Busco, busco, busco algo barato….

… Busco, busco, busco entre los trapos. O entre los antros, en mi caso.

Después de varias semanas visitando casas con una sola ventana, con olor a pis, o a humedad, casas escondidas al final de un callejón con las paredes pintadas de rosa chicle (a la dueña, sin duda, le van los riesgos), casas en lo alto de escaleras que no conocen escoba, y mucho menos fregona, casas sin cocina, o con la cocina tan lejos que casi tienes que coger un autobús para llegar a ella, casas sin agua caliente (vale, aquí me estoy poniendo pija), casas con el cuarto de baño tan estrecho que no me hubiera podido permitir engordar ni un sólo kilo, casas en el medio de la nada donde para llegar a ella hay que coger un taxi a precio de ferenji (“cuanto más claro más caro”). Después de perder una casa impresionante a precio razonable, con terraza incluida en la que ya me veía haciendo yoga (aunque yo no haga yoga, pero eso es lo de menos porque todo es cuestión de empezar), por culpa de la incompetencia de otros. Después de perder los estribos con el de recursos humanos y el de finanzas por no parar de torearme (no se esperaban que el toro se les pusiera bravo, ¡ja!).

Después de todo esto y algo más, parece que, por fin, he encontrado una casa: amueblada, impoluta y con más de una ventana. Y a un precio entre habesha y ferenji. No muy lejos de la escuela. Con una cocina para amorosos y un pedazo de santo de un metro de alto pintado en la pared (eso lo soluciono yo rápido). Todavía estoy esperando a que me den las llaves pero espero poder recuperar mi intimidad en los próximos días y, con ella, una esquina de mi salud mental.

Anuncios