Historia de P

P es inglés y acaba de cumplir los treinta. Llegó a Etiopía para colaborar durante el verano en una escuela de oficios de una zona rural. Sus alumnos, como todos los alumnos, eran muy especiales: tenían problemas auditivos. P no hablaba ni oromiña ni el lenguaje de signos para poder comunicarse con ellos. Afortunadamente, hay muchas maneras de transmitir el conocimiento y la comunicación entre las personas no se reduce al lenguaje oral.

El destino (o Cupido) quiso que P se enamorara de una de sus alumnas. Ni la edad, ni la etnia, ni el color, ni mucho menos el idioma, se interpusieron en su camino, ya a casa de los padres de ella para pedirles la mano de su hija. Los padres aceptaron. Sin aspavientos. Sin dramas. Sin frotarse las manos. En sociedades rurales de corte tradicional como la de esta familia casar a una hija con una minusvalía no es fácil. Lo normal es que las personas con discapacidades sean rechazadas y estigmatizadas por la sociedad. Un bebé que nace con una minusvalía es un castigo de Dios y, por tanto, una vergüenza para la familia. Así que, probablemente, a la hora de dar el sí la minusvalía de X pesó más que el color de la piel de P.

Dicen los que fueron a la boda que la ceremonia fue muy emotiva. La misa se celebró en orimiña y se tradujo simultáneamente primero al inglés y luego al lenguaje de signos (o al revés, poco importa). Traducciones erróneas dieron el toque de gracia a una ceremonia ya de por sí memorable.

P y X llevan felizmente casados algo más de un año. Viven en Etiopía. He olvidado el lugar exacto. De todas formas, acaban de trasladarse a otro pueblo porque a la directora de la escuela no le gustaba que P tuviera una relación sentimental con una alumna, aunque ya estén casados. P cobra un sueldo local, el equivalente de unos sesenta euros al mes. Sus amigos más cercanos le han decepcionado porque no vinieron a su boda ni tampoco han venido a visitarle más tarde. Le gustaría estar más cerca de su familia y su tío es el único que viene a verle una vez al año. Tiene planes de volver a Inglaterra en un futuro cercano porque sabe que un salario occidental puede mejorar la calidad de vida de los miembros de la familia de su mujer. A ella parece que no le disgusta la idea de vivir en el extranjero.

Yo conocí a P en Addis, en un viaje en el que vino a acompañar a uno de sus alumnos al dentista, un adolescente con el que sólo pude comunicarme con sonrisas y torpes mano-palabras. Vinieron en autobús. El viaje duró casi un día. A mí me maravilló ver a ambos comunicarse en lenguaje de signos y la dulzura con la que interactuaban. El día que conocí a su esposa, en otro viaje de ellos a la capital, me fascinó aún más verles comunicarse en oromiña y lenguaje de signos con mucha fluidez. La escena me inspiró profundo respeto y admiración.

Pero lo que más me impactó fue la modestia con la que P respondió a mis preguntas curiosas la primera vez que le conocí. Con la voz sosegada y los ojos llenos de humildad. Sin darle importancia a su historia. Como si en esta sociedad superficial y materialista en la que vivimos todo el mundo hubiera hecho lo mismo en su lugar.

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