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Muzunga en la niebla

GorilaCuando un gorila te sostiene la mirada durante dos segundos y medio, es fácil rendirse a sus encantos y entender por qué Dian Fossey eligió pasar su vida estudiando el comportamiento de los gorilas en su hábitat natural; 18 años en total, hasta que fue asesinada en su propia casa, en las montañas Virunga (Ruanda), en circunstancias aún hoy desconocidas. Supongo que la mayoría habréis visto la película “Gorilas en la niebla”, por lo que yo sólo puedo recomendaros el libro, del mismo título. Lo leí en mis años universitarios y me hubiera gustado releerlo antes de ir al Parque Nacional Virunga; pero no pudo ser. Ameno y apasionante a partes iguales. O al menos así lo recuerdo yo.

Seguramente los gorilas que Dian Fossey estudió todavía no estaban acostumbrados a los humanos por aquel entonces, por lo que mirarlos a los ojos no era nada aconsejable. Hoy día la familia Susa está tan acostumbrada a sus primos Parque Nacional Virungaque hasta pasan por tu lado sin inmutarse. Cuando te dedican una mirada tan dulce como indiferente, dan ganas de acariciarlos, y hasta de ir en busca de un abrazo. La tentación de no ponerse a jugar con los más pequeños es casi insoportable. La hora cronometrada que se pasa junto a ellos es fascinante, aunque he de reconocer que no me hubiera importado ver un poco más de acción por su parte. Yo qué sé. Un salto mortal o un másdifíciltodavía.

En cualquier caso, tres horas de marcha por caminos empantanados y, a veces, hasta inexistentes, a través de bosques de bambú y cardos asesinos bien merecían un premio. El mismo que desde aquí comparto con vosotros. Espero que disfrutéis la visita tanto como lo hice yo.

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Brocolandia o el Parque Nacional de Nyungwe

Servidora de camino

Servidora de camino

La palabra mágica me llevó hasta allí: chimpancés. Y un fin de semana de tres días era la ocasión perfecta para ir a verlos. El Parque Nacional de Nyungwe queda a unas cuatro horas en coche desde Kigali, lo que hace difícil visitarlo en un fin de semana, sobre todo si se pretende hacer algo de senderismo y se tiene toque de queda. Semana Santa me regaló la oportunidad de no dejarme este parque en el tintero.

Brocolandia

Nyungwe es una selva tropical virgen con la mayor concentración de primates del mundo. Y probablemente uno de los parques peor organizados y explotados. La oferta de caminatas es bastante reducida y muy cara. Las distintas caminatas tienen hora de salida y te obligan a ir con guía (aunque no haga falta). Pagas lo mismo vayas solo o seáis ochocientos cuarenta y tres en el grupo (todo depende de cuanta gente haya ese día interesada en tu misma caminata). Y si llegas tarde a la que te interesa, mala suerte. Aunque los guías estén sentados sin hacer nada. La mayoría de las caminatas no son circulares, lo que significa que empiezas en un sitio y terminas en otro. No existe transporte para ir al principio o recogerte en el final, con lo que no sólo necesitas tu propio vehículo sino también un chófer que te espere a la salida. Vi muchas caras de decepción aquella mañana y algún que otro bufido.

Por fuera, Nyungwe parece un racimo gigante de brócoli. Se tarda una hora en cruzar la carretera que lo atraviesa y no hace falta tener mucha suerte para encontrarse monos de cuello blanco comiendo a orillas de la misma. La salida del parque, dirección a Nyamasheke, te regala un verde limón chillón. Son los campos de té que se pierden a lo lejos, como si quisieran abrazar el horizonte. Perfectos, dan ganas de acariciarlos con la palma de la mano.

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Una vez dentro, es necesario aguzar la vista para no dejarse engañar por el verde monocromático que parece pintar el paisaje. Las tonalidades son apenas perceptibles en algunos sitios y descaradamente diferentes en otros. Las flores, intimidadas por tanto verdor, se esconden tras sus pétalos, a poco centímetros del suelo. Los pájaros apenas se dejaron escuchar y mucho menos ver. Las únicas que no jugaron al escondite fueron la lluvia y la niebla. Y, al final, muy al final, algunos monos salieron a despedirnos aprovechando que había salido el sol.

¿Los chimpancés? No los vi. Había que estar allí a las cinco de la mañana y verlos no estaba garantizado, así que preferí quedarme abrazando a la almohada.

Nyamasheke

Ishara Beach HotelTodos se rieron cuando les dije que había pasado el fin de semana en Nyamasheke. ¡Pero si allí no hay turistas! – exclamaron. Pues por eso – respondí yo. Más risas. Mi misión aquí en Ruanda está siendo mucho más estresante de lo que esperaba. Mucho trabajo y poco tiempo, condimentado con unas cuantas frustraciones, resumen a grandes líneas mi vida laboral en estos momentos. El otro día pensaba que éste está siendo uno de los trabajos más dolorosos que he tenido nunca. Cada minuto que pasa es como un alfiler que se clava bajo las uñas. Sé que parte de la culpa la tiene el cansancio acumulado. Y por el bien de la humanidad, espero poder tomarme unas vacaciones cuando termine esta misión.Lago Kivu

Precisamente por el bien de la humanidad y mi propia salud mental, últimamente sólo quiero estar conmigo misma. Para pensar. Para ordenar todos estos sentimientos contradictorios a los que me veo obligada a hacer frente. Para relajarme. Para recordar las razones por las que haber venido hasta aquí merece la pena. Para poder escuchar lo que pienso. Para desconectar. Sobre todo para desconectar. Y Nyamasheke, un sitio que no aparece en las guías de viaje (al menos no en las que yo tengo a mano), a orillas del lago Kivu, me pareció el sitio perfecto para reunirme conmigo misma.

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Los turistas prefieren ir a Rubavu (antiguo Gisenyi, la otra cara de Goma) o Karongi (Kibuye antes del cambio de nombre). Habiendo estado en Karongi el fin de semana pasado, después de haber visitado Nyamesheke, sigo quedándome con mi primera elección. Por sus vistas al lago. Por su tranquilidad. Por su encanto. Por el paseo entre las casas de alrededor, con gusto a nostalgia. Nostalgia del Chad. Paseo que me hizo recordar lo que me estoy perdiendo (lo que me perdí en otros sitios, como Etiopia) por vivir (haber vivido) en la capital, donde el contacto con los lugareños se limita al contacto con los compañeros de trabajo. Frío. Distante. A veces hasta obligado.

Lago Kivu

Nyamasheke me regaló la ilusión de creerme en un lugar perdido en el mundo. Atardeceres donde la luz va pintando paulatinamente los campos de distintos verdes. El silencio roto de la naturaleza (pude contar hasta seis sonidos diferentes, lo que me hizo pensar en lo poco acostumbrada que estoy a agudizar el oído). Un cielo cosido de estrellas. Un lago salpicado de luces (el amanecer me chivaría que eran las barcas de los pescadores que faenaban). Un relámpago que iluminó mi cuarto y me despertó en medio de la noche, mientras una tormenta coqueteaba con mi respeto y fascinación y me impedía recuperar el sueño (¿estarían a salvo los pescadores?).

Nyamasheke

En Nyamasheke puede que no haya turistas, pero hay magia. Yo la viví.

Ruanda

Parque Nacional Akagera

De mi visita al Safari de Madrid sólo recuerdo que casi me quedo huérfana de madre. A la muy bruta no se le ocurrió otra cosa que bajar la ventanilla del coche y sacar medio cuerpo fuera (igual estoy exagerando, aviso) para hacerle una foto a los leones, saltándose alegremente las consignas de seguridad. Por fortuna, los leones se acababan de despertar y se acercaron hasta nosotros lo suficientemente despacio como para que a mi madre le diera tiempo a subir la ventanilla antes de tener que sacrificar un brazo. O la única cabeza que tiene. La foto de unos leones con cara de pocos amigos en primer plano anda por casa, y creo que a mi madre ya se le ha pasado el sustito. A mí todavía me dura.

En el Parque Nacional Akagera no hay leones, así que no tuve que revivir Akagera signninguna experiencia traumática durante mi visita (vale, igual estoy volviendo a exagerar). Tampoco hay rinocerontes, aunque hay planes de volver a introducir ambos para que este parque esté a la altura de los parques de los países vecinos (Tanzania y Kenya). La guerra civil (1990-1994) y el genocidio (1994) acabaron con la mayoría de la fauna que habitaba este parque, y ha ido que ir repoblándolo poco a poco. Además, Akagera también perdió dos tercios de su superficie, cuando el gobierno tuvo que dar tierras a los tutsis y hutus moderados que habían abandonado el país durante los diferentes pogroms que vivió el país en diferentes momentos de su historia, y volvieron una vez que las cosas se habían calmado. Como suele pasar en estos casos, los refugiados retornados se encontraron con que, durante su ausencia, sus casas habían sido ocupadas por otras familias que se negaban a dejarla, conRuanda lo que el gobierno tuvo que mediar, en muchos casos regalando parte de sus tierras para facilitar la repatriación.

Actualmente, la mayoría de los animales que han vuelto o han ido introduciéndose se encuentran en la parte norte del Parque, principalmente porque ahí es donde se encuentran las reservas de agua. Los planes de vallar sus más de 1.000 kilómetros cuadrados para evitar que el ganado o los cazadores furtivos (escasos, por no decir ninguno, según el personal del parque) no se cuelen dentro, casi han terminado. Cuando no quede ni un centímetro por cubrir con valla eléctrica , los leones y los rinos volverán a ser bienvenidos y Akagera podrá presumir de albergar los “cinco grandes”.

Jirafas

Nosotros tuvimos mucha suerte y pudimos ver un montón de animales, incluida la mamba negra, momento en que la guía nos ordenó que subiéramos los cristales del coche (no sé por qué, mamá, pero en este momento me acordé de ti). Para los ignorantes como yo, la mamba negra es la serpiente más venenosa de África y suele medir entre 2.5 y 3.5 metros (cito a nuestra guía). No sé cuánto medía la que vimos nosotros porque estaba cruzando la carretera y sólo le vimos el trasero, que era más largo que un día sin pan. Cebras, jirafas, elefantes, hipopótamos, cocodrilos, varias clases de antílopes, búfalos, “Pumbas” (para que luego digan que Disney no nos tiene dominados), águilas pescadoras, miles de golondrinas, mariposas y otras aves cuyo nombre desconozco completarían el día. Sólo nos quedó por saludar al señor leopardo, que por el día anda siempre descansando para poder acechar cuando Don Lorenzo no está mirando.

Yemen, otro sueño cumplido

Desilusión

Durmiendo yo una vez 
Un caballo logró colarse en mi sueño 
Y… se durmió

Nabilah Alzubair (Yemen, 1964)

Ciudad vieja de Sana'a

Ciudad vieja de Sana’a

Vendrán más fotos, robadas desde el coche o mientras devoraba la ciudad vieja de Sana’a en un tiempo récord.  Vendrán las historias de otro sueño cumplido y un amor a primera vista. De todas las sensaciones que Yemen ha despertado en mí. He pasado aquí diez días de locura. Vuelo esta madrugada para Amán, con muchas horas de trabajo en la maleta y unas ojeras tan negras que se confunden con mis pupilas. Pero vuelvo con la sonrisa puesta por haber tenido la oportunidad de venir a este país.

El viernes vuelvo a ponerme las alas, pero esta vez las de placer, para pasearme por Estambul durante unos días y desconectar del mundo. También a pasar frío y probablemente hasta mojarme. Afortunadamente iré bien acompañada por lo que no habrá sitio para las quejas.

Mientras vuelvo y no, feliz falsedad, digo navidad.

Beirut: paisaje urbano

Bajo el actual Beirut yacen los cimientos de siete civilizaciones. Que nadie me haga enumerarlas porque no me las sé. Repito como un papagayo lo que alguien me dijo mientras me paseaba en su coche por el centro de la ciudad durante las últimas horas del día, aquéllas en las que mi mente arrastraba el cansancio acumulado durante interminables jornadas laborales y mis párpados se debatían entre el sueño y la vigilia. Ante los brazos extendidos de la ciudad yo sólo podía devolver el abrazo. Al precio que fuera.

Beirut me recordó a la Europa de otra época, pero tampoco sabría decir de cual. Alguien me dijo que era esa familiaridad la que me invitaba a quererla pero yo no acabo de estar de acuerdo. Si hay algo que me gusta de vivir en el extranjero es precisamente lo diferente, lo que no me recuerda a nada, lo que me sorprende y desaprende, lo imaginado y lo inimaginable. Siempre he dicho que no sirve de nada vivir fuera de tu país si no es para cambiar de vistas, comida y costumbres (hablo de los que tenemos la suerte de escoger quedarnos en nuestra patria si así lo deseáramos).

Os invito a subiros en el coche que no tengo y a admirar desde la ventanilla lateral las fachadas, puertas, ventanas y balcones de la capital libanesa. Las nuevas y las no tan nuevas. Las que se salvaron, las restauradas y las que todavía guardan en la piel las balas de una guerra no muy lejana…

PD. Para ampliar una imagen sólo tenéis que hacer click sobre ella.

Beirut: el lenguaje callejero

Antes de venir, yo ya había decidido que Beirut me iba a gustar, a pesar de que odio las aglomeraciones y las grandes ciudades. Y es que estoy llena de contradicciones. Soy sensible a la violencia pero me encanta la película Fargo. No tengo instinto maternal pero me fascinan los niños. Y así, sucesivamente.

Desde el cielo, lo primero que me llamó la atención de la capital libanesa fue su tamaño. Luego, el tráfico, del que ya me habían avisado: motos conduciendo en sentido contrario, policías en cada cruce para que la gente respete los semáforos, carreteras con carriles elásticos, conductores diestros en el arte del eslalon, rotondas sálvese-quien-pueda, cruces el-que-no-corre-vuela-y-el-que-no-acelera, matones sobre ruedas y mucho, mucho bip bip biiiip. Nada que no haya visto antes en otros lugares con otros matices y colores.

Una vez dentro de la ciudad, las calles tienen su lenguaje propio. Muchas están vestidas con grafitis de todo tipo. Los hay que necesitan mejorar. Los hay que progresan adecuadamente. Los hay con mucho gusto. Los hay horteras. Los hay cargados de buenas intenciones. Los hay simples y elaborados. Hasta los hay de Banksy (Reina Maga, recuerda que tenemos una cita pendiente para hacernos el recorrido de sus grafitis en Londres). Un verdadero regalo en medio de tanto asfalto.

Aquí os dejo una selección. No están los mejores ni los peores. Sólo los que pude ir robando desde el coche o en el poco tiempo libre que me dejaron para pasear. Como rezaban unos carteles: “que le den por c!*i al trabajo; hagamos arte”.

PD. Aún tengo pendiente leer vuestros comentarios de los últimos días. Igual os contesto a todos juntos en una entrada aparte. Todavía no lo he decidido…