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El dilema de mi amiga Bernarda

BisexualidadMi amiga Bernarda en realidad no se llama Bernarda; aunque eso ahora carece de importancia. Mi amiga Bernarda es libanesa, lleva hijab y se identifica como bisexual. El hermano de mi amiga Bernarda es homosexual. Ella lo sabe aunque él no se lo haya dicho. El hermano de mi amiga Bernarda sabe que su hermana es bisexual. El lo sabe aunque ella nunca se lo haya dicho. Los padres de mi amiga Bernarda no saben nada de nada porque nunca nadie se lo ha confesado. Mi amiga Bernarda está enamorada de una mujer desde hace varios años y prometida con un hombre desde hace pocos meses. Mi amiga Bernarda quiere casarse y tener hijos, pero no quiere renunciar a su novia. Mi amiga Bernarda pretende que su novia acepte la situación. Mi amiga Bernarda me pide opinión. Le digo que si se casa, tarde o temprano, tendrá que elegir. Que es una egoísta. Que no tiene derecho a pedirle a nadie algo así. Los bisexual1ojos de mi amiga Bernarda se llenan de lágrimas y me ruega que no la llame egoísta. No entiende por qué no puede tenerlo todo. Por qué su novia está deprimida y no quiere verla. Mi amiga Bernarda dice que no puede concebir la vida sin ella. Que su novia es la razón de su existencia. Pero que quiere casarse y tener hijos. Mi amiga Bernarda también está deprimida. Me lo confiesa entre risas y lágrimas que no van a ninguna parte, mientras me suplica que hable con su novia para convencerla de seguir con ella cuando mi amiga Bernarda se case dentro de unos meses.

Pero yo no puedo.

No puedo pedirle a nadie que haga algo que yo misma no estaría dispuesta a hacer.

Y  me guardo debajo de la lengua las ganas de explorar las posibles soluciones que tendría su problema.

Para no hacerla llorar.

(c) Fotos cortesía de la web
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De hoy, no pasa

De hoy, no pasa, se impuso a sí misma. Y los grados de alcohol que corrían de más por sus venas llegaron hasta la punta de sus dedos y marcaron el número de su madre.

–          Hola mamá.

–          Hola cariño, ¿todo bien?

Igual debería haber llamado a horas menos intempestivas, pensó en un microsegundo de lucidez. Lo mejor en estos casos es tomar carrerilla y soltarlo todo de un tirón.

–          Todo bien. Sólo llamaba para decirte una cosa… Como el fin de semana pasado os habíais alegrado tanto por la hermana… Yo también quería deciros que llevo un año saliendo con alguien.

–          ¡Qué callado te lo tenías!

–          Sí… bueno… es que no me atrevía a decíroslo porque no sabía cómo os lo ibais a tomar…

Su corazón levantó el vuelo al tiempo que apretaba la mano de su novia para evitar la sensación de vértigo que, de pronto, la invadía.

–          ¿Por qué? ¡¿Es que estás saliendo con un negro?!

Sophia Wallace

17 mayo: Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia

Historia basada en un hecho real.
Foto (c) Sophia Wallace

El hombre de papel

“¡Mirad qué bonito!” – escribía la Chanchi en el feisbuk para compartir este cortometraje de Disney que ha sido nominado a los Oscars de este año en la categoría de “Mejor Cortometraje Animado”. El título en inglés es “paperman”, acrónimo de “nóminas y contabilidad, administración de personal” (“payroll and accounting, personal management”); aunque también podría traducirse como “hombre de papel”. No me cabe duda de que los secuaces de Disney están jugando con las palabras para echarse unas risas a costa del público.

A grandes rasgos, el cortometraje cuenta la historia de un oficinista que se enamora de una mujer en la estación de tren y que luego se cruza con ella por casualidad e intenta conquistarla con aviones de papel. Los créditos muestran imágenes de los dos sentados en una cafetería como dos enamorados. Una historia romántica, anuncian todos. Una historia dulce que te arrancará una sonrisa, dice la revista Forbes.

(Un momento que necesito ir al baño.)

A mí lo que me parece es una versión moderna del príncipe azul y la princesa encantada. La típica historia de amor a la que Disney nos tiene acostumbrados en la que el príncipe azul sólo tiene que estar ahí en el momento oportuno y ella se va a enamorar de él sí o sí, sin necesidad de hacer ningún tipo de méritos. Aunque ésta es Disneylandia llevado al extremo. Los protagonistas no necesitan intercambiar ni una palabra para enamorarse en el transcurso de un día. El príncipe azul del siglo XXI ni siquiera necesita rescatar a la princesa encantada de ningún peligro. Sólo tiene que poner cara de bobalicón para que ella le responda con un aleteo de pestañas. Y fueron felices, y comieron perdices.

Que no, Chanchi, que no. Que así nadie va a encontrar el amor. No nos dejemos engañar; los aviones de papel no son más que todos los pájaros que nos quieren meter en la cabeza.

PD. Para ver el vídeo haced click en la imagen.

paperman

Amor de madre

Mafaldaylasopa

– ¿Qué vas a cenar?

– Nada. No tengo hambre.

