplazamiento y la falta de vivienda
Estábamos perdidos, estábamos perdidos, perdidos en el mundo
La guerra me expulsó de mi patria
Estábamos congelados, nos vistieron con ataúdes

Empieza la expatriación, empiezan las dificultades
La etapa de la miseria, la etapa de la desgracia
Las balas nos ducharos, nuestra granja se quemó por completo, nuestros árboles se secaron
Llorosos, cruzamos la frontera
Como pájaro sin alas, sin alas
Alas, alas, alas, alas…
Estábamos perdidos, estábamos perdidos, perdidos en el mundo

En un país de extraños abusaron de nuestro hijo
Nuestros seres educados se convirtieron en trabajadores de la calle
Nos comimos nuestro propio cuerpo cuando estábamos muertos de hambre
Nos bebimos nuestras propias lágrimas cuando teníamos sed
Pensamos  que ir a Europa nos traería alegría
Podríamos encontrar un trabajo, podríamos acabar con el sufrimiento
Pero nos quedamos atrapados en los campos de refugiados

Donde se extinguió nuestra piel
Sueño con besar el polvo de mi patria
Éramos los reyes y reinas de nuestra tierra
Pero aquí, somos camareros y lavaplatos
”No lo sé, no lo sé, oh Dios mío, oh Dios mío”

Nos hemos olvidado de nuestra propia lengua
También éramos seres humanos, pero ¿por qué abusados?
Nos corrimos en todas las dirección como objetos sin valor
En el país de nuestro vecino nos llamaron “sucio afgano”
En la cola de la panadería, nos dejan para el final
¿Qué logramos en Irán y Pakistán?
La mitad se convirtieron en adictos, la otra mitad se convirtieron en terroristas

Pero, pero ahora tenemos esperanza
Unidos a partir de ahora
No más niños maltratados, no más maltrato a la mujer
Basta ya de guardar silencio
Estábamos perdidos, estábamos perdidos, perdidos en el mundo
No más Europa, Irán o Pakistán
De ahora en adelante, será Afganistán

Ver la noticia aquí:
http://wap.elpais.com/index.php?module=elp_gen&page=elp_gen_noticia&idNoticia=20121204elpnepgte_7.Tes&secc=gen
http://www.cbsnews.com/8301-18563_162-57556637/afghan-woman-challenges-convention-through-rap/

Tío Nashaat

Cuando un fantasma te persigue tienes dos opciones: meterte debajo de las sábanas y cerrar los ojos, o salir a su encuentro y plantarle cara. Aseel se encuentra un día con el suyo particular: las circunstancias que envolvieron la muerte de su tío Nashaat, mártir por la causa palestina, en el año 1982, cuando él tenía 5 años de edad. En un viaje hacia sí mismo, Aseel emprende el camino hacia la verdad, que toma diferentes formas dependiendo de las bocas que la modelan. Al final del documental, el tío Nashaat se convierte en un mártir por partida triple, porque su condición de mártir no es puesta en duda en ningún momento.

Sin embargo, a mí lo que me más llamó la atención desde el principio fue la figura del padre de Aseel, que opina que es mejor morir asesinado que de leucemia (hasta la muerte tiene categorías). El documental se cierra con más preguntas que respuestas. ¿Cuál era la relación del padre de Aseel con el tío Nashaat, su hermano? Nos cuenta que tenían una relación muy estrecha y que su padre lo consideraba “el único” (“the one”), pero nos dejan con la miel en los labios. ¿Hasta qué punto estaba involucrado su padre con la lucha anti-israelí de su hermano? ¿Por qué ese cambio brusco de personalidad después de la muerte de su hermano? ¿Por qué, 20 años después de su muerte, todavía se niega a admitir que Nasaat se fue para no volver? ¿Por qué cuando Aseel investiga sobre la muerte de su tío Nasaat, el nombre de su padre aparece en muchas conversaciones? ¿Por qué desaparece (emocionalmente hablando) de la vida de su hijo Aseel, con sólo 5 años, a raíz de la muerte de su hermano? ¿Estaba quizás transfiriendo sentimientos de hermano a hijo? Varias veces se menciona que Aseel se parece mucho a su tío. ¿Por qué su padre decide rencarnarse en él mismo, para convertirse en otro padre, tras el accidente de coche de Aseel? ¿El miedo le arañó las entrañas al ver que casi pierde también a Assel? ¿Se dio quizás cuenta de que ya lo había perdido y que no quería perderlo otra vez? ¿Hay un motivo, aparte de la avaricia, por el que sus propios hermanos le han robado sus tierras?

