Madaba: la ciudad del billón de teselas… y alrededores (II)

Aún me quedaba por visitar el Museo de Madaba antes de encaminarme hacia al Monte Nebo, donde se dice que eIMG_4292stá enterrado Moisés. Encontrar el museo no sería tan fácil como mi mapa anticipaba. Después de dar más vueltas de las necesarias, acabé en la Oficina de Turismo, que esta vez no buscaba. Ironías del destino. Decidí entrar a preguntar. Afortunadamente habían cambiado el turno y ahora había un chico. Me explicó cómo llegar al museo cogiendo un atajo y me dio otro mapa. El atajo suponía pasar por delante de la “iglesia latina” (como él la llamó). Me recomendó que la visitara. Mis prejuicios me hicieron creer que la recomendación venía no del interés turístico de la iglesia, sino más bien de lo que él había supuesto era mi religión. Me mostré reacia a seguir su consejo en mi fuero interno. Sin embargo, al pasar por allí, me dejé vencer por la curiosidad y decidí echarle un vistazo. El que esta iglesia no apareciera en la guía no quería decir que no mereciera la pena. ¡A la miércola con mis prejuicios!

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La iglesia de San Juan Bautistaes como esas personas que a primera vista parece que no tienen nada que ofrecer pero que, una vez que te molestas en conocerlas, descubres que están llenas de sorpresas. La primera, unas escaleras estrechas y empinadas que sortean el campanario (tuve que hacer un gran esfuerzo para no caer en la tentación de repicar las campanas) para llevarte a un mirador situado en lo más alto del edificio, desde donde se pueden apreciar unas vistas de la ciudad de 360º. Im-pre-sio-nan-te. Pero lo mejor estaba todavía por venir. Esta iglesia está construida sobre los restos de un castillo bizantino. La segunda sorpresa, las escaleras y el olor a humedad que conducen al sótano, formado por lo que fueron en su día los aposentos del castillo. En época bizantina, se construía encima de los lugares donde había agua subterránea para poder abastecerse con la misma. Los restos del castillo incluyen un pozo de agua construido hace más de 2.000 años. El sonido hueco de la cubeta al besar el agua trajo consigo imágenes ficticias de siglos pasados.

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Supongo que el inglés limitado del chico de la Oficina de Turismo no le permitió explicarme bien los tesoros que esta iglesia escondía. Me avergoncé de mis prejuicios e infundadas IMG_4326suposiciones, pero a la misma vez me alegré de darles una lección de humildad.

A pocos metros de esta iglesia se encontraba el Museo de Madaba, donde se pueden ver más mosaicos, dentro y fuera, en el jardín, así como elementos folklóricos (joyas, trajes y objetos caseros). Me sorprendió que algunos mosaicos se encontraban al aire libre sin ningún tipo de protección. El señor que lo cuidaba-guiaba era un hombre bastante peculiar. No dudó en darme un abrazo cuando le dije mi nacionalidad. Al principio me hizo gracia, pero luego me alegré de no haber estado sola durante la visita guiada porque llegó un momento en que se estaba tomando demasiadas confianzas. Casi al final de la visita, de camino a la salida, intentó cogerme la mano. ¡Hombres! El también tuvo la amabilidad de utilizar el “agua mágica” para descubrirnos los colores que tímidamente se ocultaban tras el polvo. El efecto óptico fue tan placentero como la primera vez que presencié esta acción.

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Tras declinar su invitación para tomar un té, cogí un taxi para el Monte Nebo, desde donde Moisés divisó la Tierra Prometida. Esta visita pretendía ser mi “momento rural” del día. ¡Cómo me equivocaba! Uno de los santuarios más venerados de Jordania, me pareció también bastante artificial. La estatua del milenio justo a la entrada, que conmemora la visita del papa Juan Pablo II, y la lápida que marca el Memorial de Moisés, fueron suficientes para impedir que mi imaginación hiciera cualquier amago de transportarme a un episodio bíblico. Eché un vistazo rápido a los mosaicos y al museo, y me dirigí al mirador. Estoy segura de que las vistas de los valles de alrededor, el Mar Muerto, Jericó y Jerusalén son increíbles, pero la neblina, la contaminación y la avalancha de turistas en pantalones de escasa tela (tanto ellos como ellas) sólo me dejaron divisar una parte del mar.

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Una poco atractiva escultura contemporánea de una serpiente enroscada en una cruz representa la serpiente de bronce que llevó Moisés por el desierto y la cruz en la que Jesús fue crucificado. Esta escultura ilustra el episodio bíblico en el que serpientes IMG_4380ardientes mataron a los hebreos que, presos de la fatiga, dudaron de Moisés y Jesús a la salida de Egipto, de camino a la Tierra Prometida. Pero el pueblo se arrepiente, ya en el desierto, y Dios los perdona ordenando a Moisés que haga una serpiente de bronce que, al mirarla, salvaría a todo aquél que fuera mordida por una.

En media hora me liquidé el famoso monte, un poco decepcionada por lo que allí me encontré. Como había negociado una hora de espera con el taxi, le pedí que me llevara a la Iglesia de los Santos Lot y Procopio. Tras varios minutos de confusión y preguntar a sus colegas taxistas que allí se encontraban, acordamos que donde yo quería ir era lo que los locales conocían como El Mekhayyat. Si ellos lo decían…

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Esta iglesia se encuentra donde supuestamente yacía la ciudad bíblica de Nebo. El templo fue construido por los franciscanos en el siglo VI y alberga un gran mosaico de la misma época donde se pueden ver escenas pastorales, de danza, vendimia y caza. Todas las guías te dirán que prestes atención a los rasgos del pescador que se encuentra cerca de la puerta de entrada a la nave. Te sorprenderá el nivel de detalle que el dominio del arte de las teselas puede llegar a alcanzar.

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El día estaba llegando a su fin. Le pedí al taxista que me llevara a la estación de autobuses. Otra aventura para hacerme entender. De hecho, tuvo que llamar a un compañero que hablaba inglés para que hiciera de intermediario. Me dejó en una calle donde me aseguró que pasaría un autobús dirección Amán en cinco o diez minutos. Efectivamente, en ese intervalo de tiempo pasó un autobús, pero no iba a Amán. Por lo visto, el último ya había pasado y mi única opción era ir a Na’ur y, de allí, coger otro para la capital (moraleja: no te fíes de lo que te digan en la Oficina de Turismo). La maniobra fue más fácil de lo que sonaba, sobre todo porque este autobús me dejó al lado de mi segundo autobús, donde el revisor intentó darme palique en varias ocasiones. ¡Uf, qué ganas de llegar a casa!

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