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La niña Kabalaye

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Al principio no sabía si la niña Kabalaye era niño o niña. Como me moría de curiosidad, un día tuve la desfachatez de levantarle la camiseta que le llegaba hasta los tobillos. Ella salió corriendo. Al día siguiente, volvió a venir a mi encuentro. Como había hecho desde mi llegada. Como haría hasta el día antes de mi partida. Día tras día, durante un año, nuestros caminos se cruzarían dos veces por la mañana y dos por la tarde. A la ida, y a la vuelta del trabajo. Siempre a la misma altura.

Entrada al obispado

A veces venía sola. A veces, acompañada de otros niños. Siempre me enseñaba la diminuta palma de su mano izquierda, y con el índice de la derecha se daba pequeños toques en el centro mientras pedía “bonbon, bonbon”. Yo le chocaba los cinco y ella se echaba a reír. Siempre el mismo ritual. Cuatro veces al día, cinco días a la semana. Gran ejemplo de perseverancia.

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Un día, el día de mi cumpleaños, decidí que le daría un “bonbon”. Desde la distancia escuché su canto. “Bonbon, bonbon, bonbon”. Cada vez más cerca. Hasta que, por fin, nos encontramos en el mismo punto de todos los días. La niña Kabalaye llevó a cabo su protocolo particular, me pregunto si con la esperanza de recibir algo a cambio o si lo hacía simplemente llevada por la costumbre. Otros dos niños, menos asiduos a la hora y el lugar, no tardarían en reunirse con nosotras. Me metí la mano en el bolsillo y mis dedos contaron tres caramelos.

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Como si temiera ser descubierta en una situación embarazosa, me apresuré a repartirlos entre ella y los otros dos niños. Con un gesto que pretendía ganarme su complicidad, me llevé el dedo índice a los labios, rogándole silencio. Pero antes de poder acabar una frase en un idioma que de todas formas la niña Kabalaye no entendía, ella salió corriendo en dirección al poblado, agitando el caramelo al aire como si de un trofeo se tratara y gritando “bonbon, bonbon, bonbon, bonbon” a los cuatro vientos. Justo antes de cruzar la puerta del trabajo, unos metros más adelante, pude escuchar una avalancha de niños que venían pidiéndome “bonbon, bonbon” a gritos. Les di la espalda, avergonzada, y me metí en mi despacho.

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La niña Kabalaye siguió viniendo a mi encuentro cuatro veces al día, cinco días a la semana. Me enseñaba la palma de la mano y con el índice de la otra se señalaba el centro. “Bonbon, bonbon”. Yo le chocaba los cinco. Como siempre. Como había hecho hasta el día de mi cumpleaños. Como seguí haciendo después. Ella me respondía siempre con su risa juguetona y una mirada divertida. Sin embargo, a mí, el día de mi cumpleaños me dejó un gusto agrio que dura ya varios años. Ahora ya sé a qué sabe crear falsas esperanzas. A huevo podrido.

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La mañana de mi partida le tenía reservada una sorpresa: un balón diminuto de los muchos que habíamos recibido en un contenedor llegado de España y que empezaban a colorear las calles de Laï. Quería dejarle un regalo. Quería limpiar mi conciencia. Pero esa mañana, ella no apareció. Mis ojos la buscaron en vano entre los abrazos y besos de aquéllos que habían venido a despedirme. Supongo que la despisté. Yo no debería haber estado allí hasta dos horas más tarde.

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Le dejé el recado a una amiga. Le expliqué bien a quién quería que le diera el balón. Ella me aseguró que podía irme tranquila, que sabía de quién se trataba. Poco importaba si la niña Kabalaye no sabía quién se lo enviaba, o si pensaba que venía de la persona equivocada. Yo sólo quería dejarle algo un poco menos perecedero que un caramelo. Para sentirme cerca de ella cuando estuviera lejos. Para quitarme el gusto a huevo podrido.

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Meses más tarde, mi amiga me contó que, cuando le dio el balón, la niña Kabalaye se puso a dar saltos de alegría y a besarlo durante un buen rato. A mí se me saltaron las lágrimas, un poco por la emoción y otro poco por no haber podido estar allí para presenciar el momento. Me consolé pensando que unas semanas antes de decir adiós al rincón chadiano que me había adoptado durante un año, había tenido la desvergüenza de robarle una foto a la niña Kabalaye. A mi niña Kabalaye.

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Tardé más de un año en atreverme a preguntar por ella. Me daba miedo conocer la respuesta. ¡Tantos niños se habían quedado en el camino durante los doce meses que viví en Laï! Un día, por fin, me armé de valor y pregunté desde la distancia con el corazón chiquitito. Hubo un momento de reflexión al otro lado.

Nadie sabía qué había sido de ella. Sólo que un día dejaron de verla, y que no la habían echado de menos, ni de más, hasta que yo se la recordé.

La niña sin nombre. Mi niña Kabalaye.

21. Atardecer en el rio Logona

Día internacional de África