El ca-castillo de Ka-karak

IMG_4419Me volví a sentar en la parte delantera del autobús, en segunda fila, y al verme rodeada de hombres me pregunté si la parte trasera no estaría reservada a las mujeres. Me dije que tenía que aprender a ser más observadora, pero me dio pereza cambiarme de sitio porque desde donde estaba sentada podría disfrutar de unas buenas panorámicas de la carretera (¡qué ilusa!).

Podíamos haber cogido la Autopista de los Reyes, de nombre más exótico en árabe (“Carretera de los Sultanes”), cuyo asfalto cubre con descaro las huellas que durante más de tres mil años dejaron los israelitas de camino a la Tierra Prometida, los nabateos a Petra, los peregrinos cristianos en sus vistas al Monte Nebo, los cruzados para acceder a sus castillos y los musulmanes en su peregrinación a La Meca. Pero no, en su lugar, viajamos por la aburrida Autopista del Desierto. Tierra borde donde las haya. A mí se me antojó estar atravesando una cantera de piedra. Sólo un poco antes de llegar a Karak se animó el paisaje a ponerse un poco de maquillaje. Esta autopista me pareció una carretera sin vida propia que cumple estrictamente el propósito para el que fue construida.

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El autobús me dejó a los pies de la colina donde se erige el castillo de Karak, el tercero (o, el segundo, según a quién le preguntes) de los cruzados más grande en la región (los dos primeros se encuentran, de momento, en Siria). Este castillo formaba parte, junto con otros castillos, de una línea invisible defensiva que iba desde el sur del país, en Áqaba, hasta Turquía. Hicieron falta veinte años del siglo XII para su construcción.

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Es un castillo enorme pero sin grandes pretensiones, que bien podría darle una lección de austeridad a la Basílica de San Pedro, y demás joyas del Vaticano. Tras años de resistencia, cayó en manos de los musulmanes, liderados por Saladino, durante la segunda cruzada. Saladino mandó ejecutar a todos los prisioneros, perdonándole la vida sólo a los ilustres y nobles. Dio incluso de beber al rey Guy, quien, conocedor de la hospitalidad musulmana, que dicta que no se puede matar a un enemigo al que se le invita a beber agua, pasó la copa a Reinaldo de Chatillón, gobernador del fuerte en aquella época. Saladino desenfundó su espada y, antes de que el líder cristiano pudiera siquiera mojarse los labios, le cortó la cabeza. Como símbolo de su venganza, se untó los dedos con la sangre de Reinaldo y se pintó la cara con ella.

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Algunas fuentes aseguran que Saladino le dio muerte como escarmiento por las prácticas sanguinarias con las que Reinaldo disfrutaba. Entre ellas, figuraba la de despeñar a sus prisioneros desde lo alto de las colmenas, en una caída libre de más de 500 metros, protegiéndoles la cabeza para que fueran conscientes de todos y cada uno de los segundos que anunciaban su muerte. También le gustaba untar con miel las heridas de IMG_4522los recién torturados y dejarlos al sol para que los insectos se deleitaran con ellas. Sin embargo, me parece más creíble la versión que asegura que Saladino lo mató por haber ejecutado a una hermana suya que iba en una de las caravanas pacíficas de musulmanes que hacían la antigua ruta de comercio entre Egipto y Siria, y que Reinaldo atacaba por el simple hecho de pasar por delante de sus murallas. Me imagino que, con este currículo, ni su mujer debió llorar la pérdida.

Los restos del castillo de Karak, en un estado de conservación más que razonable, te cuentan todas estas historias de muerte y venganza entre musulmanes y cristianos (poco han cambiado las cosas desde la época de las cruzadas), mientras te paseas por sus pasadizos subterráneos, mazmorras, habitaciones, iglesia, sacristía e, incluso un versátil palacio mameluco, que también cumplió las funciones de prisión, y que incluía una mezquita.

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Las vistas que rodean el lugar no son nada desdeñables. A mí me gusta especialmente observar la vida pasar desde el anonimato que te proporcionan las hendiduras que se abrían en los muros para disparar flechas. No me considero nada cotilla, pero tengo mis dudas de si soy un poco “voyeuse”. El museo que se encuentra dentro de las murallas del castillo se merece un vistazo, aunque sea rápido. Te cuenta que el nombre árabe “Al-Karak” deriva del nombre arameo “karka”, que significa “ciudad amurallada”. En mi pueblo, “karka”, significa otra cosa.

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Yo me pasé toda la mañana explorando el castillo que, sin guía y por su tamaño, puede resultar un poco caótico y abrumador. Aunque no tanto como el sistema de autobuses en este país, que, al igual que en Etiopía, hasta que no se llenan, del barco de Chanquete no nos moverán. La diferencia es que en Etiopía, los autobuses son, en realidad, furgonetillas, y aquí, si tienes mala suerte, te puede tocar un autobús en condiciones, lo que puede suponer hasta dos horas de (des)espera(ción), como me pasó a mí a la vuelta. Todo sea por el transporte barato… ¡Ah! Y me senté en la parte trasera del autobús; aunque dio igual porque, esta vez, varias mujeres se sentaron en la parte delantera.

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2 pensamientos en “El ca-castillo de Ka-karak

    1. Adwoa Autor de la entrada

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      Responder

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