La enorme sala de cine, con diez asientos ocupados, se me antojó una metáfora de lo que acababa de ver. Me quedé con el sabor de los asientos vacíos, uno por cada pregunta insinuada al aire. Me dio la impresión de que Assel perdió una oportunidad única para explorar la relación con su padre. Para decirle adiós de una vez a todos sus fantasmas. O quizás no. Quizás hace tiempo que los fantasmas se marcharon y esa conversación sí tuvo lugar; pero esta vez le dijo la verdad a su padre y la cámara estaba realmente acabada.

Uncle Nashaat
2011
Dirigida por Aseel Mansour, director palestino-jordano nacido en Bagdad en 1977. Se trasladó a Amán en 1991.  En el 2004 ganó en Jordania el premio al Mejor Director del Año por su película “Alert Guns”. En el 2006 obtuvo el Premio Mención Especial de Cine Árabe por su cortometraje “Little Feet”.

Si la puerta de mi casa hablara…

… os invitaría a entrar.

Me encontré con este libro por casualidad, en una estantería olvidada de nuestra oficina del Líbano. Es una iniciativa de la ONG Premier Urgence. Recoge 12 textos poéticos escritos por niños palestinos del campo de refugiados Ain El Helwé, al sur del país. Lo escribieron durante talleres de escritura, supongo que organizados con motivo de arte-terapias.

Todos los textos me dieron un pellizco al corazón pero, con éste, el pellizco fue más intenso:

“Mi padre tomó esta foto a finales de julio de 2006 después del último ataque israelí.
Esta es la foto de la casa donde yo vivía con mi familia.
Esta es la foto de la casa donde yo jugaba con mis amigos.
Esta es la foto de la casa donde viví durante mi infancia.
En esta casa están mi habitación, mis cosas, mis juguetes y mis fotos.
En esta casa estaban mi habitación, mis cosas, mis juguetes y mis fotos.”

Esta es la foto que acompañaba el texto:

Hace un rato los medios de comunicación estimaban que habían muerto 225 niños palestinos en los ataques israelíes a Gaza de los últimos días, sumados a otros centenares que pierden la vida en otros puntos del planeta.

Con esta entrada sólo quiero recordar a los millones de niños en todo el mundo cuyas vidas se han visto truncadas por culpa de la guerra. A los que han muerto. A los que han sido heridos y/o sufren una minusvalía como consecuencia. A los que se han quedado sin hogar. A los que se han quedado huérfanos o han sido separados de sus familias. A los que siguen traumatizados. A los que han sido violados. O enrolados en el ejército. A los que no pueden ir a la escuela. A los que tienen pesadillas. A los que han perdido la sonrisa.

Día Internacional de la Infancia

– Papá, ¿cómo pueden soldados que se matan unos a otros resolver los problemas del mundo?


– Creo que los mayores actúan como si supieran lo que hacen.

Una vida menos

Jean-Pierre Filiu no es un cualquiera. Diplomático retirado, ejerce de catedrático en la Universidad de Ciencias Sociales de París (una de las más prestigiosas en su campo, para el que todavía tenga dudas). Está especializado en el mundo islámico contemporáneo, concretamente en movimientos yihadistas y Al-Qaeda. Para mí, un experto en el mundo islámico que no habla árabe pierde automáticamente un trozo de credibilidad, proporcional a todo lo que se pierde en la  traducción de documentos y en la ausencia de ella. No es el caso de Jean-Pierre Filiu, que imparte sus clases en francés, inglés y árabe. Fue uno de los primeros autores en publicar sobre la primavera árabe (La Révolution arabe: Dix leçons sur le soulèvement démocratique, 2011), hace unos meses salió a la venta su Historia de Gaza (Histoire de Gaza, 2012) y recientemente ha sido objeto de polémica por escribir la letra de la canción Una vida menos (Une vie de moins) del grupo francés Zebda.

A Zebda los conocí en Toulouse, de donde son originarios, durante mi primer año en el extranjero como estudiante Erasmus. Por aquel entonces, su canción Tomber la chemise nos la suministraban todos los bares, fiestas y emisoras de radio por vía intravenosa. Te gustara o no. Con el estímulo necesario, hacia el final de la canción más de un borracho (sospechosamente siempre los mismos) se movía de una forma divertida completamente topless, supongo que con la intención de añadirle un punto de pimienta a la coreografía. Te gustaran las vistas o no. Antes de marcharme del país, un amigo tolosano me regaló el álbum que contenía esa canción, la única que yo escucharía de vez en cuando, durante aquellos ratos en los que la nostalgia por la ciudad rosa me pillaba con la guardia baja.

