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El dilema de mi amiga Bernarda

BisexualidadMi amiga Bernarda en realidad no se llama Bernarda; aunque eso ahora carece de importancia. Mi amiga Bernarda es libanesa, lleva hijab y se identifica como bisexual. El hermano de mi amiga Bernarda es homosexual. Ella lo sabe aunque él no se lo haya dicho. El hermano de mi amiga Bernarda sabe que su hermana es bisexual. El lo sabe aunque ella nunca se lo haya dicho. Los padres de mi amiga Bernarda no saben nada de nada porque nunca nadie se lo ha confesado. Mi amiga Bernarda está enamorada de una mujer desde hace varios años y prometida con un hombre desde hace pocos meses. Mi amiga Bernarda quiere casarse y tener hijos, pero no quiere renunciar a su novia. Mi amiga Bernarda pretende que su novia acepte la situación. Mi amiga Bernarda me pide opinión. Le digo que si se casa, tarde o temprano, tendrá que elegir. Que es una egoísta. Que no tiene derecho a pedirle a nadie algo así. Los bisexual1ojos de mi amiga Bernarda se llenan de lágrimas y me ruega que no la llame egoísta. No entiende por qué no puede tenerlo todo. Por qué su novia está deprimida y no quiere verla. Mi amiga Bernarda dice que no puede concebir la vida sin ella. Que su novia es la razón de su existencia. Pero que quiere casarse y tener hijos. Mi amiga Bernarda también está deprimida. Me lo confiesa entre risas y lágrimas que no van a ninguna parte, mientras me suplica que hable con su novia para convencerla de seguir con ella cuando mi amiga Bernarda se case dentro de unos meses.

Pero yo no puedo.

No puedo pedirle a nadie que haga algo que yo misma no estaría dispuesta a hacer.

Y  me guardo debajo de la lengua las ganas de explorar las posibles soluciones que tendría su problema.

Para no hacerla llorar.

(c) Fotos cortesía de la web

De hoy, no pasa

De hoy, no pasa, se impuso a sí misma. Y los grados de alcohol que corrían de más por sus venas llegaron hasta la punta de sus dedos y marcaron el número de su madre.

–          Hola mamá.

–          Hola cariño, ¿todo bien?

Igual debería haber llamado a horas menos intempestivas, pensó en un microsegundo de lucidez. Lo mejor en estos casos es tomar carrerilla y soltarlo todo de un tirón.

–          Todo bien. Sólo llamaba para decirte una cosa… Como el fin de semana pasado os habíais alegrado tanto por la hermana… Yo también quería deciros que llevo un año saliendo con alguien.

–          ¡Qué callado te lo tenías!

–          Sí… bueno… es que no me atrevía a decíroslo porque no sabía cómo os lo ibais a tomar…

Su corazón levantó el vuelo al tiempo que apretaba la mano de su novia para evitar la sensación de vértigo que, de pronto, la invadía.

–          ¿Por qué? ¡¿Es que estás saliendo con un negro?!

Sophia Wallace

17 mayo: Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia

Historia basada en un hecho real.
Foto (c) Sophia Wallace

El hombre de papel

“¡Mirad qué bonito!” – escribía la Chanchi en el feisbuk para compartir este cortometraje de Disney que ha sido nominado a los Oscars de este año en la categoría de “Mejor Cortometraje Animado”. El título en inglés es “paperman”, acrónimo de “nóminas y contabilidad, administración de personal” (“payroll and accounting, personal management”); aunque también podría traducirse como “hombre de papel”. No me cabe duda de que los secuaces de Disney están jugando con las palabras para echarse unas risas a costa del público.

A grandes rasgos, el cortometraje cuenta la historia de un oficinista que se enamora de una mujer en la estación de tren y que luego se cruza con ella por casualidad e intenta conquistarla con aviones de papel. Los créditos muestran imágenes de los dos sentados en una cafetería como dos enamorados. Una historia romántica, anuncian todos. Una historia dulce que te arrancará una sonrisa, dice la revista Forbes.

(Un momento que necesito ir al baño.)

A mí lo que me parece es una versión moderna del príncipe azul y la princesa encantada. La típica historia de amor a la que Disney nos tiene acostumbrados en la que el príncipe azul sólo tiene que estar ahí en el momento oportuno y ella se va a enamorar de él sí o sí, sin necesidad de hacer ningún tipo de méritos. Aunque ésta es Disneylandia llevado al extremo. Los protagonistas no necesitan intercambiar ni una palabra para enamorarse en el transcurso de un día. El príncipe azul del siglo XXI ni siquiera necesita rescatar a la princesa encantada de ningún peligro. Sólo tiene que poner cara de bobalicón para que ella le responda con un aleteo de pestañas. Y fueron felices, y comieron perdices.

Que no, Chanchi, que no. Que así nadie va a encontrar el amor. No nos dejemos engañar; los aviones de papel no son más que todos los pájaros que nos quieren meter en la cabeza.

PD. Para ver el vídeo haced click en la imagen.

paperman

Amor de madre

Mafaldaylasopa

– ¿Qué vas a cenar?

– Nada. No tengo hambre.

– Pues cena algo.

– Mamá, ya sabes que nunca ceno.

– Tómate aunque sea un vaso de leche.

– No me apetece.

– ¿Y un yogur?

– Que no tengo hambre.

– Son Activia. Los he comprado para ti. Yo sé que tú compras Activia. Pero aquí no hay de higo.

Risas.

– ¿Y una pieza de fruta? He comprado plátanos. Y kiwis. Que se que te gustan.

(Suspiro. Bueno, más bien, bufido)

– También hay cañas de chocolate.

