El “Addis auténtico”

Había terminado tarde de trabajar y ni mi cerebro ni mi cuerpo daban para más. Dudé entre pelearme con un centenar de personas para coger sitio en el autobús (dícese de la furgoneta de 10 plazas donde entran 20) o volverme caminando a casa. La idea de darme de hostias (literal) para ensardinarme no me tentó así que decidí volver a casa caminando, como siempre.

El cansancio me despistó y no giré donde debía haber girado. Tardé un poco en darme cuenta que el paisaje que atravesaba no me era familiar. Dudé en si debía dar media vuelta. Al fin y al cabo, anochecería pronto y quizás no era el mejor momento para explorar nuevos caminos. Mi cuerpo, perezoso, siguió caminando.

Atravesé calles con casas que nada tenían que ver con las que veía cada mañana al borde de la carretera, de camino al trabajo. Pensé que era agradable pasar por el “Addis auténtico”, no el de los ricos extranjeros. El contraste entre las pistas de tenis de un camino y las casas de chapa del otro no pasó desapercibido. La gente me miraba con ojos inquisidores. Yo devolvía estúpidas sonrisas de ferenji. En ningún momento me sentí agredida o en peligro. Y aunque tampoco me sentí especialmente bienvenida decidí que en adelante tomaría ese camino, libre de coches que te pasan rozando a toda velocidad.

Se acabaron las casas. Alguien a mis espaldas me llamaba. Yo la oía pero no le hacía caso. No acabo de acostumbrarme a que desconocidos me estén llamando cada dos por tres y suelo ignorarlos. Cuando estoy cansada el continuo mantra de “¡ferenji!”, “¡tú!”, “¡profesora!”, “¡China!” (mi favorito), “¡dame dinero!” me resulta agotador. La voz no se daba por vencida y corrió a mi captura. Me tocó. Me paró. Me habló en amárico. Deprisa. Yo sonreí sin entender palabra. Ella siguió hablando. Resuelta a hacerse entender. “-Amariña alenagerim”. Dije yo al fin. No hablo amárico. Ella hizo ademán de coger mi mochila y salir corriendo. Entre el vómito de palabras creí entender una: “leba. Ladrón. “-¿Leba?”, repetí yo. Y volvió a hacer el gesto de coger la mochila y salir corriendo.

Miré hacia adelante y sólo vi campo. La miré a ella. Con gestos le pregunté si era mejor darme media vuelta. Empezaba a oscurecer y yo llevaba mi portátil en la mochila. Ella me dijo que no y con las manos pareció indicarme el camino que debía coger para llegar a la carretera principal. “-Amesegenalehu”, le agradecí. “-Betam amesegenalehu”. Muchas gracias. Y atravesé aquel campo, que se me antojó inmenso, a la velocidad de la luz, recordándome lo estúpida que había sido arriesgándome de una manera tan tonta. Llegué a casa sin aliento ni contratiempos.

Al día siguiente, en el trabajo, le conté a una compañera lo que me había pasado. Tras darle los detalles me informó que me había metido en un poblado de chabolas y me confirmó que, efectivamente, no era seguro pasar por ahí. Con mochila o sin mochila. Sedada por la penuria con la que me tropiezo cada día, me avergoncé de mí misma por no haber sido capaz de distinguir la pobreza de la miseria.

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