No he seguido la evolución de este grupo, pero siempre que me cruzo con ellos una media sonrisa me viene a los labios, dibujada por el recuerdo de un año duro y gratificante a partes iguales. Hoy la sonrisa me la perfila el contenido político de su último single, que habla de la vida en Gaza vista por un chico nacido y crecido allí,  cuyo territorio sufre el bloqueo israelí desde 2007. Los judíos se han echado las manos a la cabeza, alegando que esta canción va contra el pueblo judío. Es una lástima que ellos mismos se dejen secuestrar por las políticas israelíes, y no tengan el suficiente espíritu crítico (o puede que sí) como para darse cuenta de que Israel sólo tiene de judío el nombre.

¿O la invasión del Líbano del ejército israelí en 1982, la represión por la fuerza de las intifadas o el ataque contra el Líbano en 2006 están en línea con los valores del judaísmo? ¿Defiende Israel el valor superior de la vida humana cuando utiliza la tortura a gran escala? ¿Realmente todos los judíos del mundo, o los que viven en Israel, quieren identificarse con un estado cruel y sanguinario como Israel? Quiero pensar que no. Por eso me parece una pena que hoy día los mismos judíos se sumen al error (¿intencionado?) de equiparar las denuncias contra las políticas del estado israelí con el anti-semitismo.

Gaza es uno de los muchos conflictos a nivel mundial que no reciben la merecida cobertura mediática. Por lo tanto, cualquier intento por recordarnos la terrible situación en la que vive el pueblo palestino es bienvenido. Este es mi mensaje: no dejemos que Gaza caiga en el olvido.

Escuchad la canción y difundidla.

Una vida menos (une vie de moins), Zebda (subtitulada en español)

El pan de cada día

Tenía el alma en carne viva de dormir todas las noches encogida. Completamente anquilosada, abrió los ojos despacio. Dolorosamente despacio. Si se demoraba mucho más, se quedaría sin nada que llevarse a la boca. Hacía semanas que ya no se encontraba harina en el mercado y la cola que se formaba era cada vez más larga. A veces daba dos vueltas al vecindario. A veces, incluso más.

Vivía en un barrio tranquilo a pesar de que, en días nublados, podía respirarse el eco de las cenizas que las bombas levantaban a su paso. Caminaba sonámbula, fingiendo no sentir miedo, espantando los buenos recuerdos a manotazos. El ánimo le pesaba como si fuera de plomo y la esperanza le hacía daño en los oídos.

Llegó a la panadería con la media luna besándole la nuca. Se puso al final de la cola. Niños, ancianos, madres, padres, hermanos esperaban en silencio con el corazón gacho, acunados por la mujer del hijab verde que apretaba a su hija contra el pecho mientras le tarareaba una nana. Algunos se intercambiaban miradas por medias sonrisas.

De repente un trueno anunció la tormenta. Cientos de ojos se elevaron al cielo. El amanecer les escupió en la cara. Aquella mañana, el rocío tenía un regusto a metal. Una explosión de piernas pataleó en busca de cobijo. Los relámpagos se confundían con el grito desesperado de los hambrientos. Era una lluvia con dientes y uñas. Una lluvia con saña. Una lluvia caníbal.

Tres minutos más tarde, ella yacía en el suelo. El cuerpo anestesiado. La mirada fija en aullidos teñidos de rojo. Una lágrima se le clavó en la mejilla. Quiso secársela, pero no pudo. El granizo le había arrancado los brazos de cuajo. Con el último suspiro que le quedaba, dejó caer la cabeza a un lado y chilló hasta perder el conocimiento.

¿Quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón,
tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

No será tan fácil, ya sé qué pasa,
no será tan simple como pensaba,
como abrir el pecho y sacar el alma,
una cuchillada del amor.

Luna de los pobres siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón,
como un documento inalterable
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio,
y te daré todo, y me darás algo,
algo que me alivie un poco más.

Cuando no haya nadie cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y hablo de países y de esperanzas,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo de cambiar ésta, nuestra casa,
de cambiarla por cambiar, nomás.

¿Quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón.

El Ejército gubernamental sirio bombardea panaderías en la provincia de Alepo
http://www.heraldo.es/noticias/internacional/2012/08/31/hrw_acusa_ejercito_sirio
_muerte_decenas_civiles_alepo_202185_306.html
http://www.hrw.org/news/2012/08/30/syria-government-attacking-bread-lines

Se equivocó la paloma

Hoy es el Día Internacional de la Paz. Quería haber escrito algo para conmemorarlo pero no tenía muy claro el qué. Cerré los ojos y miré a mi alrededor para inspirarme. En Arabia Saudí tuve miedo de que me dilapidaran por creer en la religión bonoba. Le eché un vistazo a Iraq, donde decenas de personas pierden la vida cada mes en atentados suicidas. Decidí saltarme Siria, en plena guerra civil, y me asomé directamente al Líbano. Alguien me contó que desde hace unas semanas los secuestros se han puesto de moda así que salí de allí pitando. Mis ojos cruzaron la frontera y se plantaron en Israel. Una lluvia de cohetes dirigidos al pueblo palestino me caló los huesos. Fui a secarme a Egipto, pero me encontré con el ambiente revuelto tras la publicación del vídeo blasfemo sobre el profeta Mahoma, cuya autoría se atribuye a un egipcio copto.

Abrí los ojos y volví a Amán, decepcionada. Al sentarme en mi sillón me di cuenta que había sido una imprudente porque hoy tenía instrucciones de no salir de casa, por si acaso se montaba después de la visita a la mezquita, gracias a que la revista satírica francesa Charlie Hebdo decidiera remover la mierda y publicar unas viñetas del profeta Mahoma como Alá le trajo al mundo. Suspiré y le di la razón a Alberti: definitivamente, se equivocó la paloma.

Se equivocó la paloma

Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.

Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.

Creyó que el mar era el cielo;
que la noche, la mañana.
Se equivocaba.

Que las estrellas, rocío;
que la calor; la nevada.
Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.

(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.)

Rafael Alberti “Entre el clavel y la espada” (1941)

Aquí os dejo la versión sonora de Sergio Endrigo que, personalmente, prefiero a la de Serrat, y no sólo porque me guste cómo suena el italiano cantado.

Yo sí puedo

Nunca antes había escuchado latir así su corazón. Temió que le fuera a dar un infarto. Respiró profundamente y contó hasta tres.

Uno.

Cerró los ojos.

Dos.

Tres.

Los volvió a abrir.

Con las manos temblorosas abrió el cajón de la coqueta. Las piernas le flaqueaban y una gota de sudor frío le quemó el pecho. Su corazón le imploró al cielo que no se la llevara. Todavía no.

Cogió todas las cartas, unidas con hilo de torzal, y las puso en su regazo. Los ojos se le encharcaron de lágrimas. Abrió la primera y sus dedos la leyeron despacio, en voz baja. Abrió la segunda. La tercera. La cuarta. Y en aquella tarde de un otoño cálido rompió el sello de todas y cada una de las cartas que, durante años, día tras día, había recibido.

Con ellas revivió el primer beso. Los te quiero. La propuesta de matrimonio. Los sin ti no puedo vivir. La guerra. El dolor de su ausencia. La esperanza de un reencuentro. El amor que todo lo podía. Sobre todo el amor.

Y lloró. Lloró de rabia. Lloró de frustración y de impotencia. Y con el alma seca también lloró de felicidad. Aquélla que da la satisfacción de haber sabido esperar, paciente, que los años le dieran la oportunidad de aprender a leer, para poder teñirse las últimas canas con las brasas de aquel amor que le dio la vida y que la misma vida le arrancó.

Día Internacional de la Alfabetización

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PD. Historia contada a mi manera pero descaradamente plagiada de http://criaturadeisla.wordpress.com/2012/06/28/historias/. Espero que no te importe, “criatura”. Historias como ésta merecen ser compartidas.

PD2. El Día de la Alfabetización es en realidad el 8 de septiembre, pero yo lo apunté mal en mi calendario y publiqué esta entrada un mes antes. Cosas que pasan 🙂

Impunidad: ¿Qué clase de guerra hay en Colombia?

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Tuve la oportunidad de ver este documental en Londres, durante el 15o Festival de Cine de Human Rights Watchhace algo más de un año. Alguien con quien yo compartía cama en aquella época iba a acompañarme, pero nuestra relación andaba en crisis por aquel entonces, que era el entonces del principio, y en el último momento se echó atrás. Yo sabía que no aparecería. Esta temática le interesaba cero y la riña era la excusa perfecta para no venir. Le regalé su entrada a una desconocida, mi venganza ridícula y personal ante sus miedos de que le dejara por una mujer, y pasé a la sala. Los asientos no estaban numerados, con lo que de todas formas no hubiera tenido una butaca vacía a mi lado; aunque me hubiera gustado, para qué engañarnos. Lo de compartir el reposabrazos no se me da muy bien.

Se apagaron las luces y en la pantalla apareció la violencia de las palabras que se ahogan en lágrimas al recordar una historia macabra. Impunidad nos muestIMPUNIDAD declaracionra la farsa del proceso de paz iniciado en Colombia en el 2005 tras la promulgación de la Ley de Justicia y Paz, irónicamente promovida durante el gobierno de Uribe para lavarse la cara frente a la comunidad internacional. Esta ley permite que los miembros de grupos armados ilegales que previamente se habían acogido al proceso de desmovilización (entrega de armas para su reinserción en la sociedad), sean juzgados y condenados.

La London School of Economics (LSE) tuvo la desvergüenza de invitar al ex presidente colombiano en el 2011 para hablar de “los tres pilares del reciente progreso en Colombia”, legitimando a un presidente con las manos manchadas de sangre en un país con una democracia de papel, donde el mismo Uribe aplicó la “ley del terror” durante los años de su mandato. No es la primera vez que LSE legitima a un ponente de dudosa reputación (como ocurrió con el Ministro suplente de Asuntos Exteriores de Israel, que fue invitado para hablar de la situación en Oriente Medio).

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Uribe asegura en esta ponencia que el éxito de su presidencia se basa en la seguridad, la cohesión social y la confianza en los inversores. Yo no sabía si reírme o llorar mientras escuchaba su voz grabada. El documental os ayudará a entender mi indignación. ¿Seguridad para quién? Os preguntareis después de verlo. No para los sindicalistas. Ni para la población indígena. Ni para periodistas. Y mucho menos para jueces y abogados. Miles de ellos asesinados no sólo por los paramilitares sino también por las fuerzas del estado. ¿Cohesión social? No para millones de campesinos desplazados de sus tierras por la fuerza. ¿Confianza en los inversores? Por supuesto. Confianza en todas las multinacionales carentes de código ético cuyos intereses económicos cuentan con la complicidad del estado para desplazar sin pudor a campesinos de sus tierras y robarles los recursos naturales que en ellas se encuentran. Confianza en los narcotraficantes que tienen aterrorizada a la población.

Al final de la proyección hubo una sesión de preguntas y respuestas con los directores del documental. La sala estaba llena de colombianos que, en general, no preguntaban sino que atacaban a los directores (que habían filmado este documenjj-580x333tal bajo amenazas de muerte) por todo lo que Impunidad no había mostrado, en concreto cómo las grandes corporaciones están metidas hasta el cuello en el conflicto armado. Lo allí proyectado se quedaba corto y no hacía justicia a la situación en Colombia, les reprochaban. Había rabia en sus palabras. Y agresividad. Muchos incluso lloraron durante su intervención. No me extrañaría que la mayoría estuviera en Londres a causa del conflicto, como emigrantes económicos, refugiados o incluso demandantes de asilo.

El conflicto de Colombia es muy complejo por lo que abarcar todos sus elementos en un documental sería muy ambicioso. La cadena Al Jazeera mostró parte de este documental (a simple vista parece que le falta una media hora) en su programa Witness,que ahora se puede ver en su página web (en español subtitulado en inglés). No dejéis de verlo (haced click en la foto de abajo) si os interesa el tema y de contarme qué os pareció. Yo me alegré finalmente de haber ido sola a la proyección, porque este documental me dejó emocionalmente noqueada.

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PD. Parece ser que ya no se puede ver este documental en la página de Al-Jazeera así que he enlazado la imagen a Youtube, donde se puede ver enterito. Dicen que no hay mal que por bien no venga…

Hasta que la muerte nos vuelva a juntar

Dicen que la magia tiene truco, pero yo no acabo de creérmelo. Cuando llegué a la Royal Film Commission y entré, sin esperármelo, en aquel anfiteatro al aire libre, con unas Untitled-11magníficas vistas al casco viejo de Amán, y con la Ciudadela brillando al fondo, supe que aquella magia era real.