– Mamá, no quiero cenar. No tengo hambre. Nunca ceno. Cada vez que vengo la misma pelea.

– ¿Y te vas a ir a la cama con el estómago vacío? Pues cena algo, mira.

– Mamá, cariño, no te lo tomes como algo personal pero te voy a ignorar.

– ¡Hay que ver qué mala pata tienes!

 

Tres minutos más tarde:

– ¿Te hago unas tostadas?

Al gato y al ratón

Los ratones colorados avisaron a los ratones verdes de que habían visto un ejército de gatos daltónicos de camino al poblado. Venían armados hasta los bigotes y con cara de pocos amigos.

Los ratones verdes y los ratones colorados corrieron a buscar amparo bajo el mismo techo. Las ratonas abrazaban a sus ratoncitos mientras rogaban al dios de los ratones blancos que los gatos daltónicos respetaran suelo sagrado.

Pero a los gatos daltónicos les habían contado que en la guerra todo vale. Así que entraron en la morada del Señor y ordenaron a los ratones colorados  que dieran un paso al frente.

Los ratones verdes y los ratones colorados se miraron unos a otros. Atemorizados. Los años de convivencia pacífica les mostraron hermanos, tíos y vecinos. No colores.

Como ningún ratón se movió de su sitio, los gatos daltónicos no tuvieron más remedio que matar a todos y cada uno los ratones, verdes y colorados, para poder así cumplir la misión que les había sido encomendada.

Iglesia de Goundi, Chad

Iglesia de Goundi, Chad

Mamá, mi novia me pega

Hace tiempo leí un libro de Juan José Millás que contenía un relato sobre un hombre que un día se mete en su propio armario y descubre que todos los armarios de la ciudad están conectados entre sí. El protagonista nunca encuentra el camino de vuelta y se queda atrapado para siempre en un laberinto infinito de armarios. Se me antoja que esta metáfora de los armarios bien puede ilustrar el problema al que se enfrentan muchas mujeres que se encuentran en relaciones sentimentales con otras mujeres y que, además, son víctimas de violencia de género por sus parejas, también mujeres.

Coincido con los que opinan que el término “violencia de género” es una construcción social que dista de ser inclusivo, ya que deja fuera a muchos colectivos que muchas veces se ven desprotegidos por la ley por no entrar en la definición legal del término. Cuando se habla de violencia de género en nuestra sociedad automáticamente nos viene a la mente un hombre blanco que maltrata a una mujer blanca. Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad patriarcal, heterosexual, blanca y misógina. O eso nos quieren hacer creer.

La violencia no hace distinción de razas, religiones, géneros ni orientaciones sexuales. Cualquier persona puede ser víctima de abuso por su pareja sentimental. Cualquiera: hombre, mujer, hetero, gay, lesbiana, transexual, cristiano, musulmán, hindú, blanco, negro, amarillo, verde o morado. Cualquiera. Con la excusa de que hoy es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer me gustaría recordar a aquellas mujeres víctimas de violencia a manos de otras mujeres. Un tema todavía tabú sobre el que sólo se ha empezado a estudiar en los últimos veinte años, y de una manera minoritaria, por culpa de ese laberinto de armarios al que me refería más arriba (cada armario representa un prejuicio social).

Nos metieron en la cabeza que las mujeres somos el sexo débil. Nos hicieron creer que las mujeres somos amables, tolerantes, bondadosas, comprensivas, compasivas, maternales… lo que automáticamente nos lleva a pensar que las relaciones entre mujeres están basadas en el amor y respeto mutuo. Muchas, sí. Otras muchas, no. La violencia doméstica y el abuso sexual también existen en las relaciones lésbicas y negarlo, o pasarlo por alto, sólo acentúa el problema.

En las sociedades occidentales la masculinidad se asocia con la agresión, la dominación y la autoridad en las relaciones de pareja. Esta creencia se extrapola a las relaciones entre mujeres, asumiendo erróneamente que la agresora es la mujer que asume el papel masculino y que la víctima es la que desempeña el papel femenino en la pareja. Permitid que me cargue este mito: en las relaciones entre mujeres no tiene por qué haber una que “hace” de hombre y otra de mujer. Y ya que estamos, también quisiera acabar con el otro: cualquier mujer, masculina o no, puede convertirse en agresora. El físico, las apariencias y el comportamiento de una mujer no tienen nada que ver con sus intentos violentos de subyugar a su pareja.

Existen muchas similitudes entre el tipo de violencia que existe entre compañeros sentimentales heterosexuales y aquélla que se da entre compañeros sentimentales homosexuales: violencia física, psicológica, sexual y económica. Llámala como quieras. Lo importante no es la forma que toma sino el tipo de comportamiento en el que se inspira: abusivo, coercitivo, intimidatorio, manipulador, castigador y controlador.

Sin embargo, también existen algunas diferencias fundamentales entre la violencia entre parejas homosexuales y parejas heterosexuales, diferencias que tienen su raíz en la homofobia fundamentalmente. Debido al rechazo del comportamiento homosexual que existe en muchas sociedades (una cosa es que la homosexualidad esté legalizada y otra muy distinta que esté aceptada socialmente) muchas agresoras amenazan a su pareja con hacer pública su homosexualidad. Esto puede resultar en el rechazo de amigos y familiares, pérdida del trabajo y otras consecuencias discriminatorias que convierten a esta amenaza en un arma de opresión poderosa.

