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Luna, lunera…

Estaba cansada, pero aun así me había obligado a ir. Tenía pendiente “Bowling for Columbine” de Michael Moore desde que se estrenó. Además, las vistas del cine al aire libre de la Royal Film Commission no tienen desperdicio.

El documental no acababa de engancharme así que dejé que los fuegos artificiales cosquillearan mis pupilas. Acaricié las ruinas iluminadas de la Ciudadela con mis ridículas pestañas y justo cuando iba a darle otra oportunidad a la pantalla, la vi. Enorme. Besando el horizonte. Vestida de rojo tímido.

Google dice que existe una explicación científica al respecto. Yo no lo pongo en duda, aunque prefiero pensar que la luna se había puesto roja de vergüenza, por culpa de tanto guiño de desconocid@s. Si no sabéis de lo que hablo, preguntadle a Alterfines.

¿Alguien más la vio? 

Fotografía cortesía de Arturo Macias (www.artzphoto.es)

PD. Siempre se me olvida invitaros al reto de Nergal. El 19 de septiembre hay que publicar una entrada sobre nuestras vacaciones, y luego dejáis el enlace a vuestra entrada aquí.

No a la censura

Manifestación digital en defensa de la libertad de internet y la libertad de expresión, opinión y prensa en Jordania

El pasado miércoles 22 de agosto se hizo pública la noticia de que el gobierno de Jordania había aprobado un proyecto de ley para modificar la Ley de Prensa y Publicaciones antes de final de año. Esta ley también incluye la prensa y publicaciones por internet, con lo que restringirá la libertad cibernética y afectará negativamente los derechos digitales de los ciudadanos jordanos (y los que aquí nos encontramos, añado yo).

El proyecto de ley fue debatido en el parlamente el pasado domingo, 25 de agosto, durante una sesión extraordinaria. Mañana jueves, 30 de agosto, tendrá lugar la segunda ronda de discusiones, motivo por el cual la comunidad digital ha organizado un “apagón electrónico” para hoy miércoles (de ahí que hoy se puedan ver al entrar en algunas páginas de internet un mensaje en árabe y en inglés que dice algo así como: “puede que no tengas acceso a todo el contenido de este sitio debido a las modificaciones hechas a la Ley de Prensa y Publicaciones y a la censura digital del gobierno”).

Si el proyecto de ley sigue adelante, su impacto se hará notar en Jordania de la siguiente manera:

  • Censura: la ley permite al jefe de prensa y publicaciones de bloquear en el país cualquier página de internet internacional que sea considerada contraria a esta ley. Esto significa que las páginas no jordanas también pueden ser bloqueadas si se interpreta que violan esta ley y no se podrá tener acceso a ellas desde Jordania.
  • Libertad de expresión limitada: la ley también se reserva el derecho de censurar comentarios, lo que significa que éstos serán monitoreados. Se hará responsables a los dueños de las páginas de internet (incluidos blogs) de los comentarios publicados en su dominio, obligándoles a convertirse en censores. También se les (nos) obligará a archivar todos los comentarios por un mínimo de seis meses.
  • Ambigüedad: la ley sólo habla de medios de comunicación digitales (“online media“), lo cual puede incluir potencialmente redes sociales, fotos y vídeos subidos en plataformas digitales, blogs y cualquier otra página de la red.
  • Restrictiva: esta ley no sólo limita las páginas de internet sino que también restringe la libertad de expresión; obliga a todas las páginas de internet a registrarse y ser miembro de la asociación de prensa, nombrar un jefe editor y pagar una cuota. Huelga decir que esta ley da carta blanca para denunciar cualquier página de la red.

Texto traducido de http://learn.7oryanet.com/
Twitter: #BlackoutJo

 “La censura es indulgente con los cuervos,
pero no da cuartel a las palomas”.
Decimus Junius Juvenalis

En el fondo del mar (Aqaba)

IMG_7271– Si en Jordania hubiera más mujeres como vosotras, se acabaría la guerra en Siria.

Cretino, pensé. Bueno, en realidad lo que pensé fue “fucking idiot”. Mi compañera sonrió educadamente.

– Si os doy 20 JOD* – siguió con esa voz que sólo los imbéciles saben poner – ¿compraréis bocadillos y los repartiréis entre los refugiados? – hizo ademán de sacar su cartera.

– Me parece que las cosas no funcionan así – le contestó mi compañera con su dulce voz y sonrisa de caramelo. Yo le hubiera mandado a la mierda, que es donde los imbéciles como él deberían estar. Pero es que yo tengo menos clase.

– La guerra es una cosa horrible – insistió con voz teatral. – ¡Ojalá que Assad quite pronto el poder!

– Ojalá que se muera pronto – dije yo. Me salió sin pensar. AIMG_7323veces me pasa, digo cosas sin filtrarlas primero mentalmente. No sé de dónde vienen. Sólo que salen por mi boca como un eructo. Irremediablemente. Y con brutalidad.

– ¡Oh, no! ¡No digas eso! – dijo el cretino.

– ¿Por qué no? – le pregunté muy seria. Había que mantener el tipo hasta el final. – En lo que a mí respecta, en Siria hay una guerra y en las guerras, por desgracia, muere gente. Hubo una época en que los muertos eran soldados. Las guerras de hoy día, sin embargo, se ceban con los civiles. Si decenas de miles de civiles están muriendo por culpa de Assad, ¿por qué no él? Al fin y al cabo, se le puede considerar un soldado.

Me quedé con las ganas de decirle que se metiera sus 20 JOD por donde amargan los pepinos. En Jordania cruzan la frontera una media de 1.000 refugiados diarios. ¿A cuántos refugiados pretendía alimentar con sus míseros 20 JOD?

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Conseguí escandalizar a mi compañera durante un buen rato y que el cretino no volviera a dirigirme la palabra en lo que quedaba de día (¡ay, qué pena más grande!). Y a mí dolió pagarle una fortuna por un tour timo a los corales de Aqaba. El muy sinvergüenza nos montó en un barco donde tardamos una hora en llegar a la misma playa en la que habíamos estado el día anterior, a diez minutos en coche. No sólo era un imbécil sino que además nos trataba como sus semejantes. No hay cosa que más me joda. Que me timen. Es una cuestión de orgullo, aunque no tenga ninguno.

Veo, veo
¿Qué ves?
Una cosita

Desde que me saqué el título de submarinista hace algo más de diez años en Sídney, para ir a la Gran Barrera de Coral, no he viajado mucho por las profundidades del mar; por lo que no tengo mucha experiencia en lo que a vida marina se refiere. En las contadas ocasiones en que he vencido mis miedos y me he aventurado en el fondo del mar, he visto corales de mil colores, rayas, tortugas, pezqueñines, pezquegrandes (incluidos tiburones de arrecife, que no muerden, pero que a mí me siguen infundiendo respeto), la familia de Nemo, Sebastián, “concordias”, latas de coca-cola, zapatos, paquetes de tabaco, bolsas de plástico… Lo típico.

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¿Y qué cosita es?
Empieza por la “t”
¿Qué será? ¿Qué será? ¿Qué será?
¡Tanque!

Sí, con esa misma cara me quedé yo cuando lo vi. Parece ser que se les perdió a los rusos, pero no pude averiguar en qué ocasión. Si alguno de vosotros se encuentra por casualidad con el ruso que lo perdió, sed buenos, y decidle dónde está (en Aqaba, en las playas del sur, camino de Arabia Saudí). Lo reconoceréis porque estará cantando amargamente:

¿Dónde está mi tanque, matarile, rile, rile?
¿Dónde está mi tanque matarile, rilerón?

Y vosotros, que sois muy list@s, conoceréis de inmediato su lenguaje secreto y responderéis:

En el fondo del mar, matarile, rile, rile.
En el fondo del mar, matarile, rile, rilerón.
¡Chin pon!

tank-aqaba

* La cosa está mu malita, así que, a día de hoy 1 JOD equivale a 1 Euro aproximadamente.

Wadi Rum: un laberinto de colores

Los beduinos son una sociedad patriarcal de corte tradicional. La mujer se encarga de IMG_6450las tareas domésticas, incluido ir a buscar agua, hacer pan y tejer. El hombre, de proveer y defender su hogar. Hasta aquí, no muy diferentes de otras sociedades conservadoras occidentales.

Os mencionaba en otra entrada su código de honor que, curiosamente, es más complicado de lo que parece. Por lo visto, los hombres también corren el peligro de ser castigados por manchar el honor de una mujer. Daros una vuelta por esta noticiaen la que un beduino casi pierde la lengua por piropear a una mujer de otra tribu.

