Circuito histórico (I): Bahir Dar

Me tocó hacer el viaje al lado de una chica joven con un niño pequeño. Aquí el espacio personal no existe, así que el mío no tardó en ser ocupado por el niño y el bolso de la chica durante todo el viaje. Hubo un momento en que, faltándole sitio, decidió poner su bolso entre mis piernas, encima de mi mochila. Sin preguntar. Sin mirarme. Con toda naturalidad. Yo, lejos de molestarme, interpreté aquel gesto como un halago. Sonreí. Yo era una más entre todos aquellos habesha. Además, había decidido que este viaje no me lo iba a estropear nadie. Estaba de buen humor, y las ocho horas de sobredosis de música y cine etíope pasaron sin dolor.

Llegamos a Bahir Dar al mediodía. Aún no había terminado de bajarme del autobús cuando ya tenía a varios locales ofreciéndome sus servicios. Yo acababa de leer en la guía que había que desconfiar y decliné sus ofertas con escasa educación. Mientras negociaba el precio del tuk-tuk para que me llevara al hotel que me habían recomendado, una cara sonriente apareció de la nada. “Hemos venido en el mismo autobús” – me dijo. “El hotel que te han recomendado es muy caro. Yo trabajo en la Oficina de Turismo y puedo llevarte a uno más barato”. No sé por qué me inspiró confianza y decidí seguirle. Negoció por mí el precio del tuk-tuk y me acompañó a mi segunda opción. Como no había habitaciones libres me llevó al Hotel Bahir Dar, tan barato como mediocre y con baños compartidos. Por la mañana me pregunté cómo había podido acceder a quedarme en un sitio así (la foto no le hace justicia). No tuve más remedio que usar el WC pero la ducha ni la pisé.

IMG_3260

El chico no parecía dispuesto a irse y yo me sentí obligada a tomarme un café con él. Le conté mis planes y me aconsejó no ir al Hotel Ghion a organizar la visita de los monasterios del Lago Tana, tal y como una amiga me había recomendado. En su lugar, me presentó a un amigo suyo que tenía una compañía de botes, me llevó al lago, me enseñaron el bote y ahí accedí a pagar 350 birr por un tour de medio día con otras cuatro personas. Me sonaba que mi amiga me había dicho que el precio del tour eran unos 150 birr pero no reaccioné.

En el momento en que me disponía a pagar el adelanto, el director de los botes desapareció y me dejó sola con el de la Oficina de Turismo (llamémosle Thomas), que estaba rellenando un recibo sellado. Uno de los locales, que no me había quitado ojo de encima desde que llegué al embarcadero, y que hasta hacía un momento estaba hablando con el dueño de los botes, se acercó a nosotros dando voces. Thomas me dijo que lo ignorara, que era un timador, y nos dirigimos a la salida, él con el recibo en la mano y yo con mi adelanto en la mía.

Me dijo que su amigo nos seguiría para cobrarse el adelanto y entretanto me llevó a un bar local. Era el cumpleaños de un amigo suyo y había comprado “chat” para celebrarlo, una droga llamada social legalizada en Etiopia. Me invitó a probarla y me comí una hoja. Sabía amarga y un poco a regaliz. Su amigo, el de los botes, nunca apareció, pero le llamó para decirle que estaba ocupado y que yo le diera el adelanto a Thomas. Yo creí entender “150” en su conversación telefónica, y se me pasó por la cabeza que igual se refería a su comisión. Desafortunadamente mi amárico no es tan bueno, con lo que no podía estar segura. Le pagué el adelanto y me dio el recibo.

Seguimos nuestra charla amistosamente, él masticando “chat” (que significa “charlar” en inglés, de ahí lo de droga social) y yo bebiendo un zumo de aguacate. Hablamos de política internacional y de Etiopía. Yo seguía sin encajar la jugada del timador de hacía un rato, pero me encontraba a gusto, así que no me importó renunciar al paseo por el lago que tenía previsto. Después de todo parecía un chico bien informado y de conversación interesante. Charlando, charlando, me invitó a tomarme un café tradicional en su casa, que estaba a la vuelta de la esquina. Aunque me inspiraba confianza acepté con algunas reservas.

Llegamos a su casa y, tal y como me había asegurado, no estuvimos solos. Nos prepararon café y seguimos charlando. Allí mismo se ofreció a ponerme en contacto con unos guías locales en Lalibela para hacer senderismo. La asociación que yo había elegido parecía ser no era muy buena. Yo seguía relajada, pero sin bajar la guardia. Me invitó a ir a tomar una cerveza para celebrar el cumpleaños del cumpleañero que no acababa de aparecer. ¿Cuánto hacía que no salía por la noche? Volví a aceptar su invitación.

Una parte de mí pensaba que era una imprudencia, pero la otra parte me decía que esto era parte de la hospitalidad etíope de la que mis conocidos locales me hablaban constantemente. “No hay que ser tan desconfiada”, me dicen, “no todo el mundo tiene segundas intenciones.” Yo me lo creía a medias y decidí darle a Thomas un voto de confianza. Aún así, me preocupaba el hecho de llevar todo el dinero de mi viaje encima. Si me robaba, me iba a quedar con lo puesto y lo de la maleta.

Me llevó a un bar solitario. Una hora, y allí no aparecía nadie. Justo cuando empezaba a desconfiar apareció uno de sus amigos. Al rato, el famoso cumpleañero también hizo acto de presencia. Eran gente divertida y yo me dejé llevar. Al segundo botellín de cerveza paré de beber. Conozco mis límites y no quería sobrepasarlos con desconocidos. Bastante vulnerables somos las mujeres por el hecho de ser mujeres. Emborracharse, o incluso coger el puntilllo, era jugar con fuego.

Bailé con sus amigos. El bar estaba prácticamente vacío así que me despisté un momento de mi mochila, que estaba contra la pared. Se me pasó por la cabeza que Thomas, que se había quedado sentado, me la podía registrar tranquilamente mientras yo bailaba. Cuando volví a mi sitio la mochila había cambiado de posición. Me pareció sospechoso. Quise comprobar si me faltaba algo en ese mismo instante pero me pareció imprudente, por lo que esperé a llegar a mi habitación. Conté el dinero que tenía en el monedero. Juraría que me faltaban 500 birr pero no estaba segura. Hice cuentas pero aún así no conseguía recordar cuánto dinero había traído. Soy un desastre con el dinero. Nunca sé cuánto llevo encima.

… Mañana se ha ofrecido a llevarme a las cataratas del Nilo Azul y pasar la noche en Tis Isat. Hoy no me ha dejado pagar nada (desde el momento en que nos conocimos) y mañana dice que también paga él. Supongo que el plan es meterse en mi cama (esta noche ya lo ha intentando) y desvalijarme mientras duermo. Lo he visto en las películas.

Entre tanto, me pregunto si mañana aparecerá el de los botes para la visita a los monasterios. Si no aparece, habré perdido 700 birr en total. ¡Y mi viaje acaba de empezar! Lo curioso es que sigo de buen humor y, a pesar de que me ha costado una pasta, hoy me lo he pasado muy bien.

Anuncios

Un pensamiento en “Circuito histórico (I): Bahir Dar

  1. Pingback: Bahir Dar y Lago Tana (fotos) – Etiopía | La puerta entornada

Opinar es gratis (precio mínimo garantizado)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s