La misma sociedad homofóbica hace que las agredidas decidan no buscar ayuda. Si no han salido del primer armario, ¿cómo van a salir del segundo? El miedo al rechazo, la discriminación, el abuso y el acoso debido a su condición sexual ahogan su grito… o lo ignoran, si decidieron no ocultar su orientación sexual y se toparon de frente con la intolerancia. Muchas se encuentran solas, carentes del apoyo de amigos y familiares que las repudian por el hecho de sentirse atraídas sexualmente hacia otras mujeres.

Las que deciden denunciar a su pareja puede que se encuentren con el rechazo institucional, por no estar amparadas por la ley o por no ser creídas. A veces se encuentran con que ellas también son detenidas porque las autoridades son incapaces de averiguar quién agredió a quién. Otras acaban convirtiéndose en víctimas del lenguaje homófobo, sexista, racista, misógino, denigrante e irrespetuoso de aquellos en los que buscan amparo. Por eso muchas prefieren guardar silencio, porque el precio que a lo mejor se ven obligadas a pagar para acabar con el abuso de su pareja (la humillación pública) es demasiado alto, y se pierden, sin querer queriendo, en el laberinto de armarios del que os hablaba al principio.

Tío Nashaat

Cuando un fantasma te persigue tienes dos opciones: meterte debajo de las sábanas y cerrar los ojos, o salir a su encuentro y plantarle cara. Aseel se encuentra un día con el suyo particular: las circunstancias que envolvieron la muerte de su tío Nashaat, mártir por la causa palestina, en el año 1982, cuando él tenía 5 años de edad. En un viaje hacia sí mismo, Aseel emprende el camino hacia la verdad, que toma diferentes formas dependiendo de las bocas que la modelan. Al final del documental, el tío Nashaat se convierte en un mártir por partida triple, porque su condición de mártir no es puesta en duda en ningún momento.

Sin embargo, a mí lo que me más llamó la atención desde el principio fue la figura del padre de Aseel, que opina que es mejor morir asesinado que de leucemia (hasta la muerte tiene categorías). El documental se cierra con más preguntas que respuestas. ¿Cuál era la relación del padre de Aseel con el tío Nashaat, su hermano? Nos cuenta que tenían una relación muy estrecha y que su padre lo consideraba “el único” (“the one”), pero nos dejan con la miel en los labios. ¿Hasta qué punto estaba involucrado su padre con la lucha anti-israelí de su hermano? ¿Por qué ese cambio brusco de personalidad después de la muerte de su hermano? ¿Por qué, 20 años después de su muerte, todavía se niega a admitir que Nasaat se fue para no volver? ¿Por qué cuando Aseel investiga sobre la muerte de su tío Nasaat, el nombre de su padre aparece en muchas conversaciones? ¿Por qué desaparece (emocionalmente hablando) de la vida de su hijo Aseel, con sólo 5 años, a raíz de la muerte de su hermano? ¿Estaba quizás transfiriendo sentimientos de hermano a hijo? Varias veces se menciona que Aseel se parece mucho a su tío. ¿Por qué su padre decide rencarnarse en él mismo, para convertirse en otro padre, tras el accidente de coche de Aseel? ¿El miedo le arañó las entrañas al ver que casi pierde también a Assel? ¿Se dio quizás cuenta de que ya lo había perdido y que no quería perderlo otra vez? ¿Hay un motivo, aparte de la avaricia, por el que sus propios hermanos le han robado sus tierras?

La enorme sala de cine, con diez asientos ocupados, se me antojó una metáfora de lo que acababa de ver. Me quedé con el sabor de los asientos vacíos, uno por cada pregunta insinuada al aire. Me dio la impresión de que Assel perdió una oportunidad única para explorar la relación con su padre. Para decirle adiós de una vez a todos sus fantasmas. O quizás no. Quizás hace tiempo que los fantasmas se marcharon y esa conversación sí tuvo lugar; pero esta vez le dijo la verdad a su padre y la cámara estaba realmente acabada.

Uncle Nashaat
2011
Dirigida por Aseel Mansour, director palestino-jordano nacido en Bagdad en 1977. Se trasladó a Amán en 1991.  En el 2004 ganó en Jordania el premio al Mejor Director del Año por su película “Alert Guns”. En el 2006 obtuvo el Premio Mención Especial de Cine Árabe por su cortometraje “Little Feet”.

Me quedo

Me quedo con el olor a café recién molido, el molinillo rojo y el sabor del grano que me metía en la boca antes de molértelo. Me quedo con la bofetada que me diste aquel día en que te llamé loca de broma. Me quedo con tus calores y la imagen de tu cuerpo en bragas y sujetador mientras cocinabas con un delantal como único vestido. Me quedo con tus mejillas sonrosadas y el brillo de tus ojos. Con el tintineo de tu risa. Me quedo con tu voz incrédula cuando te llamé aquella vez desde Inglaterra y no me creíste. “¡Mentirosa! ¡Que te oigo aquí al lado!”. Me quedo con tu paciencia para seguirnos las bromas. Me quedo con el amor que nos diste. Con tu bondad. Pero también con tu machismo. Me quedo con tus rarezas. Con las escasas historias que nos contaste sobre la guerra civil. Me quedo con el dolor agudo de los meses en que el abuelo dejó de hablarme porque tú le pusiste en mi contra injustamente.

Me quedo con tu voz de agobio cuando querías hacer algo y no podías porque se te había olvidado cómo hacerlo.”¡Ay, no me acuerdo!” suspirabas. Me quedo con aquella vez que decidí sacarte a pasear. Con lo mala que te pusiste sin parar de vomitar. Me quedo con tu cara amoratada cuando te caíste intentando escapar de las garras de la silla de ruedas, y la risa triste que me entró cuando te pregunté qué te había pasado y me dijiste que te habías caído de la moto. Me quedo con tu mirada perdida. Con aquella vez que te pusimos mirando a la ventana para que cambiaras de vistas y empezaste a gritar: “¡Socorro! ¡Socorro! ¡Sacadme de aquí!” Me quedo con tu expresión de mala hostia. Porque ya no te quedaba otra. Me quedo con el sabor a hogar que me regalaste las navidades pasadas, cuando nos reuniste a todos en el hospital. Con los besos aleatoriamente repartidos.