Moradores del desierto (bedu significa “nómada”), la necesidad les obliga a tener un código de supervivencia del desierto, de ahí su hospitalidad. Todo viajero es tratado como huésped al que se le ofrece lo mejor de la comida disponible, así como té y café sin medida. La lógica no es muy complicada: hoy eres tú el que pasas por mi casa pero mañana puedo ser yo el que pasa por la tuya. Gracias a esta hospitalidad mutua ha sido posible durante años atravesar el desierto con la esperanza de no perecer.

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Esta práctica se aplica igualmente con los turistas. La opción de explorar Wadi Rumde manera independiente no existe, con lo que es obligatorio contratar un tour. En camello, a pie, a caballo o 4×4 depende de ti, pero siempre acompañado de un guía. En cada parada del tour hay una tienda de campaña con un beduino que te ofrece té y café “gratis”. Entrecomillo gratis porque supongo que el precio ya viene incluido en el tour, y porque mientras bebes ves pasar delante de ti los diferentes productos que tienen expuestos en una mesa, con la esperanza de ser vendidos.

En la ceremonia del café tradicional beduinahay que beber tres tazas de café: una por el alma, otra por la espada, y otra porque eres su invitado. Esta ceremonia, sin embargo, no se respetó en ninguna de las tiendas donde hicimos las diferentes paradas. Supongo que para ahorrar costes. También porque éramos turistas, no huéspedes en el sentido estricto de la palabra (¿y qué sabemos los turistas de las costumbres y tradiciones beduinas?).

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En la ceremonia del café en Etiopíatambién hay que beber tres tazas (algo que se siguió a rajatabla en todas aquéllas a las que yo fui invitada). Aunque pregunté muchas veces, no conseguí averiguar el significado de cada una de ellas. Me pregunto si ambas ceremonias están relacionadas entre sí. En la etíope, además, se sirven palomitas de maíz con el café. Yo, que a preguntona no me gana nadie, pregunté en varias ocasiones la razón. Obtuve muchas respuestas diferentes pero las que me parecieron más creíbles fueron dos. La primera, para tener al invitado entretenido mientras preparas el café. La segunda, para que el café no te siente mal en el estómago.

Viajar al desierto es siempre fascinante. Mi única referencia era el desierto australiano, sin duda lo mejor de todo lo que visité en Australia. Las guías nos venden el monte Uluru, sagrado para los aborígenes, que cambia de color con la luz del día y se viste de negro en un día de lluvia. Sin embargo, el paisaje marciano de Las Olgas es mucho más sobrecogedor. De aquel viaje recuerdo la tierra roja y un cielo cosido de estrellas. Incluso se podía ver la vía láctea. Aquella noche me quedé dormida con los ojos acribillados por estrellas fugaces.

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“Los paisajes, en los sueños de infancia, tienen esta amplitud y este silencio.”
Lawrence de Arabia.

Yo no recuerdo haber tenido este tipo de sueños en mi infancia, debe ser porque nací casi un siglo después que él, y los tiempos habían cambiado mucho para entonces. Sin embargo, a mí lo que me llamó la atención del desierto de Wadi Rum fue su carácter rocoso: lleno de colinas que, vistas en un mapa, parecen formar un laberinto; y su tinte polícromo: el rojo de las dunas, el azul del cielo, el amarillo de la tierra, el verde de la escasa vegetación, el marrón-rojizo de la piedra. No me siento capaz de describirlo con palabras, así que aquí os dejo algunas imágenes.

1. Los Siete Pilares de la Sabiduría, precipicio bautizado así tras la famosa novela de Lawrence de Arabia del mismo nombre. Este desierto ha pasado a ser una leyenda gracias a este coronel británico, que vivió entre sus montañas con el ejército de la revuelta árabe en septiembre y octubre de 1917.

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2. Los Pozos de Lawrence, que albergan un abrevadero de agua no potable. Hay que caminar montaña arriba durante 20 minutos para poder verlos. Los manantiales de agua donde Lawrence se lavaba se encuentran más al sur, en Wadi al-Shallaleh.

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En este punto nos encontramos con una manada de camellos que pertenecían al padre de nuestro guía beduino así que nos invitó a probar la leche de camella. Bien sabrosa.

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3. Primera duna de arena roja cuya cima te regala una de tantas vistas sobrecogedoras del desierto. En esta foto se puede apreciar nuestro jeep y dos más (como veis, ese día el desierto no estaba muy concurrido) así como la tienda de campaña beduina donde nos invitarían a nuestro primer café / té del día.

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4. El cañón de Khazali, vestido a diestro y siniestro de dibujos rupestres (animales y huellas de pies) y grafitis nabateos y de la antigua tribu árabe de los tamudeos.

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5. El arco de roca natural Burdah, a 80 metros del suelo, al que se puede subir sin mayor dificultad en dos minutos (bajar, ¡es otra historia!).

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6. La segunda duna roja,que subimos descalzas al final del día.

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7. El campamento, ¡para nosotras solas!

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8. El atardecer. Por desgracia no se aprecia bien en las fotos pero cada punto cardinal nos regalaba diferentes colores y matices.

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9. De vuelta a casa, después de una noche sin estrellas pero muda. Las huellas en la arena al día siguiente denunciarían la visita a hurtadillas de diferentes animales. Esta foto está tomada llegando al pueblo de Rum.

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Y vosotros, ¿habéis estado alguna vez en un desierto? Si sí, ¿qué es lo que más os impactó? Si no, ¿a cuál os gustaría ir?

Ramadán: el noveno mes del calendario musulmán

De repente, apagaron la música y pusieron la tele. Todos los comensales del restaurante se volvieron para mirarla. “Van a anunciar Ramadán”, me aclararon mis compañeros de IMG_5671mesa. Unos minutos más tarde, empezaron los aplausos. “Empieza mañana”, me dijeron con algo de nerviosismo en la voz. Todos esperaban que comenzara el sábado, en vez del viernes, que es día de descanso y no hay muchas distracciones.

Mis compañeros de trabajo se habían pasado las últimas semanas hablando de Ramadán, ocasiones que yo aprovechaba para acribillarles a preguntas. Yo no acaba de entender bien por qué andaban tan alborotados, aunque este mismo alboroto mostraba la importancia de esta época del año para ellos. Tras muchas preguntas por fin comprendí que este año Ramadán cae en pleno verano, lo que significa más horas de luz y temperaturas de hasta más de cuarenta grados en los días más calurosos. El ayuno este año será particularmente duro.

A mí se me pasó por la cabeza hacer ayuno durante una semana para ver qué se sentía, pero cuando me dijeron que había que desayunar antes de la llamada a la oración de las 4.30 de la mañana, y que hasta las 7.45 de la tarde no podría ni comer ni beber, cambié de opinión. Me acordé de aquel fatídico día, cuando yo era una enana y todavía iba a las monjas. Todos los años el colegio organizaba un día simbólico en el que recordábamos a la gente que pasaba (y pasa) hambre en el mundo. Ese día comíamos una patata cocida y un huevo duro en solidaridad. A mí se me cayeron al suelo y se me llenaron de tierra. La vergüenza me hizo no decírselo a las profesoras, igual por miedo a represalias, con lo que me quedé sin comer.
De lo que he aprendido sobre Ramadán hasta ahora, esto es lo que más me gusta:

  1. El concepto, pensar durante un mes en los que no tienen qué comer y solidarizarse con ellos. Deberíamos tenerlos presentes todo el año, estamos de acuerdo, pero por lo menos un mes es un periodo más largo que el de las fiestas navideñas. Las obras de caridad se multiplican durante este mes. Yo tengo un compañero que todos los años, junto con amigos, prepara comida para repartirla entre los refugiados palestinos. Este año también están los sirios. Yo ya IMG_5523le he dicho que me avise, que me apunto.
  2. El ambiente festivo de por la tarde. La primera semana está dedicada a la familia. En las siguientes, se incluyen a los amigos. Los restaurantes se visten con sus mejores galas, ofreciendo música en directo donde antes no la había. La Ciudadela se abre al público por la noche para dar cabida a romerías nocturnas. Las calles están a rebosar de gente (no en mi barrio, probablemente uno de los más aburridos de Amán), familias con niños que corretean a horas que ofenderían al mismísimo Casimiro.
  3. Las carreteras solitarias durante el día. Un descanso para mis oídos. Lástima que por la noche el ruido de los coches, la música a tope y los pitidos indiscriminados sigan sin dejarme dormir bien.
  4. Las series de television ad-hoc, para mantener a la gente entretenida. Como las películas bíblicas en Navidad. El Líbano y Siria se encargan normalmente de producirlas. ¿Habrá este año series nuevas o repetiran las de años pasados?
  5. Eid al-Fitr, o Banquete de Caridad, que abarca los tres primeros días del décimo mes del calendario islámico y en los que se celebra el fin del ayuno. Tres días de fiesta en los que no se trabaja y en los que espero hacer encaje de bolillos para poder irme de vacaciones nueve días (Insh’Allah).
  6. Eid al-Adha, o Celebración del Sacrificio, festividad que tiene lugar el décimo día del duodécimo mes del calendario musulmán. Cinco maravillosos días de fiesta que todos esperamos caigan en días laborables para volver a poder irme de vacaciones. Si no, espero que mi jefe me vuelva a dejar hacer encaje de bolillos.

