De ilusión también se vive

Dicen que lo que mal empieza, mal acaba. Y la sabiduría popular es muy sabia (que por eso se llama sabiduría) y pocas veces se equivoca. Así que si la primera vez fueron las letras las que me jugaron una mala pasada esta vez fue el tiempo. Que teníamos, pero que decidimos emplear en otros menesteres.

A diestro y siniestro, babor y estribor, se nos aconsejó que llegáramos como mínimo tres horas antes al aeropuerto. Que si a veces hay cola para entrar, que si a veces hay cola para facturar, que si a veces la cola de inmigración es muy larga, que si a veces te paran para ver si tienes algo que declarar, que si patatín, que si patatán, a nosotras tres horas nos pareció una burrada para un aeropuerto tan pequeño y decidimos que llegar dos horas antes de la salida del avión era más que suficiente.

Desayunamos en casa tranquilamente. De camino al aeropuerto paramos en un puesto para tomarnos un café etíope tradicional. Lo saboreamos sentadas al sol en una caja de cervezas, de ésas de plástico, entre la conversación curiosa de los locales. Vimos como secaban tef (ingrediente base de su injera) y declinamos amablemente masticar chat. Reanudamos el camino hacia nuestro destino.

En los últimos días, cada vez que alguien le preguntaba a mi amiga cuando se iba y ella respondía “el sábado”, yo continuaba la conversación bromeando “eso es lo que ella se cree”. Y, para qué engañarnos, yo también lo creía. Pero como la tradición empezó diciendo que había que ir dos veces al aeropuerto, una por la mañana y otra por la tarde, pues llegamos por la mañana para darnos media vuelta. Habían adelantado el avión de mi amiga y justo acababan de cerrar la facturación. Claro, dijo ella, si le hubiera hecho caso a las voces que me decían que tenía que llegar tres horas antes ahora estaría en el aire.

Pero el problema no era haber perdido el vuelo en Addis. La complicación surgía si perdía su conexión en Dubái, porque sólo hay un vuelo a la semana a Dusambé, capital de Tayikistán, país en el que vive. La azafata de Ethiopian Airlines que la atendió, con una eficiencia y amabilidad inusual, confirmó que su vuelo en Dubái también había sido retrasado casi veinticuatro horas, así que le podían hacer un hueco en el vuelo de por la noche y aún tendría que esperar varias horas en Dubái para coger su conexión. ¡Genial! Un día de regalo en Addis para respirar los últimos colores y saborear una tonelada de rayos de sol.

IMG_2605Nos invitamos a un zumo recién exprimido en la verdulería y a un croissant de chocolate en la cafetería alemana y nos fuimos directas al mercado de Shola, cerca de Megananya. Nos dejamos unos cuantos dineros, nos paseamos entre las distintas secciones (¿quién necesita ir a Merkato cuando se puede encontrar lo mismo en un espacio más pequeño y con menos gente?) y robamos alguna que otra foto. De mercado en mercado y tiro porque me toca. Próxima parada: el mercado de animales, donde un caradura nos pidió dinero por hacerle fotos a las vacas. Nos dio la risa.

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Y ya que estábamos, ¿por qué no seguir caminando en busca de la iglesia Wusha Mikael, construida en roca, como Lalibela? El sol parecía un “aurón” con su “zas, zas, lanza-rayos”, no habíamos comido ni sabíamos cuánto podríamos tardar en llegar (suponiendo que la encontráramos) pero aún así decidimos aventurarnos. Lo peor que nos podía pasar era que nos robaran por el camino, que nos diera una insolación o, todavía peor, que nos muriéramos de hambre. Lo de ser abducidas por un platillo volante no lo barajamos, la verdad.

En cuanto nos descuidamos fuimos rodeadas por tres renacuajos que se prestaron a mostrarnos el camino hacia la susodicha. Nosotras les seguimos, sin tener muy claro si nos conducían a la iglesia que buscábamos, porque sabíamos lo que queríamos ver, pero no su nombre. No teníamos nada mejor que hacer y el bosque era tentador así que fue una decisión fácil de tomar.

Una hora más tarde estábamos pagando la entrada a Wusha Mikael y admirando el excelente trabajo de los italianos. Y no me refiero a los de la escuela de Brunelleschi o Bramante sino a los de Mussolini, que la dejaron sin techo los muy brutos (es lo que tienen las bombas, se defenderían ellos).

Llegando a Addis nuestros mini-guías se impacientaron y nos pidieron dinero. Nosotras habíamos estado barajando los opciones (ninguna somos amante de alentar este tipo de prácticas) y al final decidimos no invitarles a un refresco (más que nada para no ser rodeadas por un sediento regimiento infantil) y darles un par de birr a cada uno. Cantidad que juzgamos adecuada y proporcional a su edad. Ellos, más chulos que un ocho, se sintieron ofendidos, nos pidieron treinta (diez por cabeza) e hicieron ademán de devolvernos el dinero. Nosotras lo rechazamos, nos dimos media vuelta y seguimos caminando. No me cabe la menor duda que estos niños aprenderán rápido y que, en el futuro, negociarán el precio de sus servicios antes de prestarlos.

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Repostamos combustible, nos echamos una siesta (yo seguía bromeando con que igual nos quedamos dormidas y mi amiga perdería su segundo avión), hicimos parada técnica en Yod Abyssinia para un último café etíope tradicional y llegamos al aeropuerto sin ningún percance. Mi amiga tomó su avión y, al día siguiente, un email me contaba que su vuelo de conexión en Dubái no se retrasó y despegó tal y como estaba previsto mientras ella seguía en las nubes. Mil dólares americanos extras la llevarían hasta Estambul, donde tendría que esperar doce horas antes de embarcar en el vuelo que finalmente la llevaría a su destino, con un par de cafés de más y un día de trabajo de menos. Cosas peores se han visto.

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