La sombra del dolor

Conocí a Carlos en la Universidad. Había ido con otras dos amigas a informarme de los cursos a distancia y él era el chico que nos daba la información. Lo de estudiar desde casa con ellos me pareció muy complicado, así que enseguida perdí el interés por la conversación. No recuerdo que Carlos me pareciera nada en particular cuando le vi por primera vez. Tampoco recuerdo cómo ni cuándo ni dónde, sólo que, de repente, Carlos y yo estábamos saliendo juntos.

Recuerdo cuánto lloró el día que le dije que me iba. No me lo esperaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba enamorado de mí. Se marchó enfadado y su partida me dejó la piel salada y el corazón del tamaño de una cereza. En ese momento supe que también yo estaba enamorada de él. Corrí en su busca. Dispuesta a dejarlo todo por Carlos.

Me abrió la puerta uno de sus compañeros de piso. Carlos estaba en el salón viendo la tele con el resto. No quería recibirme. Insistí. Tras unas cuantas idas y venidas por parte de su compañero de piso, finalmente Carlos me condujo a su cuarto sin mirarme a los ojos. Nuestras lágrimas se besaron en silencio. Sentí que nunca antes había estado tan segura de lo que hacía. Justo cuando estaba a punto de decirle cuánto le quería, que lo era todo para mí, y que mi vida no tenía sentido si no era para vivirla a su lado, apareció él. Sin nombre ni cara pero con la mirada de un color triste oscuro tirando a reproche.

Y entonces me di cuenta de que no era Carlos a quien quería. Sino a él. Al que no tenía cara ni nombre. Hubo un momento, o dos, o tres, no sé cuantos, de dolor agudo en las entrañas del alma. Un dolor de tener que elegir entre Carlos y una sombra. Un dolor con gusto añejo.

Lloré. Lloré. Y lloré.

Lloré por haber abandonado a Carlos. Por haberle hecho creer que volvería. Lloré cada pedazo de su corazón. Lloré por haber creído que estaba enamorada de él. Por haberle hecho creer que le quería. Lloré por amar a aquél que apareció en forma de sombra. Aplastante. Asfixiante. Lloré porque no quería quererle. Porque yo quería amar con todas mis fuerzas a Carlos. Lloré porque no podía.

 

 

Aquella mañana me levanté triste y con la piel salada, preguntándome quién sería aquel Carlos a quien había hecho tanto daño y a quien nunca conocí. No consigo quitármelo de la cabeza. Por eso te escribo, Carlos, donde quiera que estés y quien quiera que seas. Para pedirte disculpas por todo lo que te hice. Aunque no existas.

¿O sí?

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8 pensamientos en “La sombra del dolor

    1. lapuertaentornada Autor de la entrada

      @ Elevalunas
      jaja pues no lo había pensado de esa manera; pero puede que tengas razón, y que fuera yo misma la que me estaba haciendo la vida imposible en mi sueño jajaja…

      Responder

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