Y esto es lo que no me gusta tanto:

  1. El impacto que el ayuno tiene en la salud, tanto física como mental, de los que ayunan. Hoy, después del primer fin de semana de ayuno, ya se empezaban a notar los malos humos de algunos compañeros, los ojos rojos de no dormir y los movimientos lentos del cuerpo que pesa como si fuera de otr@. PIMG_5519arece ser que la primera semana es la más difícil… y que después de un mes de ayuno, se tiende a engordar.
  2. Los musulmanes de países pobres que, aun no teniendo qué comer, respetan el ayuno, como pasaba en Chad. Gente que come una vez al día, cuando hay suerte; gente debilitada por la pobreza, castigada por el calor, tan devota como los musulmanes más afortunados. La gente que tiene poco, debería estar excusada, como los niños, las personas mayores, los enfermos y las embarazadas.
  3. Tener que comer enfrente del ordenador porque no quiero que mis compañeros de trabajo me pillen comiendo en la cocina. No hay nada más cruel que un “lo verás pero no lo catarás” en casos de abstinencia. Hay que ser respetuos@.
  4. Las tiendas cerradas hasta entrada la tarde y la falta de taxis para desplazarse durante el día.

¡Ramadan Kareem!

Las siete maravillas de la séptima maravilla del mundo

Siete son las maravillas del mundo antiguo, y siete las del moderno. Para no perder la harmonía, siete son las maravillas que he elegido para compartir con vosotros lo mejor de Petra.

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La primera maravilla: el desfiladero, antigua entrada principal a la ciudad perdida, que se queda contigo a cada paso, despistándote con sus paredes de hasta 80 metros, haciéndote creer que a la vuelta de cada esquina se encuentra el Tesoro. Más de un kilometro de suspense, que consiguen acelerar el corazón de cualquiera.

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La segunda maravilla: ver la emoción en la cara de quien cumple un sueño por primera vez.Las mandíbulas apretadas, los ojos al baño maría, los labios paralizados por la emoción, y el corazón a puntico de desmayarse ante la aparición del Tesoro entre las rocas. Ese momento, el momento de descubrir Petra por primera vez, el momento de hacer un sueño realidad, es indescriptible.

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La tercera maravilla: el Tesoro (al-Khazneh)que, en realidad, fue la tumba de un importante rey nabateo, aunque las habladurías de los beduinos hicieran creer lo contrario. Aún pueden verse en la fachada los disparos de aquéllos que querían hacerse con un tesoro inexistente. La belleza de esta construcción es realmente embriagadora. Un@ podría pasarse horas admirándola, viendo cómo se viste de diferentes colores a lo largo del día.

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La cuarta maravilla: el Monasterio (Ad-Deir). Novecientos escalones tallados en la roca te conducen a la segunda atracción más famosa de Petra. Gigantesco, arquitectónicamente menos elaborado que el Tesoro, pero igual de imponente. No se me ocurre un premio mejor que recuperar el aliento ante tal belleza tras una subida asfixiante entre montañas.

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La quinta maravilla: las vistas de la ciudad desde lo alto de la montaña donde se encuentra el lugar para el sacrificio. Otra subida agotadora que te premia con unas vistas de vértigo. Eso sí, tienes que aventurarte más allá de la plataforma del sacrificio (donde no se hacían sacrificios humanos, siento decepcionarte). Camina unos metros, y tendrás a tus pies el anfiteatro, las tumbas reales, la calle de las columnas y las montañas que esconden el monasterio .

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La sexta maravilla: perderse. Subir, subir, subir, buscando la Tumba de Florentino y llegar hasta el punto desde donde se puede admirar el Tesoro a vista de pájaro. Sin esperártelo. Sin saber que ese lugar existe. De repente. So-bre-co-ge-dor.

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La séptima maravilla: los colores de la ciudad de Petra. Los colores de primera hora de la mañana. Los colores de última hora de la tarde. Los colores de las rocas que, caprichosos, se las disputan. Un regalo de la naturaleza, siempre capaz de sorprendernos.

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La octava maravilla: la energía que Petra te inyecta. Es tanto lo que la ciudad de Petra tiene que ofrecer, que en el momento en el que un@ pone el pie dentro ya esta perdid@. El deseo de verlo todo es más fuerte que tu forma física. La prueba: mi madre, que sin estar acostumbrada a andar, subió montañas, recorrió kilómetros y kilómetros (Petra tiene 52 km2) y escaló obstáculos durante dos días saliendo ilesa, y misteriosamente sin agujetas, de la aventura. El chute de Petra tuvo dos efectos secundarios en ella: una sobredosis de adrenalina que todavía le dura y las suelas de sus zapatillas de deporte, que se desprendieron a causa del calor.

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Sí, las mates no te fallan. En mi lista hay ocho y no siete maravillas, como anuncié al principio de la entrada. Tengo tres razones para ello. Una, que Petra esconde más de siete y más de ocho maravillas. Dos, que oficialmente, Petra no es la séptima maravilla del mundo. Y tres, que las maravillas del mundo tampoco son siete, ni ocho ni veinte. Son tantas como nosotr@s queramos encontrar. Y si no, que se lo pregunten a Johnny Depp, que tuvo la suerte de coincidir conmigo en Petra.

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La maté porque era mía

A Fátima la casaron un día porque ya había llegado el momento de encontrarle un marido. Poco importaba si Fátima quería casarse o si hubiera elegido a Omar como compañero de vida. Omar la devolvió a su familia un mes después, como si de un producto defectuoso se tratara.

– No es virgen – sentenció.

El padre y el hermano de Fátima la apalearon. Nadie sabe si Fátima lloró o imploró clemencia. Sólo que su cuerpo se encontró un día flotando sin vida en el Mar Muerto. Los resultados de la autopsia revelaron que Fátima murió ahogada.

Y virgen.

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Esta historia es real. Los nombres, no.

Se calcula que en Jordania mueren al año alrededor de veinte mujeres a manos de sus familiares, en lo que se conoce como “crimen de honor”. Mujeres que mueren acuchilladas por haberse negado a casarse con el hombre que su familia les eligió para así poder continuar con su educación. Mujeres que mueren cosidas a tiros por haber abandonado a un marido que las golpeaba y violaba. Mujeres que mueren degolladas por ser vistas hablando con otro hombre y, por lo tanto, ser sospechosas de adulterio. Mujeres que mueren en su noche de bodas al ser estranguladas por su recién estrenado marido que las acusa de no ser vírgenes. Mujeres que mueren a causa de la paliza que su hermano pequeño les propinó por haber sido violadas por su hermano mayor. Mujeres embarazadas. Mujeres que acaban de dar a luz. El modo y la causa de los asesinatos son tantos como la imaginación que cada uno le quiera echar.

Estos crímenes encuentran su justificación en un complejo código de honor fruto de la tradición y las normas sociales. Si la virtud de una mujer se pone en cuestión, ya sea porque se cree que ha violado las normas de conducta sexual, ya sea porque ha sido víctima de una violación, incesto, abuso sexual o rumor que pone en entredicho su castidad, un hombre de la familia tiene que matarla para poder restaurar el honor de la familia. También pierden el derecho a la vida si se niegan a obedecer la voluntad del padre, marido o hermano. Otras veces el crimen de honor oculta otros crímenes (como el de negarse a prostituirse en el negocio familiar) o disputas de herencia.

En Jordania, ha habido intentos de reformar el Código Penal para que los crímenes de honor se equiparen a los asesinatos y homicidios. Se ha hecho algún avance al respecto, y algunos hombres han sido condenados a hasta 15 años de prisión (en vez de tan sólo unos meses como solía ser la regla). Sin embargo, si la familia retira los cargos, lo que no es inusual (no olvidemos que es la propia familia la que comete el crimen), el condenado pasa menos tiempo entre rejas.

Este es sólo un ejemplo más de violencia de género en el mundo. Tan condenable como el de las mujeres que mueren en España víctimas de la violencia doméstica. Por poner otro ejemplo.