Y me quedo tranquila porque no me quedó ni un te quiero por decirte, ni un abrazo por darte. Me quedo feliz, aunque no llegara a tiempo a tu entierro, porque sé que te fuiste sabiéndote amada. En silencio. Sin dolor. Plácidamente despacio. Me quedo tranquila, porque como no creo en el cielo te llevo en mi corazón. Pero, sobre todo, me quedo tranquila porque sé que estarás bien acompañada.

Dale un beso y un abrazo al abuelo de mi parte.

Entre risa y risa

Creo que se llamaba Víctor. Por lo visto, un día le miré en la cantina del trabajo y le sonreí. En ese mismo instante le empecé a gustar. O, al menos, eso fue lo que él me dijo. Yo no recuerdo ese momento ni mucho menos haberle visto antes. Pero, si él lo dice, será verdad. Los treinta y siete minutos que duraba el descanso nos los pasábamos mis compañeras y yo muriéndonos de la risa. A veces no nos daba tiempo a terminar la comida. Es posible que entre risa y risa echara un vistazo desinteresado a lo poco que ocurría a mi alrededor y que él estuviera en mi campo de visión. Da igual. Te regalo esa sonrisa, Víctor. Ésa, y las que vinieron después.

Un día se acercó con sus dos amigos a nuestra mesa y nos pidieron si podían sentarse con nosotras. Nosotras aceptamos, divertidas. Aquello se convertiría en una costumbre intermitente. Nos reíamos mucho con ellos. Nunca de ellos. Nos confesaron que presumían entre sus compañeros de fábrica de ser los únicos que eran amigos de las “chicas de la oficina” y que a los demás les daba envidia. Un día, después de comer, decidimos aceptar la invitación de ir a ver donde ellos trabajaban. Corrieron a saludarnos, con orgulloso de madre, y nos pasearon por su fábrica como si fuéramos un trofeo.

A veces, las risas del mediodía se aplacaban con confidencias que nos dejaban la boca pastosa. Las burlas de sus compañeros de trabajo, el tipo de contrato de formación que tenían, la esperanza, hasta el último día de contrato, de que les renovaran… Víctor me pidió si podía venir a mi despacho a despedirse de mí. Aquel día cambió su atuendo para no desentonar con los que trabajábamos delante de un ordenador. A mí aquello me produjo un cosquilleo en la punta de los dedos de los pies. Nos despedimos sabiendo que, a las cinco, como cada día, nos encontraríamos en el autobús de empresa que nos dejaría en Plaza Castilla. En el trayecto me contó la vida que había vivido hasta entonces y la que viviría ahora que se había quedado sin trabajo. Lo hizo con la madurez que pertenecía a un chico de su edad y que el mundo se negaba a reconocerle. Antes de coger el metro me abrazó y, mirándome a lo ojos, muy serio, me dijo: lo que me gusta de ti es que no me tratas diferente; me tratas como a los demás. Yo me marché con el corazón húmedo y la certeza de que nunca más le volvería a ver.

Me equivocaba. Hoy te volví a ver, Víctor (sí, te llamabas Víctor), mientras preparaba una misión de apoyo al Líbano para recopilar historias de beneficiarios de uno de nuestros proyectos. Te llamabas Abdullah, y seguías siendo aquel joven con una ligera minusvalía intelectual que se quedó sin trabajo después de su formación como mecánico. Doce años más tarde, tu recuerdo volvió a humedecerme el corazón. Ojalá te vaya bonito, donde quiera que estés.

PD. Recuerda la invitación de Nergal el 19 de septiembre, ¡tod@s a hablar de nuestras vacaciones!

PD2. ¡Y no te olvides que a partir del 14 de septiembre tienes una cita de tres días en Guadalajara con el Titiriguada! Aquí te dejo la programación para que vayas abriendo boca: teatro sensorial para bebés, cabaret poético, talleres, pasacalles y mucho, mucho color. Hazte amig@ de ell@s en facebook.

El matrimonio perfecto

Compartíamos el mismo cuarto pero dormíamos en camas separadas. Ella tenía su novio y yo mis amantes. No nos dábamos un beso de buenas noches. Tampoco disgustos.  Los lunes intercambiábamos un sueño roto por tres promesas olvidadas. No hacíamos la compra juntas ni teníamos los mismos amigos. Ella me escuchaba chirriar los dientes por la noche y yo levantarse a horas colombianas. No nos amábamos, pero nos queríamos. 

PD. Recuerda la invitación de Nergal el 19 de septiembre, ¡tod@s a hablar de nuestras vacaciones!

Te doy mis ojos

Sólo tengo ojos para ti, me dijo. Yo la miré incrédula. Ella, ofendida, se sacó un ojo con cada mano y, extendiendo los brazos, me los ofreció. Pero yo no te amo, le dije.

Peregrino sufí durante el Festival “Urs”
(c) The Guardian

Cincuenta palabras, una vida

Por el resquicio de la puerta escuchó a Doña Clotilde decir que el amor viene cuando uno menos se lo espera. Sintió que una daga al rojo vivo le atravesaba el corazón. Aterrorizada, se acunó en su mecedora, y allí se murió, despacio, mientras esperaba el amor hasta la saciedad.

