Y si pasa, se le saluda…

Si dijera que desde que llegué a Addis las cosas han ido sobre ruedas “seríase” una mujer a una nariz pegada, como diría aquél. Durante el tiempo que llevo aquí, todo lo que podría haber ido mal ha ido peor. Nada me extrañaría si me dijeran que Murphy formuló su conocida ley a su paso por Etiopía. Y no me refiero a los continuos cortes de electricidad ni al recochineo de esta lluvia con tan mala hostia durante tres días seguidos, los mismos que hemos estado en casa sin agua. Me refiero a incidentes que insultan tu imaginación (o falta de ella) y te dejan cara de imbécil. Como cuando cambias dinero en un banco dentro de un hotel con renombre internacional, por eso de que te da mayores garantías que ir al mercado negro, por ejemplo, no porque te pille de paso, y ellos van, “palistoyó”, y te meten unos cuantos billetes falsos, los suficientes para hacer pupita a tu bolsillo, “patontatúmejorquenadie”.

Porque estas cosas pasan, aunque cueste creerlo. Y aunque la gente se empeñe en convencerte de que nunca han oído una cosa igual, que tú eres el primer caso que conocen, hasta que empiezan a hacer memoria y se acuerdan vagamente de una historia que a lo mejor se parece a la tuya. Pero estas cosas no pasan en un banco, te dicen. Y menos en el Hilton, al que de lo único que se le acusa es de mandar a sus clientes al baño más veces de las necesarias después de haber comido allí. Pero nada más.

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