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Los castillos del desierto

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Paramos el coche a orillas de la carretera para consultar la guía. Leí en voz alta:

“Su silueta negra y carcomida aparece a la izquierda de la carretera, en el pueblo situado enfrente de un terreno baldío desde donde brotan las últimas palmeras que hasta no hace mucho rodeaban grandes estanques”.

Levantamos la vista y nos reímos los dos al unísono.

– ¿No será eso que se ve ahí enfrente?

– Es negro.

– Y tiene palmeras.

– Tiene que ser.

Más risas.

Recomendado por un compañero de trabajo (no me cabe duda de que la memoria le jugó una mala pasada) el Castillo de Azraqparecía, desde el otro lado de la carretera, de todo menos un castillo. Una vez dentro la cosa no mejoró mucho más. En su defensa diré que este castillo lo hizo famoso Lawrence de Arabia, ya que lo utilizó como cuartel durante el invierno de 1917, antes de lanzar la ofensiva que le daría la victoria en Damasco en 1918.

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Debido a que nuestro mapa de carreteras se limitaba a un mapa turístico que la compañía de alquiler de coches nos había dado, preguntamos cómo llegar al siguiente castillo. Sobre todo para asegurarnos de que llegar hasta allí era tan fácil como el mapa auguraba. Después de conducir algunos kilómetros más de los que nos habían pronosticado, paré el coche en seco (en contra de lo que pueda parecer, la carretera del desierto no está muy concurrida) y ante la desaprobación de mi copiloto, giré a la derecha en una carretera que parecía no conducir a ninguna parte. Aquello que se veía al fondo sólo podía ser el Castillo de Amra.

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Por una vez, llevaba yo razón, aunque sólo a medias. Lo que vi desde la distancia se parecía efectivamente a la foto de la guía, aunque no era un castillo, sino los antiguos baños. Nos volvió a dar la risa. Los frescos que decoran el interior de techos y paredes se jactan de haber sido considerados patrimonio mundial por la UNESCO. Testimonio muy valioso en la formación del arte islámico, demuestran que las figuras humanas no han estado siempre prohibidas en esta religión y que estaban permitidas en lugIMG_5686ares que no fueran la mezquita, por lo menos durante la época de los Omeya, antes de que la dinastía Abasida los prohibiera. Estos frescos bien merecen una tortícolis.

Escépticos ante lo que nos encontraríamos en la siguiente visita, emprendimos el camino hacia el tercer y último castillo de nuestro recorrido. Como las señales en este país brillan por su ausencia, nos lo pasamos, así que tuvimos que dar marcha atrás. ¡Alguna ventaja tenía que tener conducir por carreteras desiertas! El Castillo de Kharanasí parecía un castillo. Restaurado, pero un castillo. La vista era imponente: un gran bloque que parecía surgir de la nada. Solitario y altivo. No se tiene muy claro qué función cumplía éste en concreto, pero sí se sabe que estas estructuras, aunque no eran castillos en su sentido estricto, servían para reforzar los vínculos con los beduinos de la zona. Podían servir de estación para las caravanas, de centro agrícola y comercial, y hasta de hotel.

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Lo visitamos deprisa porque conseguimos que nos dejaran entrar a pesar de estar cerrado y nos dirigimos hacia el Mar Muerto a ver el atardecer. Lástima que el cielo, aquella tarde, estuviera nublado.

De la diferencia entre el tiempo y los relojes

Si mi concepto de “distancia” se deformó tras un año en Australia, mi concepto de “tiempo” se resiste a ser desanprendido, a pesar de todas las lecciones que me dieron los chadianos. Ya decía Momo que el tiempo es algo misterioso. Yo todavía me encuentro en situaciones en las que el tiempo pasa a ser una mera adivinanza.

Me contó una amiga que, una vez, esperando en Camerún uno de tantos autobuses que no llegaban nunca a la hora prevista, o que incluso no llegaban a ninguna hora, un local le contestó, ante la queja y para desesperación de mi amiga:

“nosotros tenemos el tiempo y, vosotros, los relojes”

A mí aquella frase me divirtió mucho en su día y aún me sonrió cuando pienso en ella. Hoy puedo dar fe de que mientras “nosotros” seguimos teniendo los relojes, los cameruneses no ostentan el derecho de exclusividad sobre la propiedad del tiempo, sino que se lo disputan con varias nacionalidades, incluida la jordana.

Una compañera de trabajo me invitó a ir con ella a una excursión para hacer senderismo en Wadi al Rayan y visitar el castillo de Ajlun. Organizada a través de feisbuk, más de ochenta personas nos presentamos a la hora y el lugar convenido. El tiempo, aquella mañana, se convirtió en una masa babosa al estilo blandiblú.

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Lo primero que me llamó la atención fue que esperáramos a una chica que llegó una hora tarde (y que ni siquiera se dignó a pedir disculpas). Me resulta difícil imaginar que un grupo tan numeroso espere a una sola persona durante tanto tiempo en la cultura occidental de la que provengo. ¿Me hubieran esperado a mí también si hubiera decidido quedarme una hora más en la cama? Igual tiento a mi suerte la próxima vez.

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A pesar de que el valle al que íbamos estaba a poco más de una hora de Amán, de camino hicimos un par de paradas para repostar humus y falafel, llenarnos las mochilas de porquerías varias y empezar la sesión de fotos para el reportaje gráfico. Cuando llegamos a Wadi al Rayan, desde donde empezaríamos la caminata, ya llevábamos un par de generosas horas de retraso. Más vale tarde que nunca. Supongo.

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Tras andar durante apenas 20 minutos, al ritmo que permiten más de 80 personas con intereses diferentes, sobre todo en lo que se refiere al sitio donde poner morritos para saltar a la fama privada de feisbuk, paramos a comer en un sitio sin vistas, pero a la sombra.

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El inmerecido descanso duró más de una hora. Sin duda, era el momento más esperado el día: comida, shisha y corales sin fin. Cinco minutos después de perder el interés por todo lo que estaba sucediendo a mi alrededor, reiniciamos la caminata (¿?). A los 20 minutos nos juntaron a unos cuantos para la foto de grupo (premio al que me me localice) que se colgaría en las redes sociales (prueba irrefutable de que la excursión había efectivamente tenido lugar), y con las mismas nos subimos al autobús y emprendimos el camino hacia el castillo de Ajlun. Todavía hubo alguno que me preguntó si estaba cansada. ¿Puro sarcasmo? Tengo mis dudas.

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Llegamos al castillo una hora antes del cierre, así que nos dejaron entrar sin pagar. Supongo que da pereza cobrar entrada a más de 80 visitantes que te llegan de pronto y a última hora, sobre todo teniendo en cuenta que, siendo viernes, el castillo estaba a rebosar de “domingueros” (¿cómo se llaman a los domingueros del viernes?), con lo que el de la taquilla debió haber estado más bien ocupadillo durante todo el día. No hay mal que por bien no venga (ante todo, mentalidad positiva).

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Impresionante ejemplo de arquitectura islámica, a mis compañeros de excursión parecía importarles bien poco si este castillo fue construido para controlar las minas de plata de Ajlun, si con él se dominaban las tres rutas principales hacia el Valle del Jordán o si servía para proteger las vías de comunicación entre Jordania y Siria. Lo importante era seguir documentando el día gráficamente y con media hora les sobraba.

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De vuelta a Amán hicimos ochocientas paradas, de las cuales setecientas noventa y nueve no entendí, y una para comprar lebnahy yogur en un lugar donde supuestamente lo hacen muy bueno y es barato. Llegamos a Amán entrada la noche y yo no pude evitar alegrarme de no llevar reloj desde hace ya algunos años.

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Gerasa: entre Oriente y Occidente

Dicen que la máquina del tiempo es cosa de las películas, pero no es verdad. Cada país tiene, por lo menos, una. Ya lo dije cuando llegué a Etiopía y ahora lo reitero en Jordania. La de aquí tiene forma de autobús local, cuesta menos de un dinar y recorre 51km antes de escupirte en Gerasa, que presume de ser la ciudad romana mejor conservada fuera de Italia.

La antigua ciudad de Gerasa ha sido habitada ininterrumpidamente durante 6.500 años. Hicieron falta 70 años para desenterrar y restaurar el trocito que hoy se puede visitar. El 90% de la ciudad sigue bajo tierra, lo que significa que aún se necesitarían unos 630 años para que el resto de la ciudad viera la luz. Y mucho, mucho dinero. Sobre todo en expropiaciones.

Uno entra por el arco del triunfo, llamado Arco de Adriano porque fue construido para conmemorar la visita de dicho emperador en el siglo I.

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El despiste me hizo pasar por alto el hipódromo. La culpa la tienen unos que andaban vestidos de romanos. Huyendo de ellos, pronto llegué hasta la plaza oval, vestida de columnas iónicas también del siglo I.