(C) The Guardian

PD. Descaradamente, me he auto-invitado al reto de Marga: escribir un micro relato de 50 palabras. ¿Alguien más se anima? No hay fecha de caducidad (creo).

PD2. Aquí os dejo el enlace donde nuestra queridísima Mercedes recogió todos los micro-relatos que se habían escrito hasta entonces http://mercedesmolinero.wordpress.com/2012/08/26/50-palabras-solamente/.  Elevalunas llegó tarde para ser incluido en la antología, pero como tiene enchufe, también os incluyo el enlace  al suyo http://nosoloimpulsos.wordpress.com/2012/08/26/vicio-solitario-en-50-palabras/. Para vuestro deleite.

Yo sí puedo

Nunca antes había escuchado latir así su corazón. Temió que le fuera a dar un infarto. Respiró profundamente y contó hasta tres.

Uno.

Cerró los ojos.

Dos.

Tres.

Los volvió a abrir.

Con las manos temblorosas abrió el cajón de la coqueta. Las piernas le flaqueaban y una gota de sudor frío le quemó el pecho. Su corazón le imploró al cielo que no se la llevara. Todavía no.

Cogió todas las cartas, unidas con hilo de torzal, y las puso en su regazo. Los ojos se le encharcaron de lágrimas. Abrió la primera y sus dedos la leyeron despacio, en voz baja. Abrió la segunda. La tercera. La cuarta. Y en aquella tarde de un otoño cálido rompió el sello de todas y cada una de las cartas que, durante años, día tras día, había recibido.

Con ellas revivió el primer beso. Los te quiero. La propuesta de matrimonio. Los sin ti no puedo vivir. La guerra. El dolor de su ausencia. La esperanza de un reencuentro. El amor que todo lo podía. Sobre todo el amor.

Y lloró. Lloró de rabia. Lloró de frustración y de impotencia. Y con el alma seca también lloró de felicidad. Aquélla que da la satisfacción de haber sabido esperar, paciente, que los años le dieran la oportunidad de aprender a leer, para poder teñirse las últimas canas con las brasas de aquel amor que le dio la vida y que la misma vida le arrancó.

Día Internacional de la Alfabetización

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PD. Historia contada a mi manera pero descaradamente plagiada de http://criaturadeisla.wordpress.com/2012/06/28/historias/. Espero que no te importe, “criatura”. Historias como ésta merecen ser compartidas.

PD2. El Día de la Alfabetización es en realidad el 8 de septiembre, pero yo lo apunté mal en mi calendario y publiqué esta entrada un mes antes. Cosas que pasan 🙂

Hasta la fecha

Ella era la única persona a la que escribía por obligación. Supongo que lo hacía para evitar futuros calentamientos de cabeza durante mis apáticas visitas. Y para no alimentar envidias con la otra. Pero nunca por amor.

Un día me pidió que abriera un cajón para llevarle algo. Allí estaban todas las cartas que yo había mandado a lo largo de los años. Tristemente apiladas. E intactas. Le pregunté por qué nunca se había molestado en abrirlas. Me contestó que porque no sabía leer.

¿Por qué nunca antes lo había mencionado? ¿Por qué nunca pidió a nadie que se las leyera? ¿Por qué ni siquiera rompió el sobre para ver si contenía fotos o postales? ¿Para qué las guardaba? ¿Alguna vez se había preguntado, o habría preguntado, quién era el remitente?

Me di cuenta de que estaba ante una desconocida.

Nunca más volví a escribirle.

Años más tarde, cuando me cansé de dar besos y abrazos no correspondidos, también dejé de ir a verla.

Y hasta la fecha.

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Hasta que la muerte nos vuelva a juntar

Dicen que la magia tiene truco, pero yo no acabo de creérmelo. Cuando llegué a la Royal Film Commission y entré, sin esperármelo, en aquel anfiteatro al aire libre, con unas Untitled-11magníficas vistas al casco viejo de Amán, y con la Ciudadela brillando al fondo, supe que aquella magia era real.

Encontré un sitio privilegiado para ver la película Habibi, parte del Festival de cine Franco-árabe que se celebra todos los años en la capital. Ya había oscurecido y una brisa fresca nos acariciaba el pelo, haciéndonos olvidar el calor que habíamos pasado unas horas antes. Mis ojos se debatían entre las imágenes de la película, los subtítulos a toda velocidad y el telón de fondo. En un momento, durante la proyección, pude divisar, a lo lejos, unos fuegos artificiales mudos. La magia existe. Yo la sentí en mi piel aquella noche de verano.

Habibi es el primer largometraje que se ha rodado en su totalidad en Gaza eimagesn los últimos 15 años. Cuenta la historia del amor imposible entre dos palestinos, cuya tradición les impide estar juntos en su propia tierra.

Lo interesante de esta película no es sólo lo que cuenta sino lo que muestra: la realidad cotidiana de los palestinos que viven en Gaza. La ocupación israelí. Las balas perdidas. El muro de la vergüenza. La represión. El abuso. La desesperanza. El embargo. El rechazo a los americanos. La falta de movilidad incluso en territorio palestino (entre Gaza y Cisjordania). El peso de las normas sociales que se añade al yugo israelí. La discriminación. La resistencia. El fundamentalismo. La traición. La diferencia de género. Hamas. El pic_16sinsentido de la vida. Los sueños rotos.