– Pues cena algo.

– Mamá, ya sabes que nunca ceno.

– Tómate aunque sea un vaso de leche.

– No me apetece.

– ¿Y un yogur?

– Que no tengo hambre.

– Son Activia. Los he comprado para ti. Yo sé que tú compras Activia. Pero aquí no hay de higo.

Risas.

– ¿Y una pieza de fruta? He comprado plátanos. Y kiwis. Que se que te gustan.

(Suspiro. Bueno, más bien, bufido)

– También hay cañas de chocolate.

– Mamá, no quiero cenar. No tengo hambre. Nunca ceno. Cada vez que vengo la misma pelea.

– ¿Y te vas a ir a la cama con el estómago vacío? Pues cena algo, mira.

– Mamá, cariño, no te lo tomes como algo personal pero te voy a ignorar.

– ¡Hay que ver qué mala pata tienes!

 

Tres minutos más tarde:

– ¿Te hago unas tostadas?

Al gato y al ratón

Los ratones colorados avisaron a los ratones verdes de que habían visto un ejército de gatos daltónicos de camino al poblado. Venían armados hasta los bigotes y con cara de pocos amigos.

Los ratones verdes y los ratones colorados corrieron a buscar amparo bajo el mismo techo. Las ratonas abrazaban a sus ratoncitos mientras rogaban al dios de los ratones blancos que los gatos daltónicos respetaran suelo sagrado.

Pero a los gatos daltónicos les habían contado que en la guerra todo vale. Así que entraron en la morada del Señor y ordenaron a los ratones colorados  que dieran un paso al frente.

Los ratones verdes y los ratones colorados se miraron unos a otros. Atemorizados. Los años de convivencia pacífica les mostraron hermanos, tíos y vecinos. No colores.

Como ningún ratón se movió de su sitio, los gatos daltónicos no tuvieron más remedio que matar a todos y cada uno los ratones, verdes y colorados, para poder así cumplir la misión que les había sido encomendada.

Iglesia de Goundi, Chad

Iglesia de Goundi, Chad

Mamá, mi novia me pega

Hace tiempo leí un libro de Juan José Millás que contenía un relato sobre un hombre que un día se mete en su propio armario y descubre que todos los armarios de la ciudad están conectados entre sí. El protagonista nunca encuentra el camino de vuelta y se queda atrapado para siempre en un laberinto infinito de armarios. Se me antoja que esta metáfora de los armarios bien puede ilustrar el problema al que se enfrentan muchas mujeres que se encuentran en relaciones sentimentales con otras mujeres y que, además, son víctimas de violencia de género por sus parejas, también mujeres.

Coincido con los que opinan que el término “violencia de género” es una construcción social que dista de ser inclusivo, ya que deja fuera a muchos colectivos que muchas veces se ven desprotegidos por la ley por no entrar en la definición legal del término. Cuando se habla de violencia de género en nuestra sociedad automáticamente nos viene a la mente un hombre blanco que maltrata a una mujer blanca. Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad patriarcal, heterosexual, blanca y misógina. O eso nos quieren hacer creer.

La violencia no hace distinción de razas, religiones, géneros ni orientaciones sexuales. Cualquier persona puede ser víctima de abuso por su pareja sentimental. Cualquiera: hombre, mujer, hetero, gay, lesbiana, transexual, cristiano, musulmán, hindú, blanco, negro, amarillo, verde o morado. Cualquiera. Con la excusa de que hoy es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer me gustaría recordar a aquellas mujeres víctimas de violencia a manos de otras mujeres. Un tema todavía tabú sobre el que sólo se ha empezado a estudiar en los últimos veinte años, y de una manera minoritaria, por culpa de ese laberinto de armarios al que me refería más arriba (cada armario representa un prejuicio social).

Nos metieron en la cabeza que las mujeres somos el sexo débil. Nos hicieron creer que las mujeres somos amables, tolerantes, bondadosas, comprensivas, compasivas, maternales… lo que automáticamente nos lleva a pensar que las relaciones entre mujeres están basadas en el amor y respeto mutuo. Muchas, sí. Otras muchas, no. La violencia doméstica y el abuso sexual también existen en las relaciones lésbicas y negarlo, o pasarlo por alto, sólo acentúa el problema.

En las sociedades occidentales la masculinidad se asocia con la agresión, la dominación y la autoridad en las relaciones de pareja. Esta creencia se extrapola a las relaciones entre mujeres, asumiendo erróneamente que la agresora es la mujer que asume el papel masculino y que la víctima es la que desempeña el papel femenino en la pareja. Permitid que me cargue este mito: en las relaciones entre mujeres no tiene por qué haber una que “hace” de hombre y otra de mujer. Y ya que estamos, también quisiera acabar con el otro: cualquier mujer, masculina o no, puede convertirse en agresora. El físico, las apariencias y el comportamiento de una mujer no tienen nada que ver con sus intentos violentos de subyugar a su pareja.

Existen muchas similitudes entre el tipo de violencia que existe entre compañeros sentimentales heterosexuales y aquélla que se da entre compañeros sentimentales homosexuales: violencia física, psicológica, sexual y económica. Llámala como quieras. Lo importante no es la forma que toma sino el tipo de comportamiento en el que se inspira: abusivo, coercitivo, intimidatorio, manipulador, castigador y controlador.

