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La danza de los héroes

La música siempre ha jugado un papel muy importante en la vida social, económica y civil de Ruanda. Todos los hitos en la vida de una persona se celebran con canciones y danzas tradicionales: nacimientos, Danza Intorebautismos tradicionales (guterekera), aniversarios, bodas, lanzamientos de nuevos proyectos, fiestas políticas e incluso para dar la bienvenida a visitantes importantes. La música ruandesa se distingue del resto de la música africana por tener un ritmo 5/8 (los entendidos en música que nos lo expliquen, por favor; que a mí me han dejado igual que estaba). Mientras los bailarines bailan, los miembros del coro dan palmas para hacer de metrónomo o estimularlos. La danza es, pues, una celebración comunitaria.

La variedad en danzas y músicas corresponde a la variedad de actos épicos que conmemoran méritos y actos de valentía. Intore significa “danza de lo héroes” o “los escogidos” y, antiguamente, la solían realizar los guerreros ante la Corte Real para celebrar su victoria en una batalla. Los guerreros, con peluca hecha de cabellos de hierba y espadas, bailaban de un lado a otro al ritmo de los tambores “ingoma“. Normalmente estos bailes de celebración incluyen una orquesta compuesta únicamente de tambores (entre siete y nueve). A menudo, las canciones tradicionales que acompañaban a estas danzas tenían una letra en clave de humor e iban acompañadas de un instrumento de ocho cuerdas llamado lulunga.

Yo tuve la suerte de ver la Danza Intore en Musanze, mientras esperaba que se organizaran los grupos para ir a ver los gorilas. Aunque no deja de ser un espectáculo turístico (parece ser que los “auténticos” saltan más alto y hasta con el tambor en la mano), yo lo disfruté igualmente.

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Los bicinventores

No te dejes engañar por las calles asfaltadas de Kigali. Ni por su aspecto impoluto. Ni por sus jardines perfectamente podados. Ni por sus modernos edificios. Ni mucho menos por las mansiones que se adivinan a través de las puertas entornadas que se cierran perezosas, después de dar a luz coches recién salidos de un anuncio televisivo. Ruanda es un país pobre. Y su capital también. Sólo hay que pasearse por las calles adecuadas. Aquéllas que siguen vestidas de tierra y heridas de lluvia. La desigualdad social hace daño al corazón, como todas las desigualdades en cualquier parte del mundo.

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Comprarse un vehículo o una simple bicicleta no está al alcance del ruandés medio. Por eso hay que hacer uso de la imaginación y los recursos que se tienen a mano para salir adelante. La bicicleta de madera es una de esas creaciones maravillosas fruto de la necesidad. Diseñada para desplazar productos pesados, como patatas, judías (¿os he contado ya que me pasé más de tres meses comiendo arroz y judías todos los días? Creo que sigo traumatizada), maderas o granos de café, es también una de las muchas atracciones turísticas del país. A mí me encantaba encontrármelas cuando iba al volante, camino de descubrir otro trocito de Ruanda. No pude evitar la tentación de parar un día el coche, aprovechando que llevaba “pone-cintas” al lado, cosa excepcional, para pedirle que le robara una foto a este niño que posó gustoso, pensando que le daríamos una propina después. ¡Ay, qué mal sabe crear expectativas! ¡Y qué guapo sales en la foto!

Bicicleta de madera Ruanda

¿Agase qué?

En Ruanda, las cestas Agaseke servían tradicionalmente de contenedores para transportar huevos, judías, carne y otros objetos valiosos, e incluso para guardar alimentos y ropa dentro de casa. Constituían un regalo común en bodas. Después del genocidio de 1994, estas cestas se convirtieron en símbolo de paz. Mujeres hutus, tutsis y twas, se sentaban (se sientan) codo con codo a tejer el futuro del país. Intento imaginarme a qué huele el aliento de la mujer al que tu marido violó, o cuyo hijo asesinó. Personas diferentes. Sentimientos fácilmente transferibles.

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Estas cestas se hacen con fibra de pita o papiro, puesta a remojo durante hasta dos semanas para que se ablanden. Después se machacan con piedras y se dejan secar. Las fibras naturales le dan ese color oro pálido. Se decoran con motivos de colores, normalmente negros, que se consiguen hirviendo en tinte las raíces y semillas de la planta Urukangi o la flor del bananero.