Qays no tiene derecho a amar a Layla porque no es lo suficientemente bueno para ella. Como le dice al padre cuando va a pedirle la mano de su hija: ¿No tenemos bastante con la ocupación? ¿Tenemos los palestinos que hacernos la existencia aún más difícil? Pero el padre lo echa furioso a la calle. No quiere que un refugiado se case con su hija. Qays no se rinde. Se niega a perder la esperanza de tener un futuro. Todavía no. Y lucha con lo único que le queda: la poesía.

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“La poesía es un arma cargada de futuro”, – decía nuestro Celaya.

La sombra del dolor

Conocí a Carlos en la Universidad. Había ido con otras dos amigas a informarme de los cursos a distancia y él era el chico que nos daba la información. Lo de estudiar desde casa con ellos me pareció muy complicado, así que enseguida perdí el interés por la conversación. No recuerdo que Carlos me pareciera nada en particular cuando le vi por primera vez. Tampoco recuerdo cómo ni cuándo ni dónde, sólo que, de repente, Carlos y yo estábamos saliendo juntos.

Recuerdo cuánto lloró el día que le dije que me iba. No me lo esperaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba enamorado de mí. Se marchó enfadado y su partida me dejó la piel salada y el corazón del tamaño de una cereza. En ese momento supe que también yo estaba enamorada de él. Corrí en su busca. Dispuesta a dejarlo todo por Carlos.

Me abrió la puerta uno de sus compañeros de piso. Carlos estaba en el salón viendo la tele con el resto. No quería recibirme. Insistí. Tras unas cuantas idas y venidas por parte de su compañero de piso, finalmente Carlos me condujo a su cuarto sin mirarme a los ojos. Nuestras lágrimas se besaron en silencio. Sentí que nunca antes había estado tan segura de lo que hacía. Justo cuando estaba a punto de decirle cuánto le quería, que lo era todo para mí, y que mi vida no tenía sentido si no era para vivirla a su lado, apareció él. Sin nombre ni cara pero con la mirada de un color triste oscuro tirando a reproche.

Y entonces me di cuenta de que no era Carlos a quien quería. Sino a él. Al que no tenía cara ni nombre. Hubo un momento, o dos, o tres, no sé cuantos, de dolor agudo en las entrañas del alma. Un dolor de tener que elegir entre Carlos y una sombra. Un dolor con gusto añejo.

Lloré. Lloré. Y lloré.

Lloré por haber abandonado a Carlos. Por haberle hecho creer que volvería. Lloré cada pedazo de su corazón. Lloré por haber creído que estaba enamorada de él. Por haberle hecho creer que le quería. Lloré por amar a aquél que apareció en forma de sombra. Aplastante. Asfixiante. Lloré porque no quería quererle. Porque yo quería amar con todas mis fuerzas a Carlos. Lloré porque no podía.

 

 

Aquella mañana me levanté triste y con la piel salada, preguntándome quién sería aquel Carlos a quien había hecho tanto daño y a quien nunca conocí. No consigo quitármelo de la cabeza. Por eso te escribo, Carlos, donde quiera que estés y quien quiera que seas. Para pedirte disculpas por todo lo que te hice. Aunque no existas.

¿O sí?

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La niña Kabalaye

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Al principio no sabía si la niña Kabalaye era niño o niña. Como me moría de curiosidad, un día tuve la desfachatez de levantarle la camiseta que le llegaba hasta los tobillos. Ella salió corriendo. Al día siguiente, volvió a venir a mi encuentro. Como había hecho desde mi llegada. Como haría hasta el día antes de mi partida. Día tras día, durante un año, nuestros caminos se cruzarían dos veces por la mañana y dos por la tarde. A la ida, y a la vuelta del trabajo. Siempre a la misma altura.

Entrada al obispado

A veces venía sola. A veces, acompañada de otros niños. Siempre me enseñaba la diminuta palma de su mano izquierda, y con el índice de la derecha se daba pequeños toques en el centro mientras pedía “bonbon, bonbon”. Yo le chocaba los cinco y ella se echaba a reír. Siempre el mismo ritual. Cuatro veces al día, cinco días a la semana. Gran ejemplo de perseverancia.

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Un día, el día de mi cumpleaños, decidí que le daría un “bonbon”. Desde la distancia escuché su canto. “Bonbon, bonbon, bonbon”. Cada vez más cerca. Hasta que, por fin, nos encontramos en el mismo punto de todos los días. La niña Kabalaye llevó a cabo su protocolo particular, me pregunto si con la esperanza de recibir algo a cambio o si lo hacía simplemente llevada por la costumbre. Otros dos niños, menos asiduos a la hora y el lugar, no tardarían en reunirse con nosotras. Me metí la mano en el bolsillo y mis dedos contaron tres caramelos.

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Como si temiera ser descubierta en una situación embarazosa, me apresuré a repartirlos entre ella y los otros dos niños. Con un gesto que pretendía ganarme su complicidad, me llevé el dedo índice a los labios, rogándole silencio. Pero antes de poder acabar una frase en un idioma que de todas formas la niña Kabalaye no entendía, ella salió corriendo en dirección al poblado, agitando el caramelo al aire como si de un trofeo se tratara y gritando “bonbon, bonbon, bonbon, bonbon” a los cuatro vientos. Justo antes de cruzar la puerta del trabajo, unos metros más adelante, pude escuchar una avalancha de niños que venían pidiéndome “bonbon, bonbon” a gritos. Les di la espalda, avergonzada, y me metí en mi despacho.

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La niña Kabalaye siguió viniendo a mi encuentro cuatro veces al día, cinco días a la semana. Me enseñaba la palma de la mano y con el índice de la otra se señalaba el centro. “Bonbon, bonbon”. Yo le chocaba los cinco. Como siempre. Como había hecho hasta el día de mi cumpleaños. Como seguí haciendo después. Ella me respondía siempre con su risa juguetona y una mirada divertida. Sin embargo, a mí, el día de mi cumpleaños me dejó un gusto agrio que dura ya varios años. Ahora ya sé a qué sabe crear falsas esperanzas. A huevo podrido.

