El bosque de Menengesha

A veces siento que ir a trabajar es como ir a la guerra: una batalla constante en la que no se puede bajar la guardia ni un instante porque, en cuanto te descuidas, se monta la de San Quintín. Así que cuando me enteré de que el colegio estaba organizando una excursión al bosque de Menengesha, en los alrededores de Addis, me faltó tiempo para presentarme voluntaria. Cualquier cosa con tal de no tener que dar clase, sobre todo un viernes, cuando tengo al grupo más temido de la escuela a última hora de la tarde.

Éramos cuatro profesores y menos de veinte alumnos. Ya en el autobús, empezamos a hacer recuento de las fichas entregadas y los permisos paternos. Alergia. Como yo. Asma. Como mucha gente. Lesión de rodilla. Arrugo el morro. Me entero de quien la padece: una alumna con sobrepeso al cuadrado. Pregunto que quién se ha encargado de mirar que todos los presentes eran aptos para la excursión. Silencio. Hablamos con ella. No hay problema, nos dice, el médico me ha dicho que tengo que ponerla a prueba. Le digo educadamente que a lo mejor un paseo de seis horas en plena montaña puede que no sea el mejor punto de partida. Ella me sonríe y me asegura que podrá con ello. Por supuesto no me lo creo.

Empezamos la caminata. En el minuto dos esta alumna ya no podía más. En el minuto diez, después de haberme jurado unas cuantas veces que su rodilla no le dará problemas nos dice, roja y sin aliento, que la rodilla le duele mucho y que quiere darse media vuelta. Dos de los profesores ya habían desaparecido con los más rápidos. Un compañero y yo nos habíamos quedado con los rezagados. Mi compañero decide darse media vuelta con ella y acompañarla al autobús. Me quedo con ocho niñas que no paran de decir que quieren morirse y que ya están cansadas, sin brújula, ni mapa ni pajolera idea del camino a seguir. ¡Adiós al viernes sin stress, ja!

Tras descansar cada tres minutos y pedirles a mis alumnas que por favor no se mueran hasta que volvamos al autobús por la tarde, llegamos a una bifurcación. El mejor momento para darse cuenta de que no tengo el teléfono de ninguno de mis compañeros. Pinto pinto gorgorito. No, mejor llamo a la oficina y hablo con alguien que sepa por dónde seguir. Me pasan con mi jefe (¿quién mejor en estos momentos de estupidez soberana?) que me muestra la luz al final del camino.

Cuatro o cinco llamadas más (el móvil se queja de que se está quedando sin batería), el incansable “me quiero morir” cada dos pasos, una hora de retraso y, por fin, llegamos al punto donde se encuentran los demás. Les pido a los presentes un bien merecido aplauso que, gustosos, nos regalan con ovaciones incluidas. El humor de las alumnas cambia a una velocidad proporcional a la atención prestada por los demás. El buen humor les durará lo que dure el descanso. Les pregunto si no es maravilloso respirar aire puro, disfrutar de vistas verdes y ejercitar el corazón. Me lanzan unos cuantos rayos con la mirada. “¡Juventud, divino tesoro!”.

Reanudamos la marcha y tardo aproximadamente dos minutos en perder al grupo de vista y quedarme con las ocho alumnas que se quieren morir y juran y perjuran que jamás volverán a hacer otra excursión como ésta (¡una verdadera “lástima”!). No hay nada mejor que un espíritu positivo ante la adversidad, les digo yo irónicamente. Para entonces, yo ya había decidido no agobiarme y echarme unas risas a su costa. El unirme al “quiero morirme” no me tentaba demasiado.

Momentos estelares de la excursión:

1. Tres alumnos se nos pierden.

2. Una alumna, vestida con pantalones vaqueros cortos, medias y botas de ciudad, casi se pone a llorar porque tenía las botas sucias. Su solución: andar más despacio cabizbaja. Yo le explico que el ir pisando huevos no le limpiará las botas así que ya puede darse más brío. Creo que no le simpatizo.

3. Nos encontramos con un vaquero, vacas incluidas, y la mitad de nuestro ganado sale corriendo en todas direcciones y la otra mitad se queda petrificada en un lado del camino esperando a que pase las cornamenta. A mí me da la risa.

4. A pesar del escándalo que llevábamos (música a tope en móviles y gritos varios) conseguimos ver monos. Los niños, fuente inagotable de ideas de bomberos, no se les ocurre nada mejor que tirarles piedras.

Pero lo peor de todo con diferencia fue la confesión de una alumna: le pirra meter el dedo de una mano en el bote de mantequilla de cacahuete y el de la otra en el de nutella y chuparlos a la vez. Indudablemente esto tendrá un impacto en su nota final. Así se lo advertí.

¡Ah! Y he decidido que no quiero tener hijos.

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