Sin embargo, también existen algunas diferencias fundamentales entre la violencia entre parejas homosexuales y parejas heterosexuales, diferencias que tienen su raíz en la homofobia fundamentalmente. Debido al rechazo del comportamiento homosexual que existe en muchas sociedades (una cosa es que la homosexualidad esté legalizada y otra muy distinta que esté aceptada socialmente) muchas agresoras amenazan a su pareja con hacer pública su homosexualidad. Esto puede resultar en el rechazo de amigos y familiares, pérdida del trabajo y otras consecuencias discriminatorias que convierten a esta amenaza en un arma de opresión poderosa.

La misma sociedad homofóbica hace que las agredidas decidan no buscar ayuda. Si no han salido del primer armario, ¿cómo van a salir del segundo? El miedo al rechazo, la discriminación, el abuso y el acoso debido a su condición sexual ahogan su grito… o lo ignoran, si decidieron no ocultar su orientación sexual y se toparon de frente con la intolerancia. Muchas se encuentran solas, carentes del apoyo de amigos y familiares que las repudian por el hecho de sentirse atraídas sexualmente hacia otras mujeres.

Las que deciden denunciar a su pareja puede que se encuentren con el rechazo institucional, por no estar amparadas por la ley o por no ser creídas. A veces se encuentran con que ellas también son detenidas porque las autoridades son incapaces de averiguar quién agredió a quién. Otras acaban convirtiéndose en víctimas del lenguaje homófobo, sexista, racista, misógino, denigrante e irrespetuoso de aquellos en los que buscan amparo. Por eso muchas prefieren guardar silencio, porque el precio que a lo mejor se ven obligadas a pagar para acabar con el abuso de su pareja (la humillación pública) es demasiado alto, y se pierden, sin querer queriendo, en el laberinto de armarios del que os hablaba al principio.

Tío Nashaat

Cuando un fantasma te persigue tienes dos opciones: meterte debajo de las sábanas y cerrar los ojos, o salir a su encuentro y plantarle cara. Aseel se encuentra un día con el suyo particular: las circunstancias que envolvieron la muerte de su tío Nashaat, mártir por la causa palestina, en el año 1982, cuando él tenía 5 años de edad. En un viaje hacia sí mismo, Aseel emprende el camino hacia la verdad, que toma diferentes formas dependiendo de las bocas que la modelan. Al final del documental, el tío Nashaat se convierte en un mártir por partida triple, porque su condición de mártir no es puesta en duda en ningún momento.

Sin embargo, a mí lo que me más llamó la atención desde el principio fue la figura del padre de Aseel, que opina que es mejor morir asesinado que de leucemia (hasta la muerte tiene categorías). El documental se cierra con más preguntas que respuestas. ¿Cuál era la relación del padre de Aseel con el tío Nashaat, su hermano? Nos cuenta que tenían una relación muy estrecha y que su padre lo consideraba “el único” (“the one”), pero nos dejan con la miel en los labios. ¿Hasta qué punto estaba involucrado su padre con la lucha anti-israelí de su hermano? ¿Por qué ese cambio brusco de personalidad después de la muerte de su hermano? ¿Por qué, 20 años después de su muerte, todavía se niega a admitir que Nasaat se fue para no volver? ¿Por qué cuando Aseel investiga sobre la muerte de su tío Nasaat, el nombre de su padre aparece en muchas conversaciones? ¿Por qué desaparece (emocionalmente hablando) de la vida de su hijo Aseel, con sólo 5 años, a raíz de la muerte de su hermano? ¿Estaba quizás transfiriendo sentimientos de hermano a hijo? Varias veces se menciona que Aseel se parece mucho a su tío. ¿Por qué su padre decide rencarnarse en él mismo, para convertirse en otro padre, tras el accidente de coche de Aseel? ¿El miedo le arañó las entrañas al ver que casi pierde también a Assel? ¿Se dio quizás cuenta de que ya lo había perdido y que no quería perderlo otra vez? ¿Hay un motivo, aparte de la avaricia, por el que sus propios hermanos le han robado sus tierras?

La enorme sala de cine, con diez asientos ocupados, se me antojó una metáfora de lo que acababa de ver. Me quedé con el sabor de los asientos vacíos, uno por cada pregunta insinuada al aire. Me dio la impresión de que Assel perdió una oportunidad única para explorar la relación con su padre. Para decirle adiós de una vez a todos sus fantasmas. O quizás no. Quizás hace tiempo que los fantasmas se marcharon y esa conversación sí tuvo lugar; pero esta vez le dijo la verdad a su padre y la cámara estaba realmente acabada.

Uncle Nashaat
2011
Dirigida por Aseel Mansour, director palestino-jordano nacido en Bagdad en 1977. Se trasladó a Amán en 1991.  En el 2004 ganó en Jordania el premio al Mejor Director del Año por su película “Alert Guns”. En el 2006 obtuvo el Premio Mención Especial de Cine Árabe por su cortometraje “Little Feet”.