Una atea en Jerusalén (II)

La antigua ciudad de Jerusalén está amurallada y se puede acceder a ella por varias puertas. Yo entré por la Puerta de Damasco, que orgullosamente reconocí la otra noche en una escena de la película Pollo con ciruelas. Los puestos del mercado del sábado la vestían de personalidad, algo de lo que no me di cuenta hasta el día siguiente, cuando la vi triste y sola.

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Por esa puerta se accede directamente al souk, o mercado, que como sábado que se precie estaba abarrotado de gente. Que nadie se lo tome a mal por lo que voy a escribir, pero yo odio a la gente. No a la gente individual sino a la gente en multitudes. No soporto que me priven de mi espacio personal. Me agobia no poder andar a mi ritmo y me molesta que me empujen para abrirse paso.

Mi primera impresión de Jerusalén fue de lucha libre, lucha que tendría lugar a cada encuentro con un grupo (des)IMG_5231organizado, de esos que se sienten con más derecho que tú a visitar la ciudad. Realmente los odio. Como los odié en Praga. ¡Malditos turistas! Pero lo que más me jode de todo es que yo soy una de ellos, lo que me quita el derecho a quejarme. Aunque me queje.

Cada barrio de Jerusalén tiene un olor característico. El cristiano huele a incienso. Si abres las ventanas de tu nariz el olor te llevará hasta la Iglesia del Santo Sepulcro, donde se supone que tuvo lugar el calvario. Ya sabes, donde Jesús fue crucificado y ascendió a los cielos. Me pensé dos veces si entrar o no. No me apetecía saltar a un ring de boxeo. Al final decidí ponerme los guantes y subir la guardia. No me impresionó ver a tanta gente arrodillada, llorando y besando el sitio donde supuestamente el cuerpo inerte de Jesús yació al bajarlo de la cruz. Los miré con curiosidad. Y con respeto. Le di una vuelta a la iglesia y seguí mi camino.

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Como siempre, no llegué al lugar que buscaba, lo que confirma mi teoría de que hay que pasar como mínimo dos días en un sitio: uno para perderse y otro para encontrarse. Como siempre, tiré la toalla y decidí caminar sin rumbo fijo. El olor a inciensoIMG_5279 se convirtió en olor a kebab. Había llegado al barrio musulmán. Levanté la vista y mis pupilas se encontraron con la Cúpula de la Roca. Mis ojos dejaron de parpadear para disfrutarla. No sabía si tendría tiempo de verla al día siguiente. Abre sólo unas horas al día y la competencia es feroz.

Seguí vagabundeando y el olor a kebab se convirtió en olor a represión. Control de seguridad, como en los aeropuertos, y un túnel que me condujo al barrio judío. Había llegado al Muro de las Lamentaciones, el lugar de culto más importante de la religión judía. De cerca pueden apreciarse los trozos de papel que los devotos meten entre sus grietas. Se cree que las plegarias que se insertan aquí tienen más posibilidades de ser escuchadas.

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Empezaba a anochecer, así que salí por una antipática puerta de metal giratoria de un solo sentido, saboreé un trozo del barrio judío que me condujo hasta un mirador desde donde tuve otra aparición inesperada de la cúpula dorada, y volví a casa.

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4 pensamientos en “Una atea en Jerusalén (II)

  1. missmadaboutravel

    Ay… que a mi me pasa igual, que me agobio muchísimo con las multitudes (en Barcelona o en Pequín)… y realmente así no disfruto tanto los sitios… quizás sea porque mi prioridad no es ver cosas como si fueran cromos, porque me gusta vivirlas, disfrutarlas y tomarme mi tiempo… Creo que algún día tendré que ir a Jerusalén, pero después de tu post, iré preparada para tener mucha paciencia 😉

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    1. lapuertaentornada Autor de la entrada

      No puedo estar más de acuerdo. Como le decía a Paula más arriba, lo mejor es ir a los sitios en temporada baja o en días laborales. Yo noté muchísimo la diferencia entre mi visita del sábado a mi visita del domingo (día laborable en Jerusalén): el sábado no se podía andar por las calles y, el domingo, éramos cuatro gatos… En cualquier caso, no te pierdas Jerusalén!

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  2. asquerosamentesano

    Como antiguo misántropo -ya reciclado- te confesaré en voz baja, aquí, en petit comité, que… yo… también… ¡odio las multitudes! Por eso, aunque me gusta subir montañas, no me da la gana subir el Aneto. Y aunque me fascinan las cavernas, me fastidió tener que pagar por entrar en la Cueva de los Verdes, en Lanzarote, junto con otras cincuenta personas, algunas de las cuales se esmeraron en arruinar aquel prodigioso silencio cantando y vociferando tonterías los 45 minutos que duró el recorrido. Yo también soy ateo, pero me encanta sentarme en el banco de una catedral si está vacía. Difícil, pero no imposible. Una vez, bajando de la cima del Vallibierna, un tresmil pirenaico, me detuve unos instantes. No se oían pájaros y el viento se había detenido. Entonces contuve el aliento…, y sólo oí un pitido en mis oídos: el sonido del silencio.

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    1. Adwoa Autor de la entrada

      Estoy totalmente de acuerdo contigo. Sin animo de ofender a nadie, alguna gente tiene una capacidad inusitada para estropearlo todo.

      Puestos a hacer confesiones, te diré (porque no lo conté en la entrada correspondiente https://lapuertaentornada.wordpress.com/2012/01/22/valle-del-rift-i-yirgalem/) que me decepciono salir huyendo de Addis y de sus multitudes durante la festividad de Timkat, para acabar en un Lodge en Yirgalem, en plena naturaleza, y que uno de los del grupo instalara su ipod con los altavoces y nos tuviera toda la tarde/noche con música a toda castaña. Si no hubiera aprendido a controlar mis instintos asesinos en un pasado, lo hubiera matado jaja.

      Los hay que no tienen ningún interés en escuchar el sonido del silencio. Ellos se lo pierden. Lo que me fastidia es que tampoco nos dejen escucharlo a los demás…

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