Amán: primeras impresiones

Hace poco me oí decir a alguien que cuánto menos tiempo se pasa en un sitio más fácil es decir adiós. El discrepó, así que me senté un momento en el banco de la memoria para ver pasar a toda la gente que he dejado atrás en los diez años que llevo viviendo en el extranjero. Tuve que reconocer que no es el tiempo, sino la calidad de las relaciones humanas lo que hace difícil separarse de ciertas personas. A veces, incluso, te queda ese gusto amargo de lo que pudo ser y no fue, por culpa de aquéllos a los que estabas empezando a conocer y con los que no te dio tiempo a intimar. Aquéllos que, casi con toda seguridad, pasarán a ocupar un lugar en la estantería del des-olvido.

Mis últimos días en Addis fueron una batalla campal de múltiples ejércitos de sentimientos contradictorios. Por un lado, estaba el regimiento de estoy-harta-de-ir-a-un-trabajo-que-no-me-motiva-y-que-absorbe-toda-mi-energía. Por otro lado, estaba el pelotón de los pocos amigos que encontré y que hicieron mi estancia en la capital etíope más llevadera. Aquéllos, precisamente, a los que ahora echo de menos. También estaban las milicias de Addis-no-me-gusta y de estoy-haciendo-lo-que-me-conviene, me-voy-demasiado-pronto y hasta-aquí-hemos-llegado.

Llevo ya casi tres semanas en Amán y mi mente sigue en Addis. No dejo de comparar una ciudad con otra y de imaginarme de vuelta en territorio etíope. Supongo que todo ocurrió demasiado deprisa, el encontrar un nuevo trabajo y dejarlo todo en poco más de dos semanas; y que no me dio tiempo a asimilar que sí, que me iba, que había llegado el momento, y que no había marcha atrás. ¿Pero realmente quería irme? No lo sé. Sólo sé que quería cambiar de trabajo y que lo que hago ahora me gusta más, aunque preferiría hacerlo en otro sitio. (¿Y por qué no en Addis?)

Apenas he tenido tiempo de explorar la ciudad, aquí me tienen totalmente exprimida. Sin embargo, por lo poco que he visto, Amán me parece una ciudad fría. Dividida entre el rico oeste, zona residencial con grandes centros comerciales que imitan a los de occidente, y el humilde este, con casas que, desde lejos, parecen piezas blancas del Lego, no le acabo de encontrar la personalidad. Aquí me siento como una astilla clavada en la piel, que el cuerpo se empeña en rechazar. Tengo un contrato de tres meses, lo que no me da ni tiempo ni ganas de invertirme en este país. Viajaré todo lo que pueda, aprenderé todo lo que me dejen sobre la cultura local y haré todo lo posible por no echar ni una raíz, por pequeña que sea. Quiero que mi estancia en Amán sea un paréntesis, o mejor, un puente que me ayude a cruzar al otro lado, donde quiera que éste se encuentre.

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