Os dejo un vídeo en inglés por si alguien se aburre y quiere ver el proceso de fabricación de estas cestas.

PD. Las fotos están robadas del Museo Etnográfico de Butare (Ruanda).

Arte Imigongo

El arte Imigongo, también conocido como “arte de mierda” (bueno, esto igual me lo estoy inventando yo), es un tipo de arte que nació en la provincia de Kibungo (en el sureste de Ruanda) en el siglo XVIII. El ingrediente de base es la caca de vaca y tradicionalmente lo llevan a cabo las mujeres (si es que siempre nos tocan trabajos “de mierda”). La boñiga se seca y se mezcla con materiales orgánicos, como plantas, para crear las pinturas que le darán color, normalmente blanco, negro y rojo. La decoración se aplica en paredes, cerámicas o lienzos, en forma de dibujos geométricos.

Imigongo

El arte de decorar las paredes de las casas tradicionales con mierda, digo al estilo Imigongo, lo inventó el príncipe Kakira (sin comentarios) en el siglo XIX. Aquí os dejo un vídeo en nergalés, para el que tenga tiempo y curiosidad de ver a mujeres “removiendo la mierda”.

A mí lo que más me gusta del arte Imigongo es el abanico de respuestas que me ofrece la pregunta: “¿Qué me has traído de Ruanda?” Y es que a infantil no me gana nadie.

Umuganda

RuandaEn Ruanda, el último sábado de cada mes, de ocho a once de la mañana,  tiene lugar lo que se conoce como Umuganda, que significa “contribución a la comunidad”. Está diseñado para ser un día en el que los propios ciudadanos contribuyen a la construcción del país. Por ley, todas las personas sin discapacidad mayores de 18 años y menos de 65, tienen la obligación de participar en algún tipo de trabajo comunitario voluntario. Esta práctica existe desde antes de la colonización, fue adoptada por los distintos colonizadores que han pasado por el país y se ha conservado tras la independencia. En cada época ha tenido una función y un objetivo diferente, dependiendo de quién estuviera en el poder.

RuandaLa contribución en Umuganda se realiza normalmente bajo la supervisión de un gerente o presidente del pueblo (umudugudu), que aseguran la participación ciudadana. La actividad empresarial se detiene y se limita el transporte público. Los ciudadanos ayudan en la limpieza de calles, corte de césped y poda de arbustos a lo largo de las carreteras, la reparación de instalaciones públicas o la construcción de casas para personas vulnerables. La variedad de trabajos comunitarios depende de las habilidades del ciudadano que los lleva a cabo. Por ejemplo, los médicos pueden ofrecer ese día un examen médico gratuito.

RuandaLos beneficios de Umuganda no son meramente económicos. La jornada está destinada a fomentar la participación de la comunidad para reforzar la unidad nacional. El gobierno de Ruanda afirma que Umuganda contribuye a la reconciliación, desarrollo y crecimiento del país; y no es inusual ver en los periódicos fotos del presidente Kagame poniendo su granito de arena.

RuandaYo no tengo muy claro que obligar a la gente (y multarla si se la pilla por la calle sin contribuir a Umuganda) a cerrar sus negocios (quien los tenga) para desempeñar trabajos forzosos de los que la gran mayoría intenta escaquearse (por lo menos en Kigali) contribuya ni al crecimiento del país ni a la unidad nacional. ¿Y vosotros?

PD. Llevo en España dos semanas de locura, disfrutando de la familia y los amigos y buscando trabajo (lo justo). Pido paciencia porque apenas me queda tiempo para el blog, ni para escribir ni para leeros (de ahí mi silencio en estas dos últimas semanas), pero espero poder volver a coger el ritmo pronto. Y espero que, cuando eso ocurra, vosotros sigáis estando ahí…

La casa de los horrores III (y última)

***ADVERTENCIA***
Esta entrada contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad del lector

La iglesia de Nyamata ofrece al visitante unos bancos enterrados en la ropa de los tutsis que allí murieron. Montañas y montañas de ropa donde antes se sentaron feligreses a escuchar aquellos que los denunciaron a los secuaces de la muerte. Una escalera en el medio de la iglesia conduce a una sala de colores fríos donde una vitrina de cristal expone un ataúd, varios huesos y algunas calaveras.

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El verdadero espanto reside en los jardines de la iglesia, ahora sembrados de fosas comunes. Dos de ellas están abiertas al público. Unas escaleras te invitan a bajar a lo desconocido. Conteniendo la respiración, me aventuré despacio hacia aquel agujero en perfecto orden. Me sentí claustrofóbica, atrapada en un pasillo estrecho y rodeada de cientos de huesos y calaveras, tan cerca de mi cuerpo, que parecían quererme tocar.

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Pensé que nunca había estado tan cerca del esperpento. Aquel día, sin embargo, aún ignoraba que en la Escuela Técnica de Murambi lo conocería en carne y hueso. Cuerpos exhumados y conservados con cal se retuercen de pánico en un escorzo perpetuo. Expresiones de dolor, dedos encogidos, brazos y piernas en posición de defensa, gritos truncados, han sido congelados en el momento preciso en que la muerte los sorprendió; envueltos en un olor putrefacto que te zarandea al entrar en la primera sala, cuando el sentido del olfato todavía anda con la guardia baja, como si el horror sólo pudiera ser visual.

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La imagen de todos aquellos cadáveres, hombres y mujeres, adultos y niños, aún me persigue. A veces veo instantáneas de expresiones y posiciones cuando corro las cortinas, o abro el frigorífico, o apago la luz. No dejo de preguntarme si es indispensable montar este escenario macabro para no olvidar ni negar. Si esos cuerpos todavía por identificar no se merecen el respeto al anonimato que la fosa común de la que fueron desenterrados les ofrecía. Me pregunto qué código moral se está infringiendo con esta muestra de barbarie. ¿O acaso no se está vulnerando ninguno? Me da vergüenza admitírmelo a mí misma, pero creo que a mí fue el morbo quien me llevó de la mano hasta Murambi. Y no debería haber sido así.

La casa de los horrores II

La única vez que he visto a alguien morir fue hace más de diez años. El tenía cáncer y se ahogó con su propia flema. No sé qué me impresionó más, si verle cambiar de color y dejar de respirar, o el gesto del médico a la enfermera para que lo dejara ahogarse. Acabando así con su sufrimiento. Todavía recuerdo aquel olor fétido que me abofeteó la cara al entrar al hospital. Olor que se iba haciendo cada vez más insoportable conforme me acercaba a la habitación del moribundo. Durante mucho tiempo me estuve preguntando si era así como olía la muerte. Salí al pasillo a llorar, y fue su mujer la que vino a consolarme, con la voz dulce y el semblante tranquilo.

ntarama

La noche anterior de visitar el Memorial de Murambi me sentía un poco aprehensiva. Quería entender las razones que me impulsaban a visitarlo; aún sabiendo lo que me iba a encontrar allí. O quizás porque sabía lo que iba a encontrarme. ¿Era curiosidad? ¿Morbo? ¿Un poco de ambos? Unas semanas antes había visitado los Memoriales de Ntarama y Nyamata, que muestran diferentes caras del horror, y me habían dejado un mal sabor de boca. ¿Por qué ir más allá y subir un nivel en la escala de la barbarie?

ntarama

Durante el genocidio, las víctimas de las persecuciones acudieron a las iglesias en busca de refugio, sólo para descubrir que los miembros del clero colaboraban con la Interahamwe*. Como consecuencia de esta falta de solidaridad, muchas de las más horrendas masacres se llevaron a cabo en sitios sagrados de todo el territorio del país  La iglesia de Ntarama exhibe en unas estanterías de madera los huesos y calaveras de algunas de las víctimas que allí murieron. Varios ataúdes que contienen los cuerpos de familias enteras por falta de espacio (y dinero), contribuyen al ambiente sombrío que allí se respira. Las ropas que llevaban las víctimas visten paredes y techo.

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El aire denso donde se pasea el horror de una historia reciente te corta la respiración. Es imposible no fruncir el ceño cuando el guía te lleva hasta la habitación donde murieron los niños. Una inmensa mancha roja en la pared denuncia el sitio donde la cabeza de los más pequeños era golpeada hasta que el llanto se tornaba silencio. La imaginación, presa del terror, se dispara; y son necesarios varios minutos de reflexión antes de continuar el camino.

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* Organización paramilitar Hutu que llevó a cabo las masacres durante el genocidio en 1994