Encontré un sitio privilegiado para ver la película Habibi, parte del Festival de cine Franco-árabe que se celebra todos los años en la capital. Ya había oscurecido y una brisa fresca nos acariciaba el pelo, haciéndonos olvidar el calor que habíamos pasado unas horas antes. Mis ojos se debatían entre las imágenes de la película, los subtítulos a toda velocidad y el telón de fondo. En un momento, durante la proyección, pude divisar, a lo lejos, unos fuegos artificiales mudos. La magia existe. Yo la sentí en mi piel aquella noche de verano.

Habibi es el primer largometraje que se ha rodado en su totalidad en Gaza eimagesn los últimos 15 años. Cuenta la historia del amor imposible entre dos palestinos, cuya tradición les impide estar juntos en su propia tierra.

Lo interesante de esta película no es sólo lo que cuenta sino lo que muestra: la realidad cotidiana de los palestinos que viven en Gaza. La ocupación israelí. Las balas perdidas. El muro de la vergüenza. La represión. El abuso. La desesperanza. El embargo. El rechazo a los americanos. La falta de movilidad incluso en territorio palestino (entre Gaza y Cisjordania). El peso de las normas sociales que se añade al yugo israelí. La discriminación. La resistencia. El fundamentalismo. La traición. La diferencia de género. Hamas. El pic_16sinsentido de la vida. Los sueños rotos.

Qays no tiene derecho a amar a Layla porque no es lo suficientemente bueno para ella. Como le dice al padre cuando va a pedirle la mano de su hija: ¿No tenemos bastante con la ocupación? ¿Tenemos los palestinos que hacernos la existencia aún más difícil? Pero el padre lo echa furioso a la calle. No quiere que un refugiado se case con su hija. Qays no se rinde. Se niega a perder la esperanza de tener un futuro. Todavía no. Y lucha con lo único que le queda: la poesía.

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“La poesía es un arma cargada de futuro”, – decía nuestro Celaya.

El día que cambió mi vida

Mírame a los ojos.

Hawkar 2

Sharmin 2

Hikmat 2

Ahora, déjame que te cuente mi historia.

Cuando tenía diez años me fui de picnic con unos amigos, cerca del pueblo. Un amigo y yo nos alejamos un poco del resto para buscar “rewas”, una verdura comestible con sabor amargo. La hierba estaba tan alta que no dejaba ver el suelo. De repente, pisé una mina y explotó. Perdí el conocimiento y sólo lo recuperé una vez en el hospital. Como consecuencia, me amputaron una pierna. Mi amigo perdió un ojo.

Hawkar 1

Era mayo del 2011 y el sol brillaba como nunca. Mi familia y yo nos fuimos de paseo a Arane, una zona conocida por sus minas antipersonas. Nos habían dicho que donde íbamos no había pero yo pisé una, que explotó. Perdí el pie derecho. Lloré durante un mes sin consuelo,hasta que me di cuenta que otra gente había salido peor parada que yo.

Sharmin 1

Después de graduarme encontré un trabajo con una ONG como desactivador de minas. Ocho años más tarde, de buena mañana, una mina explotó mientras estaba de servicio. Perdí las dos piernas. Sólo entonces me di cuenta de lo difícil que es desplazarse cuando se tiene una minusvalía. Ahora, entre otras cosas, soy activista por los derechos de las personas con discapacidades. Me acuerdo exclusivamente de la mía cuando veo una escalera o tengo cita con el médico de la tercera planta.

Hikmat 1

Después de la guerra, nos mudamos a un edificio abandonado que había sido usado por los militares. Mi madre encendió una hoguera enfrente de nuestra nueva casa para quemar la basura. Mis primos y yo la ayudábamos a tirar cosas al fuego, entre ellas, un explosivo. El edificio estaba contaminado. My prima y yo sufrimos heridas en la cabeza y en la cara. Mi primo, en el estómago. A pesar de las múltiples operaciones recibidas, yo todavía no puedo cerrar uno de los ojos.

El norte de Iraq está plagado de minas antipersonas. Son el legado que dejaron las guerras entre Iraq e Irán y entre Iraq y Kurdistán. La mayoría de las minas no están demarcadas, con lo que la gente no sabe dónde se encuentran. Muchas están escondidas en tierras de labranza que no se cultivan por miedo a las consecuencias. Algunos corren el riesgo y pagan caro la osadía.

Este es mi modesto homenaje a todas las víctimas y supervivientes de esta tragedia.

Día Internacional para la Sensibilización contra las Minas Antipersonal 2012.

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Amin 1

Saleh 2

PD. Todas las fotos e historias (aunque contadas a mi manera) son propiedad de la ONG irakí Bustan