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La plaza desemboca en el Cardo, una calle que todavía conserva las piedras originales del pavimento y en las que pueden apreciarse las huellas que las ruedas de los carros dejaron a su paso. Entre columna y columna, las antiguas tiendas siguen casi intactas, y no es difícil imaginárselas llenas de mercancía y clientes.

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Después de curiosear el mercado, ver el puente que conducía al barrio residencial de Gerasa (hoy día enterrado bajo los cimientos de la ciudad moderna), los restos de las casas de un asentamiento islámico, una catedral y una iglesia, se llega por fin al Ninfeo, una espectacular fuente ornamental dedicada a las ninfas. Cerrando los ojos casi casi se puede escuchar el agua bajando en cascada por la cabeza de siete leones grabados en la piedra.

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Una iglesia bizantina y una mezquita Omeya nos aseguran que la coexistencia entre la cultura greco-romana y la árabe era posible. No perdamos la esperanza para los tiempos que corren. El teatro norte, ampliado en el siglo III para acoger a 1.600 espectadores, también fue utilizado para las reuniones del consejo de la ciudad. Inscripciones en griego de los nombres de las tribus representadas en el consejo siguen grabadas en muchos asientos, así como el nombre de varios dioses.

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Artemis, hija de Zeus y hermana de Apolo, era la diosa patrona de la ciudad con lo que no es de extrañar que se le dedicara un templo que, aunque modesto en tamaño, destaca por su ubicación en lo alto de una colina.

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Varias iglesias bizantinas y un camino lleno de flores (¡maldita alergia!) conducen al teatro sur. La última fila de asientos ofrece una panorámica de la ciudad, cuyas ruinas dejan entrever la grandeza del lugar y ponen de manifiesto el contraste entre la Gerasa antigua y la nueva ciudad.

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Merece la pena hacer una parada en el museo arqueológico. Diminuto, ofrece no sólo un respiro a la inclemencia del sol sino también varios objetos encontrados en los alrededores, incluyendo unas entradas de teatro hechas en barro, que no dejan de ser curiosas.

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Estoy deseando que llegue el verano para poder disfrutar de los eventos culturales que se organizan en la ciudad antigua de Gerasa, a ver si la atmósfera es tan mágica como disfrutar de una obra de Shakespeare en la Abadía de Tintern (Gales).

El Mar Muerto

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Dice la página oficial de turismo de Jordania que “el mar Muerto está flanqueado al este por montañas IMG_4556y al oeste por las colinas de Jerusalén que le otorgan una belleza casi de otro mundo.” Lo primero, es verdad. Aunque al autor del texto se le “haya olvidado” mencionar el hecho de que Israel haya sembrado kilómetros y kilómetros de minas antipersona para disuadir a palestinos furtivos de cruzar a la otra orilla. La segunda parte de la frase, sin embargo, me parece un poco exageración. Yo creo que quien escribió estas líneas o estaba muy bien pagado por el gobierno de Jordania, o no había viajado mucho. Sólo hay que poner a Dallol (Etiopia) como ejemplo para desmentirlo (ya lo sé, todavía os debo la crónica de ese viaje).

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Para poder bañarse en el Mar Muerto, hay que pagar. Lo que me enseñaron en la escuelaIMG_4849 de que la playa es un bien público es sólo una verdad mentira a medias. La opción barata es la de bañarse en la playa turística de Amán. Lo bueno de esta playa es que está llena de jordanos en plan dominguero, con sus barbacoas, sus shishas y sus tropecientos niños. Lo malo es que, si eres mujer y quieres darte un baño, tienes que hacerlo vestida. Los hombres pueden bañarse en calzoncillos si les da la gana, pero nosotras tenemos que ser más prudentes. A no ser que quieras ser el centro de todas las miradas y, probablemente, de alguna vejación.

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Sin embargo, el problema de no poder ponerse un bañador no es no poder ponerse un bañador, es no poder disfrutar del lodo del Mar Muerto ni de todas sus propiedades. A no ser que te animes a llevarte un poco a casa, como hace mucha gente, incluida yo; en cuyo caso es recomendable identificarlo bien en el frigorífico; sobre todo si lo metes en un bote de helado de chocolate, para que tus compañeros de piso no lo confundan con helado (ni te acusen de golosa). Que todo puede pasar. Y luego, ¡para qué engañarnos!, da pereza embadurnarse en casa. Y, cuando por fin te animas, es una guarrería. Y ni pensando en todos sus efectos relajantes, anti-alérgicos, calmantes, hidratantes y super nutritivos, ni en sus propiedades de revitalización del tejido celular de la piel, por dar unos ejemplos, que hay más, le entran a una ganas de convertirse en estatua de sal. Además, si alguno de tus compañeros de casa (suponiendo que tengas) te pilla ennegrecida por el lodo, podría pensar, no sé si lo de belleza, pero sí lo de que vienes de otro mundo.

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La otra opción es irse a unos de los spa de los hoteles de lujo que pueblan parte de la costa este, pagar un poco bastante más, y disfrutar de un trocito de playa donde poder flotar en traje de baño y enlodarse de pies a cabeza, pelo incluido. Pero eso lo tengo reservado para cuando venga mi mami a verme…

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Cañón de Wadi al-Mujib

A 400 metros por debajo del nivel del mar, la Reserva Natural Wadi al-Mujib es la más baja del mundo. Cubre más de 200 km2y es la segunda más grande del país. El río Mujib galopa entre sus montañas, valles y cañones a lo largo de la orilla este del Mar Muerto hasta que, exhausto, se deja caer en los brazos del mar para fundirse con él.

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Me habían advertido de que no me llevara la cámara de fotos, porque en la excursión habría agua. Mucha agua. No pudiendo concebir la idea de irme sin ella, hice la prueba del tupperware. Metí un pañuelo de papel dentro de dos envases de plástico y los sumergí en agua durante un rato. Estaba convencida de que en ningún momento de la excursión mi cámara pasaría por ese trago (nunca mejor dicho), pero más vale prevenir que curar. Uno de los envases pasó la prueba, y ése fue el que me llevé. No queriendo arriesgarme, envolví la cámara en una bolsa de plástico sellada (como la que te hacen llevar ahora en los aeropuertos) y así lo metí en el tupperware. Gracias a todas estas precauciones mi cámara sobrevivió porque, efectivamente, sólo nos faltó bucear.

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Pasearse por el cañón de Wadi al-Mujib es como ser absorbido por las entrañas de la naturaleza. Las paredes que, presumidas, cambian de color dependiendo de la hora del día, se jactan de formas imposibles. Cierro los ojos y veo unas manos gigantescas moldeando la roca como si fuera arcilla. El agua te engatusa acariciándote los tobillos, invitándote a entrar, a doblar esa esquina, a curiosear hasta llegar a la siguiente, y la siguiente de la siguiente, hasta que te agarra por la cintura y te besa el cuello. Tú intentas escapar subiendo las paredes que se dejan pisotear, jugando al gato y al ratón; hasta que el agua te tiende una emboscada, donde no hay salida, sólo marcha atrás. Y asumes tu derrota con una sonrisa en los labios, mordisqueando el agua que cae del cielo y envidiando a los pájaros que se burlan de ti desde lo alto.

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A la vuelta no intentarás ofrecer resistencia y te dejarás llevar por el río, cogidos de la mano. Le ofrecerás tu cuerpo y él te arrastrará como si quisiera vomitarte. A ti te dará igual, porque mientras tus oídos están sumergidos bajo al agua, la intimidad del momento te ofrecerá la cara opuesta del cañón, y tus ojos verán ese trozo de cielo, que las paredes de la montaña intentan estrangular, como si fuera un espejo que devuelve la imagen del río que te lleva, aunque tú no te veas.

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El ca-castillo de Ka-karak

IMG_4419Me volví a sentar en la parte delantera del autobús, en segunda fila, y al verme rodeada de hombres me pregunté si la parte trasera no estaría reservada a las mujeres. Me dije que tenía que aprender a ser más observadora, pero me dio pereza cambiarme de sitio porque desde donde estaba sentada podría disfrutar de unas buenas panorámicas de la carretera (¡qué ilusa!).

Podíamos haber cogido la Autopista de los Reyes, de nombre más exótico en árabe (“Carretera de los Sultanes”), cuyo asfalto cubre con descaro las huellas que durante más de tres mil años dejaron los israelitas de camino a la Tierra Prometida, los nabateos a Petra, los peregrinos cristianos en sus vistas al Monte Nebo, los cruzados para acceder a sus castillos y los musulmanes en su peregrinación a La Meca. Pero no, en su lugar, viajamos por la aburrida Autopista del Desierto. Tierra borde donde las haya. A mí se me antojó estar atravesando una cantera de piedra. Sólo un poco antes de llegar a Karak se animó el paisaje a ponerse un poco de maquillaje. Esta autopista me pareció una carretera sin vida propia que cumple estrictamente el propósito para el que fue construida.