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La mañana de mi partida le tenía reservada una sorpresa: un balón diminuto de los muchos que habíamos recibido en un contenedor llegado de España y que empezaban a colorear las calles de Laï. Quería dejarle un regalo. Quería limpiar mi conciencia. Pero esa mañana, ella no apareció. Mis ojos la buscaron en vano entre los abrazos y besos de aquéllos que habían venido a despedirme. Supongo que la despisté. Yo no debería haber estado allí hasta dos horas más tarde.

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Le dejé el recado a una amiga. Le expliqué bien a quién quería que le diera el balón. Ella me aseguró que podía irme tranquila, que sabía de quién se trataba. Poco importaba si la niña Kabalaye no sabía quién se lo enviaba, o si pensaba que venía de la persona equivocada. Yo sólo quería dejarle algo un poco menos perecedero que un caramelo. Para sentirme cerca de ella cuando estuviera lejos. Para quitarme el gusto a huevo podrido.

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Meses más tarde, mi amiga me contó que, cuando le dio el balón, la niña Kabalaye se puso a dar saltos de alegría y a besarlo durante un buen rato. A mí se me saltaron las lágrimas, un poco por la emoción y otro poco por no haber podido estar allí para presenciar el momento. Me consolé pensando que unas semanas antes de decir adiós al rincón chadiano que me había adoptado durante un año, había tenido la desvergüenza de robarle una foto a la niña Kabalaye. A mi niña Kabalaye.

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Tardé más de un año en atreverme a preguntar por ella. Me daba miedo conocer la respuesta. ¡Tantos niños se habían quedado en el camino durante los doce meses que viví en Laï! Un día, por fin, me armé de valor y pregunté desde la distancia con el corazón chiquitito. Hubo un momento de reflexión al otro lado.

Nadie sabía qué había sido de ella. Sólo que un día dejaron de verla, y que no la habían echado de menos, ni de más, hasta que yo se la recordé.

La niña sin nombre. Mi niña Kabalaye.

21. Atardecer en el rio Logona

Día internacional de África

De canciones y madres

Mamitina preciosa,

Me han chivado que hoy es el Día de la Madre en España (¡gracias ternerita wapa!). Se me había olvidado que allí se celebra el primer domingo de mayo, a diferencia de otros países. Y es que tanto cambiar de “barrio” (como diría cierta Reina Maga), me tiene un poco desorientada. Además, aquí, es un dia laborable más. ¿Para cuándo un Día Internacional de la Madre? Así podría apuntármelo en mi calendario y olvidarme del tema hasta que me saltara el recordatorio al año siguiente, como hago con los cumpleaños (porque, en contra de lo que digan, el saber sí ocupa lugar). ¿Te felicité el año pasado? ¿Y el anterior? Ni me acuerdo.

Pero sí que me acuerdo del día que acabaste con mi carrera de cantante. Porque, yo, iba para cantante. Si no, ¿a santo de qué iba a pasarme las tardes encerrada en mi habitación imitando a la Pantoja? ¿O a Pimpinela, cuando te ibas al mercado el sábado por la mañana y nos dejabas a mi hermana y a mí encargadas de la “operación: polvo del salón” (¡y que nadie piense mal!)? ¿Te acuerdas tú de aquel fatídico día? Fue en la “casa de Compostela”. Tú empezaste a cantar una canción de Cecilia y yo te hacía los coros. De repente, te callaste y, entre risas, me dijiste: “cariño, estropeas todas las canciones”. Así, sin más. Sin intro ni prefacio. A bocajarro. Y hasta la fecha.

Sin embargo, no te puedo guardar rencor porque tú sabías bien de qué hablabas. Me acuerdo de cuánto solías cantar en casa y de cómo me gustaba escucharte. ¡Qué bien lo hacías! Y también recuerdo que, un día, dejaste de cantar. Entonces la casa, nuestra casa, dejó de ser la misma. Las paredes se quedaron tristes y los muebles fríos. Durante mucho tiempo eché de menos escuchar tu voz acariciando los marcos de puertas y ventanas. Es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de mi niñez. Yo sé por qué dejaste de cantar, pero no lo voy a contar aquí. Las dos lo sabemos. Y precisamente porque sé el motivo quiero pedirte que, poco a poco, retomes esa antigua costumbre tuya de cantar (prometo no hacerte los coros). Para que yo pueda pararme un segundo, o dos, o cien, y escucharte desde otra habitación, sin que tú lo sepas. Las buenas costumbres no hay que perderlas. Sería “coser y cantar” para ti.

Quedan diecinueve días para volver a verte. Diecinueve días para poder darte un abrazo cruje-huesitos (que no rompe-costillas). Diecinueve días para que nos den nueve ataques de risa. Diecinueve días para que vayas practicando y vuelvas a cantar.

londres¡Feliz Día de la Madre (¿cantarina?) para ti y para todas las madres!

Te quiero miles de millones de infinitomillones.

Tu elefanta.

PD. Acabo de caer porque no hay ni nunca habrá un Día Internacional de la Madre: porque si juntamos todos los días de la madre del mundo, ¡todos los días son el Día de la Madre!

Ayer te vi

Ayer te vi.

Estabas sentado en el parque de al lado de la universidad viendo los niños jugar. La verdad es que no esperaba cruzarme contigo. Y menos allí. Mi primera reacción fue salir corriendo a darte un abrazo pero una mano invisible me agarró por la garganta justo cuando mis pies se preparaban para tomar carrerilla. En ese mismo instante miraste hacia donde yo estaba. ¿Era tu mano la que ahogaba? Nuestras miradas se cruzaron un instante. Lo que dura un parpadeo, no más. No me reconociste. O no me viste. O me ignoraste. Pero estoy segura de que eras tú.

En el corazón guardo aquella noche de diciembre cuando intentaste despedirte de mí en tu cuarto. Me cogiste fuerte la mano y casi sin aliento empezaste a decirme cuánto me querías. Yo no te dejé acabar. Me negaba a aceptar que ibas a marcharte. Supongo que por eso hoy no me saludaste. Aún estás resentido conmigo. Y con razón.

Me acerqué a ti. Para cerciorarme de que realmente eras tú (¡pero sólo podías ser tú!). Para hablar contigo. Y disculparme. A tu lado había una señora que no reconocí. Os hablabais sin miraros a la cara. Tú no sonreías. Por eso me pareció que a lo mejor no eras tú.

¿Sabías que me negué a volver a tu casa durante un año? Yo también estaba de alguna manera resentida contigo. Pero un día no tuve más remedio que ir. Contra mi voluntad. Con mis miedos metidos en el bolsillo trasero del pantalón . Abrí la puerta y tu ausencia me abofeteó la cara. Subí las escaleras despacio. Llorando. Inspeccioné cada rincón de la casa. Despacio. Llorando. Pero no me atreví a entrar a tu habitación. Todavía no.

Me senté a tu lado. Quería volver a sentirte cerca. Tú seguiste sin reconocerme. Me giré para verte. Para hablarte. Para decirte cuánto te he echado de menos. Para pedirte que vuelvas. La abuela ya no es la misma desde que tú te marchaste. Sufre de alzhéimer pero todavía te llora. Dice que a veces vienes a verla por la noche. Que duermes con ella. Y por la mañana se levanta como loca porque tú ya no estás. Nosotros no le hacemos mucho caso. “Son cosas de la edad”, nos decimos. “Es normal”, la excusamos, “toda una vida juntos y ahora tantos años sola”. ¡Pero ahora soy yo la que te ha visto! En otro cuerpo. Con otros ojos. En un lugar ajeno. Y sigo diciéndome que sólo podías ser tú. Aunque no fueras tú.

Ayer te vi.

Londres, 29 de agosto de 2009.

Zenne, la honestidad puede matarte

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Un día de verano de 2008, Ahmet Yildiz salió de casa para comprar un helado que nunca se comería. Tenía 26 años cuando aquella bala inesperada le paró el corazón. El novio de Ahmet presenció la escena desde la ventana. Su presunto asesino, su padre, todavía sigue en busca y captura por la policía turca. Ahmet es la primera víctima homosexual de un crimen de honor que recibe tanta atención mediática. La familia nunca reclamó su cuerpo para darle un entierro musulmán digno, lo que confirma su vergüenza y deshonra. A Ahmet se le dio la “oportunidad” de volver a su pueblo para “curarse”, pero él se negó. El cuerpo del joven yace en el cementerio de los sin nombre.

Caner Alper y Mehmet Binay, pareja desde hace 14 años, han dirigido conjuntamente Zenne Dancer, inspirada en la trágica historia de su amigo. La película toca muchos temas espinosos de la sociedad turca contemporánea. Aunque Turquía es el único país musulmán en el que se celebra el Orgullo Gay, la comunidad LGBT[1] del país sigue siendo víctima de abusos y discriminación. Otro ejemplo más de que la legalización de la homosexualidad no se traduce necesariamente en la aceptación por parte del ciudadano de a pie.

En Zenne se explora la difícil decisión de si revelar o no la identidad sexual en una sociedad patriarcal de corte tradicional y las consecuencias que esto conlleva. Asimismo, la película denuncia la violencia y el abuso a la que el ejército turco somete a los hombres homosexuales. En Turquía, todo hombre está obligado a cumplir el servicio militar, excepto si se es gay. Según el reglamento de salud de las Fuerzas Armadas, la homosexualidad es una “desviación psicológica y sexual”. Sin embargo, no basta con declararse gay, hay que aportar pruebas de la orientación sexual de uno. Estas incluyen prácticas tan denigrantes como dejarse hurgar el ano, o tener que aportar fotos o vídeos en los que se distinga claramente la cara y se esté siendo penetrado por otro hombre. Una vez hecha pública la película, un portavoz del Ministerio de Defensa declaró bajo anonimato: “No puedo confirmar que definitivamente no pasa, pero no tenemos la información de que ese tipo de cosas suceden”.

Zenne ha sido galardona con 5 premios en el Antalya Golden Orange Film Festival, el festival cinematográfico más prestigioso de Turquía. Lleva varias semanas en las pantallas turcas y está previsto que durante este año sólo se exhiba en Festivales Internacionales. Mientras llega a nuestros cines (que, en mi caso, no llegará) y antes de poder juzgar lo buena que esta película puede ser, hay que reconocerle el logro de haber iniciado en Turquía el debate sobre un tema todavía tabú: la homosexualidad, y los derechos de la comunidad LGBT; así como la valentía de haber mostrado este tema sin rodeos, presentándolo de una manera directa en relación a las tradiciones y las instituciones de la familia, el estado y el ejército. Y ojalá Zenne marque un punto de inflexión en el cine turco, y los homosexuales empiecen a dejar de ser ridiculizados en papeles secundarios para pasar a desempeñar papeles protagonistas merecedores de respeto.

Trailer de la película (en inglés)


[1] Lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero.