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Santo Padre:

Me atrevo a dirigirme directamente a Usted pues mi corazón sangra de frustración tras su visita a tierra beninesa y su discrepancia hacia religiones distintas a la suya. Le agradeceré sepa disculpar el tono de esta carta que no busca ofender sino comprender. Intentaré ser lo más clara, breve y objetiva posible.

En primer lugar, nos pide con su visita que abandonemos y condena todo lo referente a la magia y brujería olvidando que su propia religión parece tener elementos de las mismas. Según cuentan las escrituras Jesús curó a paralíticos y ciegos, resucitó a muertos e incluso a sí mismo, multiplicó panes y peces y exorcizó a endemoniados. Por otro lado, ¿cómo es posible que alguien se quede embarazada siendo virgen y que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean todos Dios pero que, sin embargo, en su religión no haya tres dioses sino uno? ¿Y la división del Mar Rojo también se hizo sin la ayuda de magia ni brujería? Me da la impresión que en estos casos la diferencia entre el catolicismo y el vudú es semántica y que lo que usted llama “milagros” en un sitio lo llama “magia” o “brujería” en otras partes del mundo.

En segundo lugar, pide Usted a los líderes africanos que no priven a sus pueblos ni de esperanza ni de futuro. Usted, que privó a tantos niños, ahora adultos, de ambas cosas siendo cabeza de la Congregación de la Doctrina de la Fe en Estados Unidos en los años noventa. Usted, que durante tantos años de vergüenza apaciguó la sed pedófila de sus sacerdotes afectándoles a distintas iglesias, incluso de distintos países, según iban llegando a sus oídos casos de abusos infantiles. Usted, que ahogaba el grito de unos con las lágrimas de los siguientes. Habla Usted de futuro mientras utiliza la magia más negra para acabar con el de millones de africanos, afirmando en el 2009 que el simple reparto de condones acelera la propagación del VIH.  Se permite hablar de esperanza mientras pisotea los derechos de mujeres y homosexuales.

En tercer lugar, le pide a sus obispos y sacerdotes que no entren en política. De eso ya se encarga usted y sus nuncios, supongo. ¿O estamos presenciando un momento histórico y el Vaticano no volverá a hacer uso de su estatus de observador permanente en el seno de Naciones Unidas para influir las políticas que no se ajustan a sus creencias retrógradas referentes al sida, la mujer o la planificación familiar? ¿Realmente renuncia a este privilegio histórico del que ninguna otra religión goza? ¿Significa esto que la Iglesia se aparta de una vez por todas del poder político y ya no volverá a apoyar a dictadores ni a inmiscuirse en las guerras de otros?

Finalmente, me gustaría señalar la ironía (o insolencia) de firmar la exhortación apostólica Africae Munus (El esfuerzo de África) en la basílica de la Inmaculada Concepción de Ouidah, primera catedral de África Occidental y punto de partida de su evangelización. Construida en suelo considerado sagrado por la religión vudú. Construida en tierra donde tradicionalmente se hacían ofrendas a nuestros dioses. ¿Y con esta exhortación apostólica pretende promover la reconciliación, la justicia y la paz? Yo me pregunto, le pregunto, ¿Cómo puede haber reconciliación donde hay imposición de valores considerados superiores, justicia sin reconocimiento de los derechos fundamentales de todas las personas y pueblos, y paz sin tolerancia ni respeto a otras culturas y religiones?

Termino, Santo Padre, invitándole humildemente a la reflexión que espero le lleve al reconocimiento de las semejanzas que nos unen y la aceptación de las diferencias que nos separan. La convivencia de creencias religiosas es posible. Su predecesor, sin ir más lejos, practicaba un antiguo rito vudú, el del beso en el suelo.

Con la esperanza de ser escuchada, se despide atentamente:

Una africana vudú

Pd. Su Santidad puede dormir tranquilo. La que suscribe no tiene la más mínima intención de clavarle ninguna aguja a ningún muñeco hecho a su imagen y semejanza.  Eso se lo dejo a las películas…

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