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El autobús me dejó a los pies de la colina donde se erige el castillo de Karak, el tercero (o, el segundo, según a quién le preguntes) de los cruzados más grande en la región (los dos primeros se encuentran, de momento, en Siria). Este castillo formaba parte, junto con otros castillos, de una línea invisible defensiva que iba desde el sur del país, en Áqaba, hasta Turquía. Hicieron falta veinte años del siglo XII para su construcción.

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Es un castillo enorme pero sin grandes pretensiones, que bien podría darle una lección de austeridad a la Basílica de San Pedro, y demás joyas del Vaticano. Tras años de resistencia, cayó en manos de los musulmanes, liderados por Saladino, durante la segunda cruzada. Saladino mandó ejecutar a todos los prisioneros, perdonándole la vida sólo a los ilustres y nobles. Dio incluso de beber al rey Guy, quien, conocedor de la hospitalidad musulmana, que dicta que no se puede matar a un enemigo al que se le invita a beber agua, pasó la copa a Reinaldo de Chatillón, gobernador del fuerte en aquella época. Saladino desenfundó su espada y, antes de que el líder cristiano pudiera siquiera mojarse los labios, le cortó la cabeza. Como símbolo de su venganza, se untó los dedos con la sangre de Reinaldo y se pintó la cara con ella.

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Algunas fuentes aseguran que Saladino le dio muerte como escarmiento por las prácticas sanguinarias con las que Reinaldo disfrutaba. Entre ellas, figuraba la de despeñar a sus prisioneros desde lo alto de las colmenas, en una caída libre de más de 500 metros, protegiéndoles la cabeza para que fueran conscientes de todos y cada uno de los segundos que anunciaban su muerte. También le gustaba untar con miel las heridas de IMG_4522los recién torturados y dejarlos al sol para que los insectos se deleitaran con ellas. Sin embargo, me parece más creíble la versión que asegura que Saladino lo mató por haber ejecutado a una hermana suya que iba en una de las caravanas pacíficas de musulmanes que hacían la antigua ruta de comercio entre Egipto y Siria, y que Reinaldo atacaba por el simple hecho de pasar por delante de sus murallas. Me imagino que, con este currículo, ni su mujer debió llorar la pérdida.

Los restos del castillo de Karak, en un estado de conservación más que razonable, te cuentan todas estas historias de muerte y venganza entre musulmanes y cristianos (poco han cambiado las cosas desde la época de las cruzadas), mientras te paseas por sus pasadizos subterráneos, mazmorras, habitaciones, iglesia, sacristía e, incluso un versátil palacio mameluco, que también cumplió las funciones de prisión, y que incluía una mezquita.

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Las vistas que rodean el lugar no son nada desdeñables. A mí me gusta especialmente observar la vida pasar desde el anonimato que te proporcionan las hendiduras que se abrían en los muros para disparar flechas. No me considero nada cotilla, pero tengo mis dudas de si soy un poco “voyeuse”. El museo que se encuentra dentro de las murallas del castillo se merece un vistazo, aunque sea rápido. Te cuenta que el nombre árabe “Al-Karak” deriva del nombre arameo “karka”, que significa “ciudad amurallada”. En mi pueblo, “karka”, significa otra cosa.

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Yo me pasé toda la mañana explorando el castillo que, sin guía y por su tamaño, puede resultar un poco caótico y abrumador. Aunque no tanto como el sistema de autobuses en este país, que, al igual que en Etiopía, hasta que no se llenan, del barco de Chanquete no nos moverán. La diferencia es que en Etiopía, los autobuses son, en realidad, furgonetillas, y aquí, si tienes mala suerte, te puede tocar un autobús en condiciones, lo que puede suponer hasta dos horas de (des)espera(ción), como me pasó a mí a la vuelta. Todo sea por el transporte barato… ¡Ah! Y me senté en la parte trasera del autobús; aunque dio igual porque, esta vez, varias mujeres se sentaron en la parte delantera.

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Madaba: la ciudad del billón de teselas… y alrededores (II)

Aún me quedaba por visitar el Museo de Madaba antes de encaminarme hacia al Monte Nebo, donde se dice que eIMG_4292stá enterrado Moisés. Encontrar el museo no sería tan fácil como mi mapa anticipaba. Después de dar más vueltas de las necesarias, acabé en la Oficina de Turismo, que esta vez no buscaba. Ironías del destino. Decidí entrar a preguntar. Afortunadamente habían cambiado el turno y ahora había un chico. Me explicó cómo llegar al museo cogiendo un atajo y me dio otro mapa. El atajo suponía pasar por delante de la “iglesia latina” (como él la llamó). Me recomendó que la visitara. Mis prejuicios me hicieron creer que la recomendación venía no del interés turístico de la iglesia, sino más bien de lo que él había supuesto era mi religión. Me mostré reacia a seguir su consejo en mi fuero interno. Sin embargo, al pasar por allí, me dejé vencer por la curiosidad y decidí echarle un vistazo. El que esta iglesia no apareciera en la guía no quería decir que no mereciera la pena. ¡A la miércola con mis prejuicios!

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La iglesia de San Juan Bautistaes como esas personas que a primera vista parece que no tienen nada que ofrecer pero que, una vez que te molestas en conocerlas, descubres que están llenas de sorpresas. La primera, unas escaleras estrechas y empinadas que sortean el campanario (tuve que hacer un gran esfuerzo para no caer en la tentación de repicar las campanas) para llevarte a un mirador situado en lo más alto del edificio, desde donde se pueden apreciar unas vistas de la ciudad de 360º. Im-pre-sio-nan-te. Pero lo mejor estaba todavía por venir. Esta iglesia está construida sobre los restos de un castillo bizantino. La segunda sorpresa, las escaleras y el olor a humedad que conducen al sótano, formado por lo que fueron en su día los aposentos del castillo. En época bizantina, se construía encima de los lugares donde había agua subterránea para poder abastecerse con la misma. Los restos del castillo incluyen un pozo de agua construido hace más de 2.000 años. El sonido hueco de la cubeta al besar el agua trajo consigo imágenes ficticias de siglos pasados.

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Supongo que el inglés limitado del chico de la Oficina de Turismo no le permitió explicarme bien los tesoros que esta iglesia escondía. Me avergoncé de mis prejuicios e infundadas IMG_4326suposiciones, pero a la misma vez me alegré de darles una lección de humildad.

A pocos metros de esta iglesia se encontraba el Museo de Madaba, donde se pueden ver más mosaicos, dentro y fuera, en el jardín, así como elementos folklóricos (joyas, trajes y objetos caseros). Me sorprendió que algunos mosaicos se encontraban al aire libre sin ningún tipo de protección. El señor que lo cuidaba-guiaba era un hombre bastante peculiar. No dudó en darme un abrazo cuando le dije mi nacionalidad. Al principio me hizo gracia, pero luego me alegré de no haber estado sola durante la visita guiada porque llegó un momento en que se estaba tomando demasiadas confianzas. Casi al final de la visita, de camino a la salida, intentó cogerme la mano. ¡Hombres! El también tuvo la amabilidad de utilizar el “agua mágica” para descubrirnos los colores que tímidamente se ocultaban tras el polvo. El efecto óptico fue tan placentero como la primera vez que presencié esta acción.

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Tras declinar su invitación para tomar un té, cogí un taxi para el Monte Nebo, desde donde Moisés divisó la Tierra Prometida. Esta visita pretendía ser mi “momento rural” del día. ¡Cómo me equivocaba! Uno de los santuarios más venerados de Jordania, me pareció también bastante artificial. La estatua del milenio justo a la entrada, que conmemora la visita del papa Juan Pablo II, y la lápida que marca el Memorial de Moisés, fueron suficientes para impedir que mi imaginación hiciera cualquier amago de transportarme a un episodio bíblico. Eché un vistazo rápido a los mosaicos y al museo, y me dirigí al mirador. Estoy segura de que las vistas de los valles de alrededor, el Mar Muerto, Jericó y Jerusalén son increíbles, pero la neblina, la contaminación y la avalancha de turistas en pantalones de escasa tela (tanto ellos como ellas) sólo me dejaron divisar una parte del mar.

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Una poco atractiva escultura contemporánea de una serpiente enroscada en una cruz representa la serpiente de bronce que llevó Moisés por el desierto y la cruz en la que Jesús fue crucificado. Esta escultura ilustra el episodio bíblico en el que serpientes IMG_4380ardientes mataron a los hebreos que, presos de la fatiga, dudaron de Moisés y Jesús a la salida de Egipto, de camino a la Tierra Prometida. Pero el pueblo se arrepiente, ya en el desierto, y Dios los perdona ordenando a Moisés que haga una serpiente de bronce que, al mirarla, salvaría a todo aquél que fuera mordida por una.

En media hora me liquidé el famoso monte, un poco decepcionada por lo que allí me encontré. Como había negociado una hora de espera con el taxi, le pedí que me llevara a la Iglesia de los Santos Lot y Procopio. Tras varios minutos de confusión y preguntar a sus colegas taxistas que allí se encontraban, acordamos que donde yo quería ir era lo que los locales conocían como El Mekhayyat. Si ellos lo decían…

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Esta iglesia se encuentra donde supuestamente yacía la ciudad bíblica de Nebo. El templo fue construido por los franciscanos en el siglo VI y alberga un gran mosaico de la misma época donde se pueden ver escenas pastorales, de danza, vendimia y caza. Todas las guías te dirán que prestes atención a los rasgos del pescador que se encuentra cerca de la puerta de entrada a la nave. Te sorprenderá el nivel de detalle que el dominio del arte de las teselas puede llegar a alcanzar.

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El día estaba llegando a su fin. Le pedí al taxista que me llevara a la estación de autobuses. Otra aventura para hacerme entender. De hecho, tuvo que llamar a un compañero que hablaba inglés para que hiciera de intermediario. Me dejó en una calle donde me aseguró que pasaría un autobús dirección Amán en cinco o diez minutos. Efectivamente, en ese intervalo de tiempo pasó un autobús, pero no iba a Amán. Por lo visto, el último ya había pasado y mi única opción era ir a Na’ur y, de allí, coger otro para la capital (moraleja: no te fíes de lo que te digan en la Oficina de Turismo). La maniobra fue más fácil de lo que sonaba, sobre todo porque este autobús me dejó al lado de mi segundo autobús, donde el revisor intentó darme palique en varias ocasiones. ¡Uf, qué ganas de llegar a casa!

Madaba: la ciudad del billón de teselas… y alrededores (I)

IMG_4260El taxi me dejó en la estación de Raghadan, desde donde cogería el autobús que me llevaría a Madaba. La estación parecía más caótica desde fuera de lo que en realidad lo era por dentro. Yo me esperaba a gente gritando las distintas destinaciones pero no, aquello estaba todo muy tranquilo. Parecía ser que tendría que confiar en los letreros… en árabe. Como mi lectura del idioma se reduce a reconocer varias letras, me dije que lo más sensato era preguntarle a una mujer que pasaba por allí. Me indicó la dársena de mi autobús y añadió algo. Utilizó una palabra que sonaba a mujer en portugués y yo pensé que había dicho que el autobús era sólo para mujeres. Aunque para entonces ya me había cerciorado de que no, más tarde, al ver los letreros de la carretera me di cuenta de que se refería a un lugar en el mapa. ¡Ya me extrañaba a mí que esta señora me hubiera hablado en portugués!

IMG_4289Yo era la única extranjera y también la única mujer que no llevaba la cabeza cubierta. No pude evitar que me diera un pequeño vuelco el estómago cuando se subió al autobús una mujer completamente cubierta. Llevaba una túnica negra, de una pieza, que le cubría de la cabeza a los pies. La tela era un pelín más fina a la altura de los ojos, que no alcanzaban a vérsele. Quise, pero no pude, imaginarme cómo sería la vida desde ahí dentro. Y me pregunté si su existencia sería tan negra como el color con el que veía lo que pasaba a su alrededor. Sin conocerle, odié un poquito al hombre que la acompañaba y lo culpé de la forma en la que ella iba vestida.

Madaba es el centro cristiano más importante de Jordania y desde hace tiempo es ciudad ejemplar en lo que a tolerancia religiosa se refiere. Es famosa por sus mosaicos de la era bizantina, que los cristianos de la tribu beduina Azizat, allá por el siglo XIX y originarios de Al-Karak, utilizaron en los suelos de sus casas cuando repoblaron Madaba. El nombre de la ciudad significa agua (ma) y frutas (daba), por ser tierra rica de ambos elementos.

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Buscando la Oficina de Turismo, llegué primero, por casualidad, a la Iglesia de los Apóstoles, del IMG_4158siglo VI, que contiene un inmenso mosaico dedicado a los mismos. El medallón del centro representa a la personificación del mar (Talasa), que emerge de las olas en forma de mujer, rodeada de peces y monstruos marinos. Los mosaicos me han fascinado desde siempre, sobre todo el nivel de detalle que puede alcanzarse con las teselas. Andaba mi mirada perdida entre la inmensidad de este mosaico, cuando un guía improvisado (pero oficial), que ni era bienvenido ni había sido invitado, empezó a contarme lo mismo que estaba escrito en la guía. Decidí que no me simpatizaba. No me gustó ni la manera en la que se acercó a mí, ni su manera de hablar, como si quisiera engatusarme y casi a punto de empezar a babear.

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Me preguntó si estaba casada. Le dije que sí. Me preguntó desde hacía cuánto. Le dije que dos años. Me preguntó si tenía hijos. Le dije que todavía no. Creo que se quedó con las ganas de preguntar dónde estaba mi anillo de casada y mi marido pero, en su lugar, me echó una mirada desconfiada. Me ofreció mosaicos a precios, según él, de ganga y me invitó a cruzar la zona fronteriza para ver el medallón del centro de cerca. Me sentí obligada a pagarle. También me ofreció su coche privado para llevarme a visitar los lugares de alrededor. Yo me lo quité de encima diciéndole que igual volvía más tarde. Me dio cita a la una y media y me dedicó una sonrisa cínica.

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Seguí mi camino y, buscando la Oficina de Turismo, que todavía tardaría unas horas en encontrar, me topé con las ruinas arqueológicas de Tall Madaba que reflejan la cronología histórica y los asentamientos humanos desde los periodos de bronce, hierro, romano, nabateo, bizantino e islámico, hasta tiempos modernos. O eso reza el cartel que las acompaña.

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Buscando, buscando, que yo no tiro la toalla tan fácilmente, di por fin con lo que parecía el centro de la ciudad. Una calle llena de tiendas de souvenirs surgió de la nada y me guió hasta la Iglesia de San Jorge, de culto griego-ortodoxo, donde se encuentra el famoso IMG_4167mapa, descubierto en el momento de la construcción de la misma sobre una basílica bizantina en el siglo XIX. Este mosaico data del siglo VI, medía 15,7m por 5,7m y estaba compuesto de más de dos millones de teselas. El original mostraba más de cien leyendas en griego de todos los sitios bíblicos más importantes desde el Líbano hasta Egipto. Hoy día sólo se conserva un tercio del mosaico. Llama la atención el nivel de detalle con el que está representada la ciudad santa de Jerusalén.

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Ya que me habían traído suerte hacía un rato, seguí las tiendas de recuerdos curioseando lo que ofrecían, pero rápidamente, para no caer en la tentación. Me condujeron al Parque Arqueológico con más mosaicos descubiertos in situo traídos de diferentes partes de la región. La Iglesia de la Virgen contiene un espléndido mosaico de la época de los Omeyas. Uno de los hombres del Parque se empeñó en hacerme una interpretación de lo que el mosaico contenía (¿o debería decir una lectura de mi guía?). Fui un poco fría con él, a pesar de que tuvo la amabilidad de emplear “agua mágica”. Con un pulverizador, espolvoreó agua en una esquina del mosaico devolviendo el color y la vida a esa figura romana. El contraste con el resto del mosaico era casi ofensivo.

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A la salida del Parque di por fin con la Oficina de Turismo, que se encuentra en el interior de una bonita casa de piedra del siglo XIX que perteneció a una familia de albañiles. Mi interés principal era averiguar dónde dirigirme para hacer senderismo y deportes de aventura en Wadi al-Mujib pero la chica no supo orientarme. También le pregunté a qué hora era el último autobús para Amán. Me dijo que a las 19h así que me alegró saber que podía descuidarme.

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El sábado todavía no se habían cansado de mí, así que fuimos a desayunar juntos a la terraza de Books@cafe, el único sitio guay de la ciudad, en el que ya he estado varias IMG_4007veces y al que pondría en mi lista de favoritos si tuviera una. Pregunté a mis amigos de fin de semana si aquí también vienen las libanesas. Me dijeron que no, que sólo los guays. Pregunté que si ellas también tienen un sitio donde juntarse y obtuve por respuesta una cara de “aquí no hay libanesas”. No me lo creo, pero vale. Me encontraba en arenas movedizas y lo más sensato era dejar de moverse. Además, después del incidente de la compresatenía que ganar puntos. Cambiamos radicalmente de tema.

Aunque seguía disfrutando de su compañía, después de tostarnos un rato al sol me dirigí hacia Jabal al Qala’a, o ciudadela, que se encuentra en la cima de una de las colinas más altas que rodean la ciudad. Se cree que esta colina ha sido cuna de asentamientos y se ha utilizado como fortaleza desde hace más de 7.000 años, época del nacimiento de la civilización mesopotámica y la del Valle Nilo.

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La ciudadela es un museo al aire libre desde el que se pueden disfrutar unas vistas imponentes de la ciudad. El teatro romano, del siglo II, domina la parte norte del paisaje. La colina que le da cobijo solía ser una necrópolis (allá cada cual con su imaginación). Yo me pasé allí más de dos horas y fueron el hambre y el frío los que acabaron echándome del lugar. El sitio no tiene nada de espectacular pero la atmósfera que lo rodea es adictiva.

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En el conjunto arqueológico se puede ver el Templo de Hércules, dedicado a una deidad romana, y convertido en símbolo de la ciudad. Para mí fue lo mejor del sitio con diferencia. El templo se le atribuyó a Hércules, conocido por su fuerza física, porque cerca del mismo se encontraron la mano y el codo de una estatua colosal del período romano. Se cree que esta estatua podría haber medido 13 metros de alto, lo que la convertiría en una de las estatuas greco-romanas más grandes que se conocen.

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El recinto también incluye el Museo Arqueológico, los restos de una iglesia bizantina del siglo VI, el complejo Umayyad (que tiene todos los elementos de una ciudad islámica: mezquita, mercado, hammamy palacio) y una cisterna de agua, que recogía el agua de los tejados de los edificios cercanos y daba de beber a los baños y letrinas del asentamiento Umayyad.

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Había planeado patearme el centro de la ciudad y aventurarme en el mercado, pero el hambre y el frío se aliaron con la pereza, así que volví a casa y, como se suele decir, otro día será.

Cómo integrarse sin morir en el intento

Lo malo de que me hayan acomodado en la casa de huéspedes es que cada vez que hay una visita yo pierdo un trocito de mi intimidad. Lo bueno, es que me hacen compañía. Lo malo, es que siempre se repite la misma conversación con todo el que llega. Lo bueno es que, si conectas y se quedan el fin de semana, te hacen el apaño. Como pasó el fin de semana pasado y éste que está a puntito de acabar.

Me había dicho a mí misma que de este fin de semana no pasaba y que tenía que empezar a ver cosas. Tenía planeado hacerme pasar por turista en Amán el viernes e irme de excursión a Gerasa el sábado. No contaba con la visita de una joven palestina que, sin apenas conocerme, decidió invitarme a pasar el viernes con ella y sus amigos. Tenían pensado cocinar juntos e irían a comprar los ingredientes por la mañana. El plan no me entusiasmaba pero la compañía era bienvenida.

Lo que más me atraía era el hecho de ir al mercado y empaparme de los colores, olores y, con un poco de suerte, sabores del zuk. Hice bien en imaginármelo todo porque fuimos a comprar a Carrefour. No recuerdo la última vez que estuve en uno así que lo incluyo en la lista de lugares exóticos. Además, creo que nunca he visto tantas cajas de “la vaca que ríe” juntas, con lo que, siendo positiva, el viaje mereció la pena. Tras Carrefour fuimos a un centro comercial inmenso a comprar ropa y maquillaje. Yo odio ir de compras y no uso maquillaje, pero la compañía seguía siendo bienvenida.

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Desayunamos a la una de la tarde en The Baker House, un restaurante decorado al estilo de las grandes cadenas americanas, a rebosar de gente. El menú incluía tortilla española que, de tortilla, sólo tenía los huevos y, de española, el nombre. Estaba buena y la compañía continuaba siendo agradable. No estoy segura si ellos pensaban lo mismo de mí. Al acabar de comer, el único hombre que nos acompañaba pidió una toallita para limpiarse las manos. Yo bromeé y le dije que no tenía toallitas pero que tenía una compresa. El aceptó. Le pregunté si sabía lo que era una compresa. Nadie de los presentes entendió la palabra compresa que yo utilicé en inglés (es lo que tiene aprenderlo en diferentes sitios), así que le propuse enseñarle a qué me refería. Cuando saqué mi bolsita rosa chillón y la mostré sin ningún tipo de pudor, todos mis compañeros de mesa, sin excepción, se pusieron rojos como un tomate y les dio un ataque de risa. Cuando consiguieron calmarse me explicaron que eso era una cosa muy íntima que no IMG_4002se mostraba en público,y menos en presencia de un hombre. Afortunadamente yo no tengo ningún sentido del ridículo, así que me uní a la diversión.

Por fin llegó el momento de cocinar. Entre risas, bromas y un detallado reportaje fotográfico de todo el proceso de elaboración, la comida estuvo lista en un abrir y cerrar de ojos. De primero había “fa’te”, un plato típico palestino cuyos ingredientes principales son pan, arroz, pollo y tahini (pasta hecha a partir de semillas de sésamo molidas) y ensalada árabe. De postre, comimos bizcocho de chocolate.

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Al sentarnos a la mesa, eché de menos a la mitad de los comensales. Habían bajado a darle un plato de “fa’te” al policía de la Embajada de Bulgaria, que está justo enfrente de la casa de huéspedes. El pobre no pudo aceptar el regalo por encontrarse de servicio. (El se lo perdió.) Por lo visto, es parte de la cultura árabe compartir la comida con los vecinos, aunque no los conozcas, cuando se ha cocinado en exceso. Me encanta.

Amán: primeras impresiones

Hace poco me oí decir a alguien que cuánto menos tiempo se pasa en un sitio más fácil es decir adiós. El discrepó, así que me senté un momento en el banco de la memoria para ver pasar a toda la gente que he dejado atrás en los diez años que llevo viviendo en el extranjero. Tuve que reconocer que no es el tiempo, sino la calidad de las relaciones humanas lo que hace difícil separarse de ciertas personas. A veces, incluso, te queda ese gusto amargo de lo que pudo ser y no fue, por culpa de aquéllos a los que estabas empezando a conocer y con los que no te dio tiempo a intimar. Aquéllos que, casi con toda seguridad, pasarán a ocupar un lugar en la estantería del des-olvido.

Mis últimos días en Addis fueron una batalla campal de múltiples ejércitos de sentimientos contradictorios. Por un lado, estaba el regimiento de estoy-harta-de-ir-a-un-trabajo-que-no-me-motiva-y-que-absorbe-toda-mi-energía. Por otro lado, estaba el pelotón de los pocos amigos que encontré y que hicieron mi estancia en la capital etíope más llevadera. Aquéllos, precisamente, a los que ahora echo de menos. También estaban las milicias de Addis-no-me-gusta y de estoy-haciendo-lo-que-me-conviene, me-voy-demasiado-pronto y hasta-aquí-hemos-llegado.

Llevo ya casi tres semanas en Amán y mi mente sigue en Addis. No dejo de comparar una ciudad con otra y de imaginarme de vuelta en territorio etíope. Supongo que todo ocurrió demasiado deprisa, el encontrar un nuevo trabajo y dejarlo todo en poco más de dos semanas; y que no me dio tiempo a asimilar que sí, que me iba, que había llegado el momento, y que no había marcha atrás. ¿Pero realmente quería irme? No lo sé. Sólo sé que quería cambiar de trabajo y que lo que hago ahora me gusta más, aunque preferiría hacerlo en otro sitio. (¿Y por qué no en Addis?)

Apenas he tenido tiempo de explorar la ciudad, aquí me tienen totalmente exprimida. Sin embargo, por lo poco que he visto, Amán me parece una ciudad fría. Dividida entre el rico oeste, zona residencial con grandes centros comerciales que imitan a los de occidente, y el humilde este, con casas que, desde lejos, parecen piezas blancas del Lego, no le acabo de encontrar la personalidad. Aquí me siento como una astilla clavada en la piel, que el cuerpo se empeña en rechazar. Tengo un contrato de tres meses, lo que no me da ni tiempo ni ganas de invertirme en este país. Viajaré todo lo que pueda, aprenderé todo lo que me dejen sobre la cultura local y haré todo lo posible por no echar ni una raíz, por pequeña que sea. Quiero que mi estancia en Amán sea un paréntesis, o mejor, un puente que me ayude a cruzar al otro lado, donde quiera que